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Reportajes y Especiales
El criterio médico como puente de solidaridad

lunes 24 agosto, 2026

Tras el doblete sísmico, una publicación compartida en redes sociales convirtió al médico tachirense en un mediador, capaz de conectar la solidaridad civil con los hospitales desbordados

Mariangel Suárez

A veces, la vida se quiebra en segundos. Tan solo basta una llamada, una decisión o el crujido repentino de la tierra bajo los pies para cambiarlo todo. Mientras el piso 11 de un edificio en Caracas se sacudía violentamente, Miguelangel Contreras Rengifo entendió esa fragilidad en carne propia. Lo inesperado ocurrió después, una decisión igual de rápida marcó el inicio de una red de solidaridad capaz de salvar vidas.

—Esto es un terremoto, es bastante fuerte —le explicó Miguelangel Contreras a su mamá a través de una llamada telefónica. Mantener la estabilidad era casi imposible debido al movimiento brusco del segundo sismo—. Te amo, hablamos después —le prometió. El temblor se intensificaba y en su mente solo rondaba una sola idea: Tal vez la edificación colapsaría y no habría una próxima vez.

Algunos minutos antes, el reloj marcaba las seis de la tarde del miércoles 24 de junio. El médico tachirense, egresado con honores de la Escuela Luis Razetti en la Universidad Central de Venezuela, se encontraba con su uniforme y bata puestos para iniciar la jornada laboral.

Miguelangel se dedica a la práctica privada, forma parte de un proyecto de salud de atención de pacientes para un gobierno extranjero. Habían transcurrido algunos segundos de una reunión virtual con el equipo de trabajo, uno de sus compañeros alertó del temblor y por protocolo de seguridad les solicitaron desconectarse.

Debajo de una mesa de su apartamento, ubicado en la zona de la avenida Andrés Bello, muy cerca de la Hermandad Gallega, a las 6:04 de la tarde vivió el primer sismo de magnitud 7,2, todos los objetos temblaban a su alrededor. Tan solo 39 segundos después, sobrevino la segunda sacudida de magnitud 7,5, el sonido de las múltiples llamadas que le hacía su mamá, preocupada desde San Cristóbal, era amortiguado por el crujido de la edificación, que se movía de forma centrífuga.

—¿Qué debería hacer primero?, ¿cómo voy a salir?, ¿cuánto tiempo me va a tomar?— pensaba el doctor a medida que el movimiento cesaba.

Cuando logró recuperar la estabilidad, se levantó apresuradamente, se quitó la bata médica y comenzó el descenso por las escaleras de emergencia. En el camino, veía el rostro fruncido de sus vecinos, la desesperación se reflejaba en la rapidez con la cual evacuaban a sus familias, padres cargaban a sus hijos con el único deseo de estar a salvo. Una vez afuera, nadie entendía qué había ocurrido. Entre los murmullos, un dato logró filtrarse hasta el tachirense.

—Pinto Salinas presenta varias estructuras colapsadas— informó un vecino. El nombre resonó de inmediato en el médico, es un sector cercano a su residencia, lo conocía perfectamente al haber llevado a cabo su servicio rural obligatorio en el Área de Salud Integral Comunitaria (ASIC), del Centro de Diagnóstico Integral Pinto Salinas 1.

La formación en la Escuela Luis Razetti le permitió a Miguelangel Contreras Rengifo rotar por muchos centros hospitalarios grandes de Caracas, él conocía de primera mano una verdad amarga: en épocas donde no hay una contingencia de este nivel, los recursos pueden ser insuficientes, tanto materiales como humanos. Por lo tanto, la respuesta ante tal emergencia sería compleja.

Movido por la necesidad de ayudar a la comunidad que lo había recibido hacía un año, se dirigió al centro de salud. Al llegar, la escena no era la de una sala de urgencias abarrotada, sino de una extraña quietud. El personal de guardia lo recibió entre el miedo y la incertidumbre. Sus propias viviendas habían quedado en muy mal estado.

—Por ahora la guardia está cubierta— le confirmaron. No hacían falta manos en ese punto, porque la carga asistencial era curiosamente baja: los casos de extrema gravedad eran dirigidos directamente a los grandes hospitales, dejando solo pacientes con lesiones menores.

Durante el trayecto de regreso a su casa, cerca de las 11:30 de la noche, la tierra continuaba crujiendo con réplicas intermitentes. Las primeras imágenes difundidas de La Guaira permitían comprender la magnitud de devastación en la costa.

—En Caracas, la señal telefónica y el internet eran casi nulos —recordó el médico tachirense. Sus ojos oscuros se quedaron fijos en un punto lejano —. Yo me enteré hasta el día siguiente que las salas de urgencias habían colapsado debido al flujo incesante de heridos durante la madrugada.

Poco a poco, los venezolanos comenzaron a entender lo ocurrido: Un doblete sísmico había afectado la región centro-norte del país, ambos eventos fueron someros y estuvieron asociados al sistema de fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar.

De acuerdo al reporte preliminar de la Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica, “la distribución de daños estuvo condicionada por la dirección de la ruptura, los efectos de cuenca en Caracas, la amplificación en depósitos blandos y las condiciones geotécnicas del litoral central”.

El fenómeno sísmico de alta magnitud dejó tras de sí una tragedia humana sin precedentes. Según cifras oficiales del 17 de agosto, más de 6.400 personas fallecieron, 86.358 heridos fueron atendidos en centros de salud y más de 10.000 viviendas fueron clasificadas de alto riesgo.

El efecto dominó de una publicación

La prioridad de Miguelangel Contreras era ayudar. Su instinto natural dictaba que el mejor lugar era en la primera línea asistencial: Una sala de urgencias, un quirófano o en los pasillos de cualquier hospital. Sin embargo, los colegas que se encontraban de guardia le informaron sobre la activación de planes de emergencia durante la madrugada.

—Muchos servicios recibieron más carga de pacientes que otros, principalmente Traumatología y Cirugía, la mayoría de residentes y especialistas estamos de guardia por el plan de contingencia —le detalló un residente de tercer año de Cirugía General—. Realmente, no se necesita apoyo asistencial, se requieren son insumos para poder atender a los pacientes.

En los hospitales estaban los profesionales a disposición de los heridos, pero no tenían herramientas para poder trabajar. Por lo general, cuando ocurren este tipo de tragedias, lo primero que se agota es el material médico quirúrgico descartable.

Impulsado por la urgencia de su colega, Miguelangel decidió publicar en sus redes sociales la lista de insumos que requerían durante la mañana del 25 de junio. En cuestión de minutos, su teléfono comenzó a recibir una alta cantidad de notificaciones. Aquella decisión se convirtió en un efecto dominó que ni él mismo pudo prever.

—Fue algo completamente accidental —esbozó una sonrisa franca-. Después de aquella publicación, muchas personas me escribían, tanto del exterior como del interior del país, con la intención de apoyar, pero sin saber cómo hacerlo. Buscaban a alguien de confianza para canalizar esos recursos.

Miguelangel Contreras Rengifo descubrió que poseía dos herramientas necesarias: El criterio médico que le permitía conocer cuáles insumos eran prioritarios y una red de contactos que le informaban, en tiempo real, sobre el estado de los hospitales. Sin pensarlo demasiado, acepto ser el mediador que las personas necesitaban para donar sin miedo.

De inmediato, el dinero recibido desde el exterior comenzó a transformarse en guantes, tapabocas, compresas quirúrgicas, y todo ese tipo de insumos necesarios para salvar vidas. A medida que se llenaban las cajas de material médico, el joven se convertía en el eslabón que unía la voluntad económica de la sociedad civil con los centros hospitalarios de Caracas.

Pocas horas después, se dirigió al Hospital Periférico de Catia, cargado con cajas inmensas de material médico quirúrgico. Este centro de salud requería con urgencia una alta cantidad de insumos descartables, porque era la primera parada de ambulancias y heridos que lograban descender desde la devastación del Litoral Central en La Guaira.

Mientras, en las calles de Caracas, el doctor veía asombrado la marea desbordante de personas en las farmacias, comprando medicamentos que ellos creían necesarios para donarlos. En los pasillos del centro de salud, los rostros de los pacientes y sus familiares se encontraban marcados por la dura realidad: Deambulaban sin entender qué había pasado.

—Ese fue mi primer encuentro con los pacientes y familiares de los afectados —destacó con un tono de voz bajo, sus manos permanecían entrelazadas y su ceño levemente fruncido—. Más allá del dolor físico, ellos cargaban con el desconcierto de no saber cómo se encontraban sus familiares y amigos.

Su teléfono no dejaba de sonar con notificaciones nuevas, personas de todas partes del mundo y del país se encontraban dispuestas a colaborar. La red de contactos era cada vez más grande, en cuestión de horas Miguelangel logró canalizar un volumen alto de insumos y junto a sus amigos recorrieron a contrarreloj los principales centros de salud.

Pacientes que esperaban por una cirugía en los pasillos del Hospital Ana Francisca Pérez de León, en las salas del Hospital Dr. Domingo Luciani y en el servicio de urgencias del Hospital Universitario, recibieron los insumos que necesitaban para ser atendidos.

Luces de esperanza en medio del caos

Empaquetaba e identificaba las donaciones para distribuirlas rápidamente por los principales centros de salud de Caracas. (Foto: Cortesía)

El médico tachirense y su equipo lograron crear un pequeño centro de acopio improvisado en Santa Fe, para centralizar medicamentos, alimentos no perecederos y ropa. Una iniciativa respaldada por un flujo constante de aportes económicos, provenientes de personas que veían en el joven un alto grado de preparación profesional y de vocación de servicio.

Durante las dos primeras semanas de la contingencia, Contreras Rengifo recorrió en reiteradas oportunidades los principales hospitales de Caracas, para entregar el material que escaseaba en las salas de operaciones.

Miguelangel y su equipo leían los reportes donde se notificaban las necesidades de los centros de salud y refugios, canalizaban velozmente los recursos para comprar los insumos, empaquetaban e identificaban las donaciones y se las entregaban a conocidos que bajaban hasta los lugares más vulnerables de La Guaira con la misión de entregarlas.

La red de solidaridad extendió sus brazos incluso hacia las zonas aisladas de La Guaira, por medio de conocidos que cruzaban el terreno devastado para llevar agua potable y medicamentos a quienes se negaban a abandonar las pocas viviendas que seguían en pie.

Aunque la tragedia expuso el lado más frágil del sistema de salud venezolano, mostrando a detalle los puntos vulnerables de la realidad, provocó, al mismo tiempo, una unión fraterna sin precedentes.

De acuerdo al último informe de la encuestadora Meganalisis, la resiliencia y el protagonismo del capital humano tomaron las riendas de la tragedia, según los encuestados, la solidaridad destacó en un 90.3 % y la capacidad de autoorganización en un 86.1 %.

—Las demostraciones de solidaridad que yo vi en esa autopista y en los centros de salud, es algo que recordare el resto de mi vida —relató el médico tachirense con el asombro aún reflejado en su tono de voz —. Personas que habían perdido absolutamente todo, aún tenían la iniciativa de buscar simplemente los recursos que les hacía falta para subsanar las dificultades. Eso nunca lo podre olvidar.

La solidaridad como hábito cotidiano

Cuando la urgencia por los materiales quirúrgicos empezó a ceder, el grupo de amigos inició con la tarea más difícil: Mantener los recursos, tanto en los centros de acopio como en los refugios. Decidieron trasladar las donaciones hasta el centro de recepción del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela. La prioridad era poder atender enfermedades crónicas como hipertensión y diabetes, así como brotes epidemiológicos de diarrea y afecciones cutáneas surgidas en los campamentos improvisados.

—Personalmente estuve varios días en la parte médica del centro de acopio de la universidad, llevaba unos insumos y recogía otros para distribuirlos en los diferentes hospitales —narró, su voz transmitía tranquilidad—. Pude atestiguar la llegada de camiones repletos de ayuda y cadenas humanas de voluntarios encargados de descargarlas. Varios de ellos provenían de San Cristóbal, sé que allá hicieron un trabajo completamente loable.

Aunque el impacto inicial del terremoto empezó a diluirse en la rutina de la ciudad y las donaciones disminuyeron, muchas personas decidieron integrar la solidaridad como un hábito cotidiano en su vida. Entre ellas el médico tachirense, quien, en medio de sus ocupaciones, siempre encontraba un momento para reunir los reportes sobre las necesidades en La Guaira y comunicarse con los centros de acopio activos, como el de la Facultad de Farmacia de la Universidad Central.

Miguelangel Contreras Rengifo se convirtió en un mediador de la solidaridad civil. (Foto: Mariangel Suárez)

Para el doctor tachirense, la contención en una crisis no se limita al material médico o al aporte económico. Escuchar, acompañar y brindar unas palabras de aliento también son formas de salvar vidas.

—La ayuda no es solamente donar una caja de insumos o de comida, al contrario, puede verse de muchas formas y puede tener muchas caras —enfatizó—. Simplemente es mostrar interés y tener la voluntad de cambiar la realidad de personas que se encuentran en situaciones complejas.

Desde la Organización Internacional para las Migraciones se advierte que la atención mediática y la solidaridad suelen disminuir tras el primer mes del desastre. Justo en ese punto de inflexión, las necesidades se profundizan. Miguelangel conoce bien aquella realidad, continua con la determinación intacta de seguir con la labor que inició por una publicación en las redes sociales y se prolongó hasta el día de hoy.

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