Política
Jackson Vera: “No le deseo a nadie lo que se vive en esos calabozos”
lunes 10 agosto, 2026
El dirigente tachirense Jackson Vera relata el impacto de un cautiverio que considera injusto
Maryory Bustamante
El 5 de agosto de 2022, la vida del dirigente político tachirense Jackson Vera dio un giro drástico, cuando fue interceptado en las inmediaciones del Círculo Militar en San Cristóbal.
Lo que comenzó como un operativo sin explicaciones claras se convirtió en un proceso de casi cuatro años de privación de libertad, traslados entre calabozos emblemáticos de Caracas como El Helicoide y La Planta, y cargos judiciales que califica de infundados.
Hoy, de regreso en su estado natal, Vera conversó en exclusiva para Diario La Nación sobre el impacto emocional del encierro, las marcas imborrables del sistema de justicia, su visión sobre el futuro político del Táchira y la firme convicción de que el cambio democrático en Venezuela es inevitable.
— Jackson, bienvenido a su tierra. Han pasado unos días desde su excarcelación y el reencuentro con los suyos. ¿Cómo se vive este proceso tras una experiencia tan traumática?
—Es una alegría no solamente estar en libertad, sino estar en nuestra tierra. Casualmente, el pasado 5 de agosto se cumplieron cuatro años de mi proceso en 2022, y mi excarcelación se dio el 10 de julio de este año. Todo este tiempo ha sido un vaivén de emociones desde ese primer momento que fue un secuestro, donde me apartaron de mi familia y de mi tierra. Toda esa experiencia deja un aprendizaje como ser humano, pero también como víctima de persecución y de la flagrante violación a los derechos humanos, al debido proceso y al retardo procesal. Hoy vemos luego de tantos años cómo sistemáticamente se siguen violentando los derechos ciudadanos. Si no se hubiesen dado acontecimientos recientes y la presión nacional e internacional, de familiares y amigos, esto no lo estuviéramos contando.
— Vámonos al origen de todo. ¿Qué recuerda exactamente del día de su detención?
— Eso fue el 5 de agosto de 2022. Estaba reunido con unos familiares, y una persona que venía de otro estado me pidió que lo asistiera y nos encontráramos. Luego de encontrarnos, empezamos a trasladarnos por la ciudad de San Cristóbal, específicamente por el Círculo Militar, como a las 6:00 de la tarde. Fuimos detenidos sin que nos dijeran la razón. Pasaron varias horas hasta que nos comunicaron que estábamos siendo vigilados y perseguidos por funcionarios de la Policía Nacional. En ese momento uno piensa que lo van a secuestrar o a robar. De allí vino el traslado a Caracas porque no había competencia en los tribunales locales; me aplicaron la jurisdicción de terrorismo, tráfico de armas y explosivos, y asociación para delinquir.
— ¿Qué pasaba por su mente en ese traslado hacia Caracas?
— Parecía una pesadilla. Yo sentía que eso era una película de terror. Durante 27 años he sido un activista, desde mis inicios como dirigente estudiantil y posteriormente como dirigente político, por lo que sabía que el régimen vigila sistemáticamente a los que alzan la voz. Lo que no previa era que me iba a tocar a mí de esa manera, a pesar de conocer tantos casos de persecución en el Táchira. Fue un choque emocional muy fuerte. En ese momento me encomendé a Dios para que me diera sabiduría y fuerza. Sabía que muchos compañeros habían pasado por eso y que en algún momento lograría mi libertad, pero jamás pensé que iba a ser tanto tiempo y con tal ensañamiento.
— ¿Cómo era un día suyo encerrado en esas condiciones?
— Los primeros meses, según los protocolos de seguridad, estás en un aislamiento absoluto donde escasamente te sacan 10 o 15 minutos para ir al baño. Te dan la comida y te cortan la comunicación con la familia por el supuesto proceso de investigación de los 45 días. Te levantas con el choque brutal de estar en cuatro paredes, en un espacio de dos por uno. Con el tiempo vas pasando por fases de adaptación a la población, con rutinas estrictas de conteo y pase de lista en las mañanas y noches. Había días en los que el estrés postraumático era tan fuerte que no te provocaba ni comer. Una forma de escapar de ese sitio era el sueño, aunque a veces el insomnio no te dejaba descansar. No le deseo a nadie lo que se vive en esos calabozos; es un verdadero infierno.
— ¿Quiénes podían visitarlo y cómo manejaba la angustia por su familia?
— Me visitaban mis familiares y algunas amistades, pero era muy complicado por el traslado a más de 1.000 kilómetros desde el Táchira hasta Caracas, sumado al costo económico de los viajes y la alimentación. Lo que más me preocupaba no era solo mi situación, sino que no le hicieran daño a mi familia, porque muchos de mis seres queridos y abogados recibieron llamadas y amenazas por denunciar. Buscaban quebrar el espíritu de uno y el de la familia. Es un nivel de maldad y terror incalculable.
— ¿Cuáles fueron los delitos que le imputaron?
— Es un patrón calcado para todo dirigente opositor o activista político que participe en campañas o levante la voz. Prácticamente te acusan de los mismos delitos: Conspiración, traición a la patria, terrorismo. Estando allí coincidí con otros presos políticos del Táchira y de otros estados. Y la paradoja es que, estando ya encerrados y aislados, seguía el hostigamiento. Uno se preguntaba: “Ya me tienen aquí, ¿qué más quieren?”.
— Su recorrido de reclusión incluyó El Helicoide y, posteriormente, La Planta tras el cierre de sectores del primero. ¿Cómo vivió esa transición y el dramático episodio del terremoto del 24 de junio?
— El cierre de El Helicoide se dio el 3 de junio, por toda la presión internacional. Fui trasladado a La Planta, un sitio de reclusión en El Paraíso, donde duré más de un mes. Estar allí implicó seguir soportando las secuelas de salud, especialmente complicaciones respiratorias por la falta de ventilación adecuada en los calabozos. Y lo más grave ocurrió el 24 de junio de este año, cuando se registró el terremoto. Fue un día de pánico y terror total. Las instalaciones casi se desplomaban, nos quedamos encerrados por horas, sin saber si las estructuras eran seguras tras las réplicas. Nuevamente, la fortaleza espiritual y la programación mental fueron claves para resistir.
— Al fin llega la excarcelación. ¿Cómo describe el momento físico y mental de volver a la luz, al aire libre y a reencontrarse con el Táchira?
— El choque de estar en un espacio abierto, de sentir la luz solar directa —porque allá casi no la veías—, el ruido de las personas y la libertad, es abrumador al principio. Llegar al Táchira y recibir el calor humano de la familia y de los amigos es indescriptible. Es volver a tu tierra, donde naciste y te criaste, y percibir esa cordialidad que nos caracteriza a los andinos. La gente aquí tiene una esperanza viva de que el país va a cambiar y de que el Táchira será un baluarte para esa transición.
—¿Cuáles son sus planes inmediatos ahora que está libre?
— Lo primero es retomar y defender mi trabajo de grado de la maestría en Gerencia en la ULA. En el plano personal, sigo con las terapias de reencuentro familiar y adaptándome a esta nueva realidad. He participado en algunas actividades con equipos democráticos en Caracas, pero todo a su momento. El anhelo principal es que se consolide un proceso de elecciones verdaderamente libres y transparentes, donde se cuenten todos los votos, se respete el derecho a elegir y se devuelva la institucionalidad a los poderes públicos.
— ¿Cómo percibe el ambiente político regional en el Táchira tras su regreso? ¿Está la dirigencia preparada para lo que viene?
— El tachirense siempre ha estado preparado. Estando en cautiverio y conversando con presos políticos de otros estados, uno nota que el resto del país espera mucho del Táchira. Aquí se ha marcado una pauta de resistencia democrática. El ciudadano está claro hacia dónde tenemos que ir. Aunque hay desafíos y es necesario depurar actitudes y sumar voluntades bajo un liderazgo claro, la ruta hacia la democracia y la reconstrucción institucional no tiene vuelta atrás.
— Para cerrar, Jackson, después de casi cuatro años de encierro, ¿cuál es el aprendizaje y el mensaje que deja esta vivencia?
— El mayor aprendizaje que me dejó esta experiencia es que la dignidad y los valores no se negocian. Luchar por los valores democráticos vale la pena. Hay que seguir batallando por una Venezuela de oportunidades, sin persecución, con libre prensa, instituciones sólidas y un esfuerzo profundo por reeducar culturalmente a nuestra sociedad. Hay mucho que hacer por el país, y aquí seguimos de pie.
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