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Una lesión lo llevó del coleo al baloncesto en silla de ruedas

Trabaja reparando celulares en El Piñal, desde hace cuatro años. (Foto: Raúl Márquez)

Luis Galvis logró pasar la página y se superó, tras una terrible caída mientras practicaba coleo, a los 23 años de edad. Ahora está a las puertas de representar al país, a nivel continental, en un torneo de baloncesto en silla de ruedas     

Raúl Márquez

Le tocó a él, y no tenía sentido reprochárselo a nadie, mucho menos al destino o a la vida. Fue un riesgo asumido desde que se inició en ese deporte, y entonces no había nada que hacer, salvo enfrentar las consecuencias, con esperanza y fe. Un cúmulo de sentimientos encontrados bullían en su mente, al tiempo que comenzaba a procesarlo todo, mientras sus familiares y allegados se afanaban en recaudar el dinero necesario para la intervención quirúrgica.

Diciembre de 2009. El último torneo de coleo de ese año lo llevaba a la ardiente tierra de El Nula, en la parroquia San Camilo del municipio Páez del estado Apure, en la que se celebraban sus ferias y fiestas. Luis Enrique Galvis Quintana contaba con 23 años de edad. Desde los 16 se había iniciado en el deporte del coleo, tradicional en esas tierras del piedemonte andino.

—Nací en El Corozo, sector del municipio Torbes, y a los tres años me mudé con mis padres y hermanos a la Isla de Betancourt, en Fernández Feo, sur del Táchira. En esa población estudié la primaria. El bachillerato lo saqué en el turno nocturno del Liceo Francisco Tamayom de San Rafael de El Piñal. Luego mi intención era independizarme, para lo cual quería estudiar Veterinaria o Ingeniería Agronómica. Entonces, ya llevaba cuatro años perteneciendo a un club de coleo de Fernández Feo y solía participar en diversos torneos, hasta ese 05 de diciembre de 2009, cuando todo cambió…—, comenta Galvis, desde un local de El Piñal donde trabaja como técnico de celulares.

Un lance inesperado

Aquella tarde de coleo todo transcurría con normalidad. Nada hacía presagiar lo que iba a suceder. En una de sus salidas, en medio de la algarabía de la concurrencia, los vítores y la adrenalina propia por lograr una buena faena, el caballo que cabalgaba se levantó con violencia y, de modo inesperado, en sus patas traseras. El joven coleador cayó bruscamente y encima de él, el pesado animal. El golpe lo recibió sobre el pecho, las costillas y, sobre todo, en la columna vertebral, que llevó la peor parte.

Todo se tornó confuso. Un dolor que jamás había sentido se adueñó por completo de Luis Enrique. De inmediato fue trasladado al Centro de Diagnóstico Integral de la localidad llanera. Al principio pensaban que solo habían sido unas costillas rotas; sin embargo, tras ser conducido al CDI de El Piñal y luego de varias placas, se determinó que el accidente le causó, además de la fractura de tres costillas, una fractura en el tórax y de la vértebra T12 y la lumbar número 1. Con la urgencia del caso, fue remitido al Hospital Central de San Cristóbal.

—A pesar del dolor, nunca perdí la conciencia y ya, en el fondo, sabía que la lesión era irreversible. Aunque los doctores dijeran que había posibilidades y mis familiares y amigos intentaran con sus gestos crear una atmósfera de esperanza, yo sabía que no era así. Un mes después, ya a principios del 2010, fui operado. Me colocaron una prótesis, con el fin de hacer más llevadera la fractura. La idea era estabilizar la columna y que me pudiera sentar, para, de este modo, comenzar de cero, con esa condición—.

El baloncesto llegó a su vida

En San Rafael de El Piñal funciona un Centro de Rehabilitación (CRI), que se hizo familiar para Luis Enrique, pues tres veces por semana acudía allí para el tratamiento de terapias. Con el uso de mínimas emisiones eléctricas y masajes, se intentaba reactivar la movilidad o, por lo menos, que los vasos sanguíneos y los tendones de sus extremidades inferiores permanecieran activos.

Con el apoyo de familiares, amigos y allegados, el joven atravesaba ese túnel ineludible, que era la única ruta para iniciar una nueva etapa. Además, al no poder continuar con la carrera universitaria que había iniciado antes del incidente en la Universidad de los Llanos Ezequiel Zamora (Unellez), decidió empezar otra, esta vez en el Instituto Universitario de Tecnología de El Piñal: Ingeniería en Agroalimentación. Así pasaron tres años.

En 2013 comenzó a entrenar en carreras en silla de ruedas, en la ciudad de San Cristóbal. Las primeras sesiones fueron todo un desafío. Obviamente, era una actividad que jamás había practicado, pero que, en ese momento, le abría una puerta, una oportunidad de desarrollarse como atleta.

— Ese periodo fue decisivo para mí. Logré adquirir mi casa. Me gradué como ingeniero en el IUT, y la vocación de atleta, que siempre he tenido, me llevó de las carreras de velocidad en sillas de ruedas al baloncesto. Entrenaba con entusiasmo, casi a diario, lo que me dio la oportunidad de ser tomado en cuenta para formar parte de la liga andina. Con el equipo tachirense nos enfrentábamos con nuestros pares de Mérida, Trujillo, Barinas, y hasta solíamos jugar en Cúcuta, Norte de Santander, Colombia—.

En su afán por lograr el máximo de su capacidad, era recurrente que participara en competencias importantes, como el Máster de San Sebastián, el Máster Garzón, entre otras. Aún su presencia, cuando lo permiten las circunstancias, suele estar asociada a estos eventos.

Preselección nacional

Como producto de esta corta, pero ardua carrera deportiva, a principios de agosto de 2021, tras participar en un campeonato nacional celebrado en el estado Miranda, lo escogieron para formar parte de la preselección de baloncesto sobre silla de ruedas que se concentrará en las próximas semanas, posiblemente en Caracas, y de la cual se elegirá la nómina final que viajará en representación del país a un torneo de la especialidad a efectuarse en Argentina.

Para Luis Enrique Galvis Quintana, a sus 35 años, es un gran logro, que no obstante ha implicado vivir en carne propia el desdén de una sociedad en la que los derechos de las personas discapacitadas, en muchos casos, no son respetados.

Es poco el apoyo económico, moral y psicológico con que cuentan los atletas que, como Luis Enrique, han sobrellevado con hidalguía esa dura prueba que la vida les ha impuesto. Y es que mientras espera que lo llamen a la concentración, junto con tres atletas más, ha tenido que rodar por las calles para recaudar los fondos que necesita para sus viáticos, efectuarle el mantenimiento debido a la silla de ruedas, y alimentarse conforme a los cánones que todo atleta requiere.

—Espero que me llamen para dar el cien por ciento en la concentración. La meta es representar a nuestro país en Argentina. Siempre he sido un visionario. No me gusta que me miren con lástima. Deploro a quienes nos ayudan solo por obtener un beneficio propio o sacarse fotos para mostrarlas en sus redes sociales. Solo pedimos que los discursos y leyes que hablan de nuestros derechos vayan de la palabra a los hechos— reflexiona Luis Enrique, con acritud y valentía.

De vez en cuando vuelve al coleo. Todavía le fascina ese deporte. Desde hace dos años fue admitido como juez regional por la Federación Nacional de Coleo. «No es por melancolía, es porque me gusta, porque es parte de mi vida».

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