Reportajes y Especiales
Las tres cruces del padre Jhonny Arias
lunes 24 agosto, 2026
Quedó atrapado entre los escombros del edificio Costa Azul, en Caraballeda. Estaba solo en el piso 6, y con los dos terremotos todo se vino abajo. Síndrome de aplastamiento de ambas piernas, tres costillas partidas, lesiones en el brazo izquierdo, hemoglobina a seis, heridas en el rostro, son parte del informe médico de quien ahora se recupera
El dato…
El pasado 13 de agosto regresó a la parroquia El Buen Pastor de Puente Real. Ha asumido todos los compromisos religiosos de la parroquia. Camina con bastón, porque la pierna derecha está dormida; se recupera de la lesión en su brazo izquierdo y de tres costillas rotas.
José Luis Guerrero S.
@joseluis.guerrero.73700
La sangre del sacerdote Jhonny Arias, de la parroquia El Buen Pastor, de Puente Real, corrió por su rostro.
Era abundante.
Quedó atrapado, entre los escombros, tras derrumbarse el apartamento en Residencias Costa Azul donde se encontraba en La Guaira, por la avenida La Playa, en Caraballeda, el 24 de junio de 2026, día de fiesta nacional en Venezuela al recordarse la Batalla de Carabobo.
Todo ocurrió en cuestión de segundos. Exactamente 39 segundos, luego de las 6:04 minutos de la tarde.
“El mensaje de alerta del terremoto llegó al teléfono celular. Lo pude ver y de inmediato comenzó el movimiento del edificio, algo leve, pero luego el más fuerte”, narró el sacerdote, en el despacho parroquial.
Los dos terremotos, el primero de magnitud 7,2 y el segundo, con escasos segundos de diferencia, de 7,5 lo sorprendieron, en el piso 6 de las residencias. Cuatro pisos cayeron sobre el lugar que ocupaba.
El martes 23 de junio el sacerdote, quien fue asignado a la parroquia El Buen Pastor el primero de diciembre del año 2025, por decisión de monseñor Lisandro Rivas, obispo de la Diócesis de San Cristóbal, viajó desde el aeropuerto de Santo Domingo al aeropuerto de Maiquetía, en La Guaira, en el vuelo de la tarde. Luego de aterrizar, pasadas las 5:00 de la tarde, ya con su equipaje en mano, tomó un café y esperó a un matrimonio amigo que lo llevaría a Caracas.
La pareja llegó a las 5:45 de la tarde. Luego de los saludos respectivos, lo convencieron para que pasara la noche con ellos, en un apartamento propiedad de la familia anfitriona, en Caraballeda, La Guaira. Conversaron sobre el Táchira, la labor de la iglesia, su trabajo social que lo llevó a la capital en busca de recursos para construir un comedor para los más necesitados, especialmente los abuelos, de la comunidad de Puente Real, en la parte baja de San Cristóbal, donde ya es tradición, todos los fines de mes, darles alimentos.
“Así fue. Nos quedamos en el apartamento. Más tarde, se acercó otro matrimonio, también muy colaboradores para obras sociales, cenamos y conversamos sobre la obra social, el proyecto para sumar dinero”.
Al día siguiente, miércoles 24 de junio, el sacerdote de 52 años de edad, oriundo de Caracas, siguió en La Guaira. Su tarea era narrar su proyecto social, sus ideas, sus planes. Disfrutó de la naturaleza, de la brisa del mar; y por la tarde, de la piscina del edificio. Recuerda el fuerte calor de ese día en la costa venezolana.
“Los esposos, cerca de las 5:45 de la tarde, me informan que van a salir del edificio a comprar la cena. Yo les dije que me quedaba. Afuera el calor era intenso y en el apartamento, por el aire acondicionado, era más fresco. Estaba sentado en un mueble de la sala, veía un programa en la televisión, cuando escucho un mensaje en el teléfono celular”.
Era el mensaje de alerta del terremoto. Se ubicó en el medio de la sala y todo comenzó a moverse. Vio, con asombro, como los espacios de aquel lugar se desplomaron en cuestión de segundos.
“Fue muy duro, pero yo pensaba que iba a pasar. Me fui rápido hacia una de las habitaciones para ubicarme debajo del marco de la puerta, cuando yo veo que la cocina se va hacia abajo. Me quedé impresionado. Cuando vino el otro temblor, tan fuerte que me tiró a la cama y el área del cuarto cayó al vacío. Yo estaba en un sexto piso.

Las áreas se desprendieron como naipes, como barajitas.
“Vino una columna hacia mí, que gracias a Dios la paró otra columna, por esa columna se asentaron los otros cuatro pisos del edificio. Los otros pisos se derrumbaron y los escombros cayeron sobre mis piernas, sobre mi cuerpo. Pude taparme la cara para protegerla, pero un enorme trozo de pared me golpeó en la frente y me abrió una herida grande. Quedé acostado, mis piernas prensadas, aplastadas entre las losas de cemento, tan juntas. No podía moverlas; mi brazo izquierdo fuera de su lugar, golpeado por la espalda”.
Los dos terremotos acabaron con la vida de 6.438 personas. Más de 90 mil personas han recibido asistencia médica, según el último reporte del 18 de agosto pasado. Los daños materiales superan miles de millones de dólares. Y hoy, a dos meses de la tragedia, aún hay familias que buscan a sus seres queridos entre los escombros. Más de 24 mil viviendas fueron declaradas inhabitables.
El sacerdote, resignado por la tragedia, entre los escombros, con heridas por todos lados y ver como la sangre corría por su rostro, conversó con Dios. Las horas comenzaron a correr y por su mente pasaron cantidad de recuerdos, de metas cumplidas, de metas pendientes.
“Escuché los lamentos de un niño, de una mujer, que estaban pisos abajo, agonizando. No podía hacer nada, no podía moverme. Yo pienso, en medio de la fe, que Dios no salvó al niño, pero me salvó a mí. Dios no se equivoca, él sabe hacer las cosas y en medio de todo este desastre, yo sentí que era mi final. No tenía tanto miedo, sino la preocupación de la soledad. Yo me abandoné en las manos de Dios, le pedí perdón por las cosas que no pude haber hecho. Estuve consciente, no me maree, no me dormí, siempre atento a lo que estaba pasando y pidiendo ayuda.
A mí me cayó en la frente un trozo de pared, un escombro grande que me abrió una herida. Yo boté mucha sangre. No había manera de pararla”.
En medio de oraciones, sin poder detener la sangre que corría por su cara, llevó su mano derecha a su frente, la mojó de sangre y pintó tres cruces en la pared.
“Bueno Señor, aquí estoy para cumplir tu voluntad; y pinté una cruz en el trozo de pared que estaba cerca, luego la segunda y la tercera. Tres cruces que representan la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo me abandoné a las manos de Dios. Oré mucho. Preparándome para cualquier cosa. Dije que si ese era mi final, que Dios tenga piedad de mi alma”.
Luego hubo silencio…
La noche, la oscuridad cubrió todo. El país se cubrió de tristeza, de llanto.
También escuchó el ruido de vehículos, de las ambulancias, de la gente que buscaba entre los escombros a los sobrevivientes.
“Yo gritaba. Pedía auxilio en medio de las plegarias al Creador”.
La luz de la esperanza, de la vida
Seis horas más tarde, a las 12:30 de la medianoche vio, a lo lejos, la luz de un teléfono celular. Gritó por ayuda. Lanzó varios trozos de construcción para hacer ruido y ocurrió un milagro: Tres hombres llegaron en su ayuda. No tenían equipos, solo sus manos, su fuerza. Se ubicaron como un piso más arriba de donde él estaba.
“Yo levanté el brazo derecho para demostrar que estaba con vida. Ellos comenzaron a buscar el camino para poder salvarme. Corrieron a donde yo estaba luego de abrirse paso entre tantos escombros. Me preguntaron por mi condición, que cómo me sentía. Respondí que las piernas estaban atrapadas entre los escombros, fuerte dolor en el brazo izquierdo, la hemorragia en la frente. Dios me había escuchado. Llegaron tres, que representan las tres cruces que yo pinté con los dedos de mi mano”.
Su rescate pudo tardar entre 30 y 40 minutos. Se hicieron eternos para él en medio de los dolores.
“Estos tres hombres retiraron los escombros, lograron liberar mis piernas, yo no las sentía. Estaban dormidas. Me sacaron de allí. Los dolores eran muy fuertes y uno de ellos me levantó, me alzó y me llevó a la calle donde estaba el personal de emergencia, a quienes les dije que era sacerdote, y me trasladaron al centro asistencial. Yo soy un hombre pesado y ese señor me levantó, me abrazó, me cargó desde el lugar del siniestro hasta la calle. No sé cómo lo hizo”.
¿Hubo o no relación con las tres cruces pintadas en la pared, con los tres hombres enviados por Dios para salvarlo? Nadie lo sabe. El sacerdote se refiere a cuestión de fe, de creencia: “Es una relación de tres porque así lo quiso Dios. Me pediste ayuda, allí te mandé tres hombres. Claro, eso hay que verlo con la lupa de la fe”.
Los esposos que lo recibieron en La Guaira, los anfitriones, están vivos y desde aquel día siempre están atentos a la evolución de la salud del sacerdote. Sienten algo de culpa por dejarlo ese día en el apartamento.
La atención asistencial
En el hospital del Seguro Social José María Vargas de La Guaira lograron controlarle la hemorragia de la frente. Le suministraron suero, le aplicaron primeros auxilios. Permaneció acostado sobre una colchoneta, en el piso, como los demás heridos, en medio de la confusión, del caos. Los dolores eran fuertes por todo su cuerpo. Así pasó toda la madrugada del 25 de junio.
A las 2 de la madrugada un primo suyo llegó a La Guaira.
Antes del terremoto le había enviado por un mensaje de WhatsApp la ubicación, para que el jueves 25 de junio lo llevara a Caracas. Su pariente, al ver la emergencia por los dos terremotos decide bajar a buscarlo y cuando llegó a la ubicación enviada, el edificio no estaba, se había caído. Empezó a preguntar y le informaron que lo habían sacado y llevado al hospital.
“Mi primo vino al hospital, me buscó, pero no logró encontrarme. No era nada fácil en medio de la tragedia, con tantos heridos, con tanto caos por todos lados. Yo estaba inflamado, lleno de sangre, polvo. Todo era terrible. Más tarde, regresó y me encontró como a las 7:00 de la mañana.
Fueron minutos muy emotivos. Era la persona más cercana a mí en ese momento. No pude contener el llanto. Se me vinieron las lágrimas. Le dije que me sacara de allí, que yo me estaba muriendo. El hizo las diligencias respectivas. Le dijeron que si tenía como llevarme a otro centro asistencial lo hiciera de inmediato, y así lo hizo. Me llevó acostado en el asiento trasero del carro.
Le dije: ‘En la primera clínica que vea, métame allí’. Así lo hizo en una clínica de El Paraíso, en el Centro Médico Loira. El cuerpo médico es excelente. Dios los bendiga a todos ellos”.
Los reportes médicos indican síndrome de aplastamiento de ambas piernas, hemoglobina a seis, varias costillas partidas, inmovilidad del brazo izquierdo, dificultad para respirar.
Dentro de esos 22 días de hospitalización hubo una recaída. Un fuerte dolor en las costillas. Se le bajó la saturación, no podía respirar y deciden intubarlo, lo llevan a sala shock, a la Unidad de Cuidados Intensivos, donde duró seis días dormido. Al despertar se sorprende al ver a otras personas en estado grave.

El sacerdote es psicólogo, y eso le ha ayudado a dominar sus propias emociones. Duerme, descansa, pero es fuerte el dolor en la pierna derecha y en otras partes del cuerpo.
Al salir del centro asistencial se fue a Los Teques, a una casa de oración, donde permaneció unos 15 días. El 13 de agosto llegó de nuevo a la parroquia en San Cristóbal, a sus tareas, y a avanzar con el proyecto del comedor para los más humildes.
Cumple todas las tareas de la iglesia, va a la terapia, escucha a los vecinos y trabaja para la actividad del próximo 31 de octubre, con el espectáculo para recabar fondos en la plaza de Toros de Pueblo Nuevo.
Era su primer viaje a Caracas para iniciar personalmente diligencias sobre su obra social y Dios le puso una prueba en su vida.
Vuelve a nacer.

“Nací a un sacerdocio nuevo, porque tengo compromisos con Dios. Dios me dejó para yo seguir una misión, y tengo que llevarla a cabo, y una de esas es estar más pendiente de los abuelos. Dios no se equivoca”
El sacerdote perdió 10 kilos de peso.
En su relato recuerda los rostros de los tres hombres que lo salvaron, a quienes siempre estará agradecido.
Sigue la rutina en la parroquia El Buen Pastor de Puente Real.
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