Regional
Tres casonas que sostienen la historia cultural del Táchira
lunes 21 septiembre, 2026
El deterioro de la infraestructura y el presupuesto limitado amenazan con aislar el patrimonio andino, mientras el MAVET, el Ateneo y la Casa Steinvorth sobreviven gracias al compromiso incondicional de sus trabajadores
El centro de San Cristóbal, conocido por su dinamismo y diversidad, resguarda entre sus calles y carreras, de manera desapercibida, cientos de años de patrimonio, cultura e historia. Hay pocos espacios centenarios, que combinan el arte, las letras y el pasado comercial de la frontera, resistiendo al paso del tiempo para honrar y cultivar la memoria material e inmaterial de la región.
Allí donde la historia debería cultivarse con el máximo rigor institucional, la realidad muestra un panorama de precariedad. Entre techos que evidencian el paso de los años, paredes con fisuras y filtraciones que esperan restauración y salones sin pintar donde la tecnología brilla por su ausencia, la cultura en el Táchira no se sostiene por la abundancia de recursos públicos, sino por el compromiso inquebrantable de quienes se niegan a dejar morir estos espacios de aprendizaje.
Museo de Artes Visuales y del Espacio (MAVET)

El Museo de Artes Visuales y del Espacio (MAVET) resguarda la memoria cultural del Táchira desde su fundación institucional, el 10 de junio de 1993.
Tras iniciar actividades en el Centro Cívico, bajo la presidencia de Belkis Candiales, la institución se mudó a principios de los 2000 a la estructura de la “Casona 25”, en la carrera 6, esquina de calle 4, en pleno centro de San Cristóbal.
Este edificio de 1898, que llegó a funcionar como residencia oficial de los gobernantes del estado y recinto carcelario, se transformó en el epicentro para la conservación, estudio y difusión del arte regional.
Al arribar a su 33 aniversario en 2026, el MAVET se consolida como un agente de transformación e inclusión. Aunque tras la pandemia los ingresos disminuyeron de forma drástica, sus trabajadores convirtieron el recinto en un taller vivo.
Sus seis salas operativas albergan desde exposiciones de arte hasta formación en dibujo, pintura, danza, ajedrez e inglés. Incluso, el taller de tejido y bordado salió de los salones posteriores para instalarse a la vista de los visitantes, invitando al público a sumarse y conectar con el sentido de pertenencia local.
El compromiso del personal suple carencias insólitas. A pesar de que estudiantes universitarios diseñaron sistemas digitales para organizar el archivo y registro de visitantes, el museo ni siquiera cuenta con computadoras operativas para ponerlos en marcha. Tampoco disponen de una oficina de comunicación propia para difundir sus talleres en redes sociales, lo que limita directamente la divulgación de las actividades culturales en el estado.
Aun así, trabajadores como Mario Ramírez, con 16 años en la institución, asumen múltiples roles: atienden la tienda de arte, guían visitantes, limpian y cuidan la estructura con afecto familiar.
“La gente piensa que el patrimonio se cuida solo o que solo depende de un gobierno, pero la conservación es una responsabilidad de todos”, reflexiona Ramírez, enfatizando la necesidad de empatía ciudadana.
Bajo la coordinación de la profesora Clara Contramaestre, la comunidad del MAVET reconoce que finalmente sus peticiones fueron escuchadas por la Gobernación y la Alcaldía. Peritos y arquitectos ya evaluaron los daños y levantaron un presupuesto. Sin embargo, mientras la ejecución completa de los fondos no se concrete, las filtraciones, la humedad, la falta de pintura y de equipos tecnológicos continúa amenazando el patrimonio que la casona custodia.

Jorge Dávila, cultor tachirense e integrante activo del MAVET, expresa con entusiasmo que, aunque han sido años sumamente duros de “trabajar con las uñas” para mantener vivo el arte en la región, mantiene intacta la esperanza de que los compromisos gubernamentales se concreten pronto:
“La promoción y difusión de la cultura es empobrecida en el Táchira y en algunas zonas de Venezuela. Hay algunas regiones que se han inspirado en la preservación de otros países, se han encargado de estar en redes sociales y plataformas digitales. Si tuviéramos eso en el Táchira, nuestra información llegaría a los rincones de Táchira, Venezuela y el mundo”.
Su mirada apunta hacia el futuro: proyecta un museo de puertas abiertas, con una oferta formativa sólida y una memoria histórica al servicio de la ciudad. Por ello, extiende una invitación directa a toda la comunidad a acercarse, participar y sumarse a esta misión que pertenece a todos: enseñar a las nuevas generaciones la identidad local a través del patrimonio, resguardando lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos.
Hace un llamado abierto a los medios de comunicación, estudiantes y pasantes que deseen unirse para apoyar en la difusión y promoción de las valiosas actividades que diariamente allí se realizan.
Ateneo del Táchira

Frente a la plaza Bolívar de San Cristóbal se levanta un imponente edificio neoclásico: el Ateneo del Táchira. Fundado el 19 de abril de 1907 como un modesto salón de lectura e inaugurado en su sede actual en abril de 1938, es reconocido como el ateneo más antiguo de Venezuela y Patrimonio Cultural de la Nación.
En su momento de esplendor, la estructura consolidó el perfil urbano y ciudadano del centro capitalino. El edificio fue fruto de la determinación de su presidente, Víctor Zambrano Roa, quien logró la asignación de recursos iniciales bajo el mandato del general Juan Vicente Gómez, siendo concluido en su totalidad durante la gestión del general Eleazar López Contreras.
Por sus salones resonaron las voces más elocuentes del pensamiento nacional e internacional: Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, José Rafael Pocaterra, Nicolás Guillén, Arturo Uslar Pietri, Fernando de los Ríos y Luis Jiménez de Asúa, entre otros universales.
Esta casa fue epicentro de grandes iniciativas institucionales como la creación del Banco del Táchira, el Rotary Club, la Cámara de Comercio y la Cruz Roja, además de servir como cuna y cobijo inicial para universidades como la UCAT, la ULA-Táchira y la UNET.
Al cruzar el umbral del Ateneo por primera vez, el visitante experimenta la sobrecogedora sensación de ingresar a un espacio íntimo y familiar; esa casa guardada en la memoria afectiva de generaciones de tachirenses como testimonio de su historia. Sin embargo, detrás de su dignidad arquitectónica, quienes sostienen la institución enfrentan a diario salarios precarios, el desamparo operativo y un progresivo olvido por parte de la sociedad, sus socios y el Estado.
En ese laberinto de historias se encuentra Próspero Ramírez, coordinador de la Biblioteca y Hemeroteca del Ateneo, quien llegó desde la Hemeroteca del Estado con la firme misión de proteger el archivo gráfico regional. Allí se custodian tomos de La Nación, Diario Católico y publicaciones históricas que datan de 1903. Ante el deterioro del papel y la vulnerabilidad del material físico, Ramírez inició hace un año un arduo proceso de digitalización para resguardar la información.

Gracias a esa iniciativa de preservación, cronistas e investigadores de diversos municipios han logrado acceder a fechas y hechos inéditos sobre el pasado tachirense. “Se les ha dado ese apoyo de tener el material a mano; se ha digitalizado y se les ha compartido”, afirma el coordinador, consciente de que gran parte de la identidad regional solo sobrevive en estos folios impresos.
No obstante, el trabajo de la hemeroteca tropieza con la dura realidad: filtraciones persistentes, salarios simbólicos y una preocupante ausencia de estudiantes y lectores. Ramírez atribuye esta disminución al auge de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, pero también a la crisis socioeconómica:
“Lamentablemente, hoy en día los jóvenes en ocasiones no tienen ni para el pasaje de movilizarse; muchas dinámicas de visita escolar se han perdido”.
Al ser consultado sobre si reciben un respaldo institucional adecuado, su respuesta fue un claro: “No”. Aunque la Alcaldía ejecutó labores de pintura y reparación hace unos tres meses, los trabajos resultaron insuficientes.
“La ayuda con las filtraciones no quedó bien hecha, y la continuidad de la humedad hizo que en muy poco tiempo la pintura se deteriorara. Ciertas salas quedaron a medias. Ojalá puedan terminar ese trabajo y hacer las cosas bien”, señala Ramírez, enfatizando que quienes permanecen al frente de las bibliotecas y centros culturales lo hacen únicamente por vocación y compromiso con la historia.
A pesar de las adversidades, el Ateneo del Táchira continúa siendo una de las estructuras patrimoniales y centros culturales más emblemáticos e importantes de la entidad. Sus espacios albergan un potencial invaluable para la literatura, las artes plásticas y el teatro regional, contando además con un histórico auditorio siempre a disposición de la creación y la expresión artística tachirense.
Su infraestructura y su legado se encuentran hoy en un estado de emergencia implícita: requieren con urgencia un despertar del interés colectivo, un renovado sentido de pertenencia por parte de la ciudadanía y, sobre todo, acciones institucionales claras que eviten que este faro del intelecto regional termine consumido por el abandono.
Casa Steinvorth

En la esquina de la carrera 6 con calle 8, se encuentra la Casa Steinvorth. Aunque visualmente proyecta ser una simple casona de época, encarna la historia viva del espíritu emprendedor que definió al Táchira del siglo XIX.
Su historia comenzó a consolidarse en 1883 en Cúcuta, de la mano del empresario danés Christian Andresen Möller y el alemán Werner Steinvorth, quienes bajo la firma Möller cruzaron la frontera para asentarse cerca del antiguo Mercado Cubierto de San Cristóbal.
El establecimiento comercial no solo impulsó la exportación cafetalera, sino que diversificó su oferta trayendo a los Andes desde licores y ferretería hasta muebles y novedosos productos europeos. Con el paso de las décadas, sus muros vivieron múltiples adaptaciones: albergaron las aulas del Colegio María Auxiliadora en 1928, y sobrevivieron milagrosamente a los planes de demolición urbana en los años 70 por el empeño de la sociedad civil.
Hoy, la estructura alemana enfrenta un marcado contraste entre su valioso pasado y la realidad que evidencia en este momento. Desde hace aproximadamente 12 años, cuando el gobierno venezolano ordenó la fusión de Banfoandes con otros bancos para crear el entonces Banco Bicentenario (hoy denominado Banco Digital de los Trabajadores), decretó la extinción de la personalidad jurídica del banco original y de su fundación, la cual manejaba la Casa Steinvorth como museo.

Tiempo después, el inmueble asumió el rol de sede operativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en el estado Táchira. Sin embargo, su valor patrimonial convive con severos daños de infraestructura: el segundo piso de la casa patrimonial se encuentra totalmente clausurado, con polilla, termitas, humedad, daños en techos y falta de pintura en sus espacios que evidencian un desgaste que necesita atención urgente.
A pesar del deterioro estructural, el dinamismo humano dentro del espacio no se ha detenido. Marco Antonio Lemus, director operativo del Ministerio de la Cultura en la entidad, explica que la institución trascendió la concepción tradicional de exhibición pasiva para convertirse en una casa llena de cultura viva:
“La Casa Steinvorth es un hito de referencia histórica para el estado. Funge como nuestra sede y lo hemos convertido, junto a los cultores que nos visitan diariamente, en un centro cultural de puertas abiertas”.

En sus salones operativos se encuentran muestras de artes plásticas, ferias artesanales y talleres formativos en teatro, música y literatura que surgen de la iniciativa directa de los propios creadores tachirenses. Asimismo, la casona se transformó en un laboratorio pedagógico para pasantes de Arquitectura y Construcción Civil, quienes bajo la guía del arquitecto Johnny Roda analizan las técnicas constructivas de la época.
Las autoridades operativas reconocen que el paso del tiempo y la falta de mantenimiento han dejado huella. La recuperación integral de la Steinvorth requiere una inversión presupuestaria nacional y regional que proteja de forma definitiva esta sede de la memoria comercial fronteriza.
Una herencia colectiva
El MAVET, el Ateneo del Táchira y la Casa Steinvorth son mucho más que muros centenarios o salas de exhibición: constituyen la historia sobre la cual reposa la memoria patrimonial del pueblo tachirense.
Antes de exigir respuestas, es necesario rendir un homenaje a quienes han hecho posible que estos lugares sigan en pie. La continuidad de estos museos no se explica por grandes presupuestos ni por facilidades operativas, sino por el amor incondicional, la vocación y la entrega noble de sus trabajadores y cultores.
El compromiso de su personal no puede ser la única garantía de supervivencia para el patrimonio tachirense. El llamado a las autoridades competentes debe traducirse en compromisos presupuestarios reales y en intervenciones estructurales urgentes que detengan el deterioro de techos, paredes y sistemas, dotando además a estas sedes de las herramientas tecnológicas indispensables para su funcionamiento y permitiendo una mayor difusión cultural.
La ciudadanía, las familias y las nuevas generaciones tienen el deber de reencontrarse con sus raíces, habitar nuestros museos y valorar la herencia que los define. La modernización no tiene por qué significar el olvido de lo que somos. Proteger, cultivar y acompañar este legado histórico es una tarea colectiva que nos convoca a todos antes de que el tiempo consuma la memoria de San Cristóbal. (Olliana González/Pasante ULA)












