Reportajes y Especiales

¿Cómo funciona el polémico Colegio Electoral en Estados Unidos?

4 de noviembre de 2020

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En Estados Unidos no gana las elecciones presidenciales quien acumule más votos a nivel nacional (voto popular) sino quien obtenga la mayoría de asientos al llamado Colegio Electoral, un arcaico sistema que está contemplado en el artículo 12 de la Constitución Nacional y que data del año 1804.

Actualmente, el Colegio está compuesto por 538 asientos que son asignados a los 50 estados del país más Washington DC, la capital. Se impone en los comicios quien sume al menos 270 de esos votos (la mayoría simple).

Ese número, 538, corresponde al tamaño del Congreso estadounidense, que está compuesto por 100 senadores, más 435 representantes a la Cámara (535) y a lo que se le añaden tres cupos para el distrito capital.

El número de asientos al Colegio Electoral que le corresponde a cada estado (menos Washington que es un número fijo) lo determina el tamaño de la delegación legislativa ante el Congreso de cada uno de ellos. Es decir, cada estado cuenta de manera automática con 2 cupos, que equivalen a los asientos en el Senado (en EE.UU. todos los estados son representados por dos senadores) más el número de curules que tienen ante la Cámara de Representantes.

Ese número de asientos a la Cámara de Representantes se determina cada 10 años cuando se realiza el censo y depende del tamaño de la población en cada uno de los 50 estados. En este momento se asigna una curul por cada 710.000 habitantes. Pero hay estados como Wyoming y Vermont, que de todas maneras reciben un puesto a la Cámara pese a que su población ni siquiera alcanza los 710.000 requeridos.

En otras palabras, un estado como Wyoming, el más pequeño del país en términos de población, cuenta con 3 asientos en el Colegio Electoral (2 por el Senado y uno por la Cámara), mientras que California, el más grande, tiene 55 (2 por el Senado y 53 por la Cámara).

48 de los estados más Washington DC, le asignan la totalidad de sus asientos al Colegio Electoral al candidato que gane el voto popular en esa jurisdicción. Maine y Nebraska, los otros dos, le asignan dos cupos al ganador del voto popular y el resto de sus asientos a quien triunfe en cada uno de los distritos legislativos para la Cámara de Representantes.

Es decir en Maine, que tiene 4 asientos al Colegio Electoral (dos por su representación en el Senado y dos por la Cámara) la mitad van para el del voto popular y los otros dos dependen del resultado específico en el distrito. En el 2016, para ponerlo en contexto, Hillary Clinton ganó el voto popular y en uno de los distritos – sumando tres asientos al Colegio- mientras que Donald Trump se llevó el otro.

Cada partido, durante las convenciones nacionales, escoge al grupo de personas que debe votar en el Colegio Electoral en caso de que su candidato gane las elecciones. Aunque las reglas varían en cada estado, estas personas, se “comprometen” a sufragar por el candidato que se impuso su estado.

Una vez se conocen los resultados, es decir, son certificados por las autoridades de cada uno de los estados, los miembros ganadores se reúnen en sus respectivos congreso estatales para depositar su voto. Eso debe suceder 41 días después de las elecciones y en este 2020 esa fecha cae el 14 de diciembre.

Ese es el día, en otras palabras, cuando se confirma al ganador de manera oficial.

Pero a lo largo de los años, el sistema ha demostrado que está lleno de fisuras. Algunas más grandes que otras, pero que han llevado a muchos a catalogarlo como un procedimiento injusto que no refleja la voluntad popular.

En Estados Unidos no gana las elecciones presidenciales quien acumule más votos a nivel nacional (voto popular) sino quien obtenga la mayoría de asientos al llamado Colegio Electora

El Colegio Electoral fue un compromiso al que se llegó hace más de 200 años entre los que querían una elección directa, frente a los que empujaban a dar más peso a los estados. El sistema, además, lo que buscaba era que candidatos y políticos no favorecieran a los estados donde vivían más personas en detrimento de los pequeños. La teoría era que si cada estado tenía peso en Colegio Electoral, entonces los rivales tendrían que competir por todos los votos, y por lo tanto, considerar las prioridades de la mayoría.

Pero con el tiempo ese concepto se ha ido abandonando dados los cambios demográficos y poblacionales en el país y la consolidación de un sistema donde solo existen dos partidos políticos.

Actualmente, hay muchos estados donde uno u otro partido tiene una clara ventaja frente al otro como en el caso de Kentucky para los republicanos o California para los demócratas. En la práctica, por lo tanto, las campañas dedican muy poca atención a ellos y casi todo a un grupo de estados, los llamados “indecisos”, donde ninguno tiene una clara mayoría. Y son estos, que no pasan de 6 u 8, los que por lo general definen las elecciones cada cuatro años. Es decir, sucede lo opuesto a lo que se concibió.

Pero quizá lo más polémico es que desde hace algunas décadas el sistema parece no estar reflejando la voluntad popular. En la historia de EE. UU. ya van cuatro veces que un candidato llega a la Casa Blanca tras imponerse en el Colegio Electoral pero sin ganar el voto popular.

Pero dos de esos momentos se han presentado en los últimos 20 años. En el año 2000 cuando George W. Bush obtuvo medio millón de votos menos que Al Gore y en el 2016, año en el que Trump se quedó con la Oficina Oval pese a que Hillary Clinton lo superó por más de tres millones de votos. De hecho, en estas dos últimas décadas los republicanos han controlado la Casa Blanca por 12 años pese a que solo han ganado una de las últimas cinco elecciones presidenciales en términos del voto popular (la de Bush en el 2004).

Y todo indica que en el 2020 podría pasar lo mismo pues Trump está muy lejos de Joe Biden a nivel nacional (casi 7 puntos según las encuestas) pero tiene una clara opción para volver a ganar el colegio electoral.

Actualmente, hay muchos estados donde uno u otro partido tiene una clara ventaja frente al otro como en el caso de Kentucky para los republicanos o California para los demócratas.

Esa distorsión se presenta por dos factores, ambos atribuidos al sistema actual. El primero es que hay estados que tienen mucho más peso ante este órgano que otros. Para volver al ejemplo de Wyoming, este estado pone un voto al Colegio Electoral por cada 170.000 habitantes mientras que en California es uno por más de 750.000 habitantes.

Es decir, el voto de alguien en Wyoming cuenta casi 5 veces más que el de una persona en California a la hora determinar la conformación del colegio.

El otro está asociado al concepto de “el ganador se lleva todo” que impera en 48 estados (menos Maine y Nebraska). Para contextualizar, en el 2000 Bush se llevó los 25 asientos al Colegio Electoral que tenía asignados la Florida pese a que ganó el estado por solo 537 votos directos o el 48.84 por ciento vs. el 48.83 por ciento que obtuvo Gore. En otras palabras, pese a que Gore obtuvo casi la mitad de los votos (1.4 millones de personas) estos no contaron para efectos del colegio.

Estas discrepancias también se extienden al Congreso donde los republicanos son la mayoría en el Senado pese a que recibieron 15 millones menos de votos a nivel nacional en las últimas elecciones.

“El Colegio Electoral viola el aspecto más esencial de la democracia y es que todos los votos deberían contar por igual y quien obtenga más votos gana. Pero en este momento el Colegio favorece a los republicanos por la manera como sus votantes están distribuidos en el país”, afirma George Edwards, profesor en política de la Universidad de Texas.

Ese desbalance, dice Edwards, está generando fuertes tensiones en el país que podrían acabar por fracturarlo.

“Una cosa es que se presente una anomalía en la historia y gobierne temporalmente alguien que no representa a la mayoría. Pero si un sector de la población, que es el mayoritario, comienza a sentir que está subyugado por la minoría y que el sistema no permite una corrección a este desajuste, ese sector puede terminar por sublevarse. Lo hemos visto a lo largo de la historia en muchos países del mundo y puede pasar en EE. UU.”, dice el profesor.

A eso se suman otras imperfecciones en el sistema que están generando mucha inquietud. Especialmente en este ciclo electoral cuando Trump sigue sin comprometerse a aceptar el resultado si llega a perder.

El Colegio Electoral fue un compromiso al que se llegó hace más de 200 años entre los que querían una elección directa, frente a los que empujaban a dar más peso a los estados

La manera como está construido el proceso implica que son los congresos estatales los que presiden sobre la votación de los miembros escogidos al colegio electoral. Si hay disputa en el resultado de las elecciones, el partido que controla ese congreso podría decidir -por una simple mayoría- que no acepta el voto de la delegación que escogió el partido ganador.

En Wisconsin, para citar un caso, tanto la Cámara como el Senado están controlados por los republicanos. Si Biden gana pero el voto es estrecho y hay demandas en curso, estos podrían no tomar el voto de los 10 delegados al Colegio que nombró su campaña y certificar los de Trump.

Sería algo impensable pero que ha pasado antes en la historia. Y que sin duda desataría una crisis constitucional poco antes vista.

Si se eliminara el Colegio Electoral, como quieren muchos, nada de esto sería posible. Y la energía estaría concentrada en asegurar que todos los votos sean contados. Pero para hacerlo es necesario una reforma constitucional que, en la práctica, es virtualmente imposible.

La Carta Magna establece que cualquier modificación debe ser apoyada por dos tercios de los estados del país (34 estados) o por dos tercios tanto de la Cámara como del Senado. Pero los republicanos tienen poco interés en reformar un sistema que los favorece. Y sin ellos los demócratas tienen muy pocas posibilidades de triunfar pues controlan menos de la mitad de los estados y están lejos de los dos tercios en el Congreso.

 

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