Opinión
¿Y si le quitamos la chequera a Papá Estado? Una propuesta insolente
viernes 13 marzo, 2026
Ana Marleny Bustamante
Lo sé, lo sé. ¿Quién soy yo para hablar de petróleo? No soy geóloga, ni ingeniera, ni tengo un PhD en “Guisos Hidrocarburíferos”. Mi área es la Integración Regional y las Fronteras. Pero como venezolana de a pie, asalariada y víctima profesional de la inflación, tengo un título autootorgado: Licenciada en Sobrevivencia a la Riqueza Petrolera. Y desde esa “insolencia”, me atrevo a lanzar una idea.
Verán, en Venezuela hemos perfeccionado un truco de magia fascinante: somos un país rico con ciudadanos pobres. Es como tener una panadería y morir de hambre porque el dueño se come toda la masa antes de hornearla. PDVSA y el BCV son esas entidades que, en teoría, deberían gestionar el pan, pero que en la práctica parecen más bien el Triángulo de las Bermudas de los petrodólares: dinero que entra, dinero que desaparece.
La propuesta es simple, pero requiere coraje: creemos un Fondo de Transformación y Estabilización (FTE). Pero aquí viene el giro: que sea EXTERNO e INDEPENDIENTE. Sí, afuera. Lejos. Donde el político de turno no pueda meter la mano. Llámenlo el “Fideicomiso de la Reconstrucción”, o si prefieren, el fondo de “Por favor, no se lo roben”.
El Plan de la No-Experta
Olvídense del “ahorro para el futuro”. Eso es un lujo nórdico para cuando ya tienes carreteras, luz y agua. Aquí el futuro ya llegó y nos encontró sin repuestos para el acueducto. Este fondo no es para guardar, es para operar la reconstrucción desde el día uno de la democracia.
Pensemos en los beneficios de esta “insolencia”:
- PDVSA al banquillo (de los acusados, no del operador): El fondo no operaría pozos. ¡Dios nos libre! El fondo gestionaría el dinero que los privados o las empresas mixtas generen bajo concesión. Separamos la política de la ingeniería. Así evitamos que la eficiencia operativa del Estado (una frase oxímorona, si las hay) vuelva a hundir la industria.
- El BCV sin la maquinita: Al ser un fondo externo, la moneda nacional dejaría de depender de la impresión de billetes “Monopoly” para financiar el gasto público. Matamos la inflación de raíz: quitándole el “Go” a la máquina de imprimir del BCV. Además, la responsabilidad de la deuda externa se queda fuera, como un mal recuerdo de un ex tóxico.
- Adiós al “saqueo”: Un fondo bajo supervisión internacional (tipo el modelo de Chad, o esos acuerdos en Qatar que ya el Tesoro de EE. UU. exploró con el dinero venezolano). Es como ponerle un candado de seguridad con combinación que solo un suizo jubilado y un auditor aburrido conocen. Se reduce drásticamente el incentivo del robo porque, bueno, no hay acceso.
- Transparencia o nada: El lema debe ser “Riqueza auditable, reconstrucción tangible”. No queremos ver un número opaco en una cuenta bancaria suiza; queremos ver la carretera asfaltada, el vatio de energía llegando a casa y el litro de agua saliendo del grifo. Queremos que el ciudadano diga: “Ahí va mi petróleo”, mientras ve cómo se repara el hospital, sin que el político pueda “administrar” la obra.
La Hora de la Narrativa Ciudadana
Por supuesto, la gobernanza —custodia, administración, vigilancia— es tema para los expertos (los de verdad). Pero la exigencia, la narrativa, debe ser nuestra. Debemos convertir este desastre en la oportunidad histórica para romper con el atavismo de “el Estado nos debe todo”.
Es hora de blindar nuestra riqueza. No para que la disfruten nuestros tataranietos en un futuro utópico, sino para que nosotros podamos tener una vida normal, con luz, agua y un salario que no se evapore antes del almuerzo. La insolencia no es proponer esto; la verdadera insolencia es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes.
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