Venezuela en los labios de los fieles que claman a la Virgen de Táriba 

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Basílica de Nuestra Señora de La Consolación. (Foto/Carlos Eduardo Ramirez)

“Consuela a tu pueblo, María. A los hijos de tu Dios, salvados por Jesús en el Calvario. A los llenos del Espíritu Santo por las aguas del bautismo”, se oyó decir a Ana Rosa, hace un año, frente a la imagen de la que es la perla más preciosa del Táchira –estado occidental de Venezuela–: Nuestra Señora de la Consolación.

(Bogotá/Colombia) Otro significativo 15 de agosto. Fiesta de la asunción de la Virgen María, según el calendario católico. Día que para los tachirenses no pasa desapercibido. Es el día de la madre, de la patrona, de la reina.

419 años han transcurrido hoy, desde aquel año de 1600, cuando la venerable imagen adquirió nuevamente tonos y forma, ocurriendo la restauración milagrosa de lo que es hoy el tesoro de fe más grande de la región andina.

Hoy miles de fieles veneran a la Virgen de la Consolación.

Coronada de perlas, la madre espera a sus hijos en su basílica, pero también los acompaña desde la Catedral de San Cristóbal –capital del estado–, en ornamentado relicario que resguarda la tablita desde la cual la Virgen María oye las plegarias de sus fieles. Uno es, desde hace varios años, el clamor más repetido, la oración más concurrida: “ayuda a Venezuela, madre nuestra. Dile a tu hijo, Jesús, que meta sus manos en este país, y danos libertad”, exclama Esperanza Colmenares, quien asistió al templo mariano un par de días antes de hoy, para orarle al Señor, acudiendo a la intercesión de María, la madre.

Acabadas las festividades en honor al Santo Cristo de La Grita, el fervor popular en el Táchira sigue en movimiento, ahora apuntando en dirección a Táriba.

Ríos humanos

Miles de peregrinos colman las calles de toda la entidad para ir a la casa de la Virgen. Es quizá una de las advocaciones marianas más antiguas del país y de las que movilizan a más fieles cristianos. Todos acuden en masa hasta el templo, que fue declarado Basílica Menor por el papa San Juan XXIII, en 1959.

Niños, jóvenes y adultos acuden al amparo maternal de la mujer que, aceptando la voluntad de Dios, trajo al mundo a quien es la luz, Jesucristo.

Y confiando en la providencia del Padre y en los buenos oficios de la madre, esperan sin dudas obtener la ayuda del cielo.

La historia

Pero, ¿cómo nace esta devoción mariana? Resulta que en el año de 1560, frailes de la Orden de San Agustín llegan a Táriba con el objeto de evangelizar a los indígenas que poblaban la zona. Trajeron consigo una tablita con la imagen de la Santa Virgen María, que había sido pintada en España.

Luego de una invasión de otras tribus indígenas, la tablita se quedó en la ermita que fue construida para su veneración y perdió sus tonos. Al pasar de los años, la ermita se convirtió en la despensa de una familia y allí, sucia y vieja, la tablilla fue usada para un partido de bolos. Tres chicos intentaron partirla y al darse cuenta la madre de estos, se las arrebató y la acomodó en la pared de la despensa nuevamente.

En el año 1600 ocurrió el milagro. Un resplandor que salía de la despensa avisó a la familia que algo sucedía y al entrar en ella, la tablita había adquirido sus colores nuevamente y mostraba la imagen que hasta hoy se conserva en la Basílica de Táriba: la imagen de Nuestra Señora de la Consolación.

Ruegos a la Madre del cielo

Consultadas algunas personas sobre qué le pedirían a la Santa Virgen este año, la respuesta es unánime: “¡qué esto cambie!”

Ilse Pernía, desde Llanitos, en la vía hacia Cordero, asegura que le reza a la Virgen para que haya “salud y bendiciones para todos, y que se acomode Venezuela. Estamos cansados de solo sobrevivir”.

Rosalba Chacón apunta que la Virgen siempre atiende sus súplicas y que ora cada día para que María del Consuelo logre el milagro de Jesús, de “derribar a los poderosos que se creen intocables y nos dé la luz definitiva para salir, no solo de la oscuridad material a la que nos han sometido, sino también de la oscurantina espiritual. Han intentado acabar con la fe del pueblo”, señala.

“Pido a la Madre del cielo por todos los que están fuera, para que los guarde en su corazón. Que tengan techo, comida y cobijo. ¡Qué puedan regresar! Sí. Que regresen a una Venezuela libre, próspera, en la que el esfuerzo, el trabajo y el estudio sean los medios para alcanzar felicidad y calidad de vida”. Con estas palabras se expresa Adelaida Pérez, quien recuerda a sus tres hijos que viven en Chile y a los hijos de muchas de sus amigas.

Otro 15 de agosto, otro encuentro significativo con la Virgen, con la Madre “que alumbró su historia”. Una cadena de oraciones que se desprende del corazón del que ama y sufre como cristiano y venezolano. Un esfuerzo más que humano para ganarle la batalla a la desesperanza y la contradicción que podría resultar la fe en momentos tan duros como los que atraviesa el ciudadano de a pie.  Pero, así es Venezuela y así son los venezolanos: hombres y mujeres que de las penas aprenden a decirle a Dios, por María, “consuela a tus hijos que sufren, Señor”.

Moisés Sánchez