Reportajes y Especiales
Milagro de la metamorfosis en el mariposario de la UNET
lunes 21 septiembre, 2026
En el Parque Natural Paramillo de la Universidad Nacional Experimental del Táchira, la metamorfosis no es solo un asunto de insectos. La transformación del orquideario en el hogar de 14 especies de mariposas, demuestra que la vida gira sobre su propio eje para reinventarse



Mariangel Suárez
Oculto entre el follaje del Jardín Botánico Parque Natural Paramillo, el mariposario de diez por veinte metros resguarda un trabajo de paciencia. Allí, el biólogo Andrés Orellana, la ingeniera Elsie Acuña y su equipo velan por el ciclo de la vida: el paso silencioso del huevo a la larva voraz y, finalmente, a la pupa que terminará transformada en mariposa.
Una cerca metálica ciclónica y un sistema de doble puerta resguardan el espacio, diseñado para evitar la fuga de las especies. A las diez de la mañana, cuando los rayos del sol se filtran por la malla cubierta de liquen, inicia el ritual diario en el interior. El recinto despierta con el sonido metálico de las chicharras.
Destellos de color azul, amarillo y rojo resplandecen en medio del verdor: son las mariposas que zigzaguean de flor en flor. Un sendero de gravilla rojiza serpentea entre la vegetación compuesta por plantas que requieren los lepidópteros para alimentarse y poner sus huevos. Algunas de ellas son las fabáceas, los cordoncillos frondosos de hojas ovaladas, el Maní Forrajero con pequeñas flores amarillas y los bambúes delgados.
Bajo la atenta mirada del biólogo Andrés Orellana, las Morpho Helenor descienden desde el techo en forma de arco. Con un movimiento pausado y grácil se posan en las hojas de una fabácea, extienden sus alas para recibir el calor de la mañana, el azul eléctrico que las caracteriza brilla aún más.

Algunas Heliconias juguetean entre las enredaderas de pasiflora, aunque son pequeñas, su color negro aterciopelado con franjas rojo carmín las hace destacar. Tanto las Morpho de alas azuladas como las Heliconias son las especies que predominan en el lugar.
Las Eryphanis de alas violeta se encuentran en menor cantidad, escondidas entre las sombras de los Cordoncillos. Por el contrario, las Papilio sobrevuelan alrededor de los visitantes, con la elegancia de un vals en el aire. Son vistosas debido a las franjas amarillas que las atraviesan de lado a lado y a los pequeños lunares en forma de media luna. Una de ellas se acerca al biólogo, como quien saluda a un viejo amigo.
De modo idéntico, una mariposa Caligo de gran tamaño rompe toda distancia para posarse, sin prisa, pero con confianza, en su hombro. Andrés Orellana sonríe con la serenidad de quien ha dedicado gran parte de su vida a comprenderlas. Con la mariposa bien sujeta a su camisa verde, camina unos pasos hacia la zona más resguardada del recinto, allí se encuentra un módulo de madera fabricado en tonos cálidos y dividido en varios compartimientos.
Su principal función es ser criadero de orugas e incubadora de pupas. En la parte superior, pequeñas estructuras de soporte ofrecen un área de suspensión ideal para que las orugas se cuelguen, cuando inicien su pupación. En la base, se encuentran varias filas de botellas de agua, a manera de floreros improvisados, para sostener las ramas frescas con larvas en diferentes fases de crecimiento.
—Andrés, mira aquella Caligo, no se ha despegado de la puerta —le informa Elsie Acuña entre risas, señala a una mariposa cuyas alas presentan dos grandes ícelos circulares de color negro que resaltan sobre un intenso marrón. —Creo que no quiere dejar a sus amigas solas.
Posada en la malla fina del pequeño criadero artesanal, busca la sombra para observar en silencio a las larvas de su misma especie que se retuercen en el interior, las pupas blanquecinas de Morpho Helenor y algunas crisálidas.
El punto de partida es igual para todos

Elsie Acuña se encarga todas las mañanas de cambiarle las ramas y hojas a las larvas. (Foto: Tulia Buriticá)
Actualmente hay un aproximado de 14 especies en el mariposario, de las cuales 10 son orugas que fueron retiradas de las plantas para criarlas dentro del módulo de madera. Aunque cada una presenta características distintivas a nivel fisiológico y conductual, el ciclo es el mismo para todas: inicia con un huevo dejado en la hoja de una planta hospedadora.
El biólogo Andrés Orellana se acomoda sus lentes y se acerca pausadamente hasta un delgado bambú, sembrado en uno de los costados. La Caligo decidió volar hasta la visera de su gorra azul, camina por el borde, cierra sus alas y se queda bien fija como si se tratara de un prendedor.
Andrés Orellana con una mano toma una de las hojas alargadas, cuyos bordes ovalados han sido mordisqueados por las orugas. En la superficie se observan diminutas esferas translúcidas que relucen bajo los rayos del sol, semejantes al rocío de la lluvia.
—Estos son los huevos de la Morpho Helenor, sé que están fértiles porque presentan esta especie de media esfera y en la corona se forma un anillo pequeño de puntos oscuros. —Explicó con voz pausada. —En cambio las Papilio, dejan los huevos como si fueran cordoncillos, es una especie que tiene poco tiempo aquí, pero se crían solitas, yo no las toco.
El santuario que hoy resguarda a estos hermosos insectos no siempre existió, antes del 2020 era tan solo un sueño compartido por Andrés Orellana y Elsie Acuña de poder promover el interés por el estudio de las mariposas.
La larva y el deseo de crecer
Todas las larvas sin distinción comen como si no hubiera un mañana porque, de alguna manera, para ellas no lo hay, la metamorfosis es un proceso profundo de desintegración y reconfiguración total.
—Las larvas de Caligo son las de mayor apetito, comen tanto como el ganado —afirma la ingeniera Acuña con tono bromista, entre sus manos lleva una bandeja plástica transparente repleta de ramas y hojas frescas, una oruga delgada y con curvas asciende por su brazo.
—Definitivamente, son un ganado de cabritos, arrasan con todo a su paso. Por eso no las podemos dejar sueltas —añade el biólogo con el ceño fruncido. Aunque las orugas son insectos pequeños, devoran el follaje sin tregua hasta saciarse por completo.
Al no tratarse de vegetación de vivero comercial, sino de especies de plantas silvestres del bosque, su reproducción requiere de tiempo y paciencia, permitirles comer ilimitadamente por el jardín sería riesgoso para su sostenibilidad.
A lo largo de los distintos estadios larvales, su apetito desmedido tiene una justificación: deben acumular energía y nutrientes para las mudas constantes. De verde brillante pasan a un marrón opaco, su estructura aumenta y se vuelve curveada, todo su cuerpo se prepara para transformarse.
El anhelo de crecer fue el que dio vida al sueño de Andrés Orellana y Elsie Acuña: crear el primer mariposario del occidente venezolano y el segundo del país. La idea de levantarlo flotaba apaciblemente entre las conversaciones de los investigadores desde hacía tiempo, pero no contaban con los recursos para poderla materializar.
Durante las vacaciones del 2020, parte del techo del invernadero que albergaba a más de 400 especies de orquídeas colapsó, debido a la acumulación de cientos de litros de agua de una lluvia torrencial. Poco después sobrevino el confinamiento por la pandemia, el espacio quedó abandonado.
No obstante, el personal del Jardín Botánico de la UNET se negó a dar el lugar por perdido. Se abrieron paso entre la maleza para cortar los hierros retorcidos, rescataron las orquídeas sobrevivientes y despejaron el terreno. Con la mitad del espacio libre, la suerte jugó a favor de la transformación: recibieron una donación de un rollo de malla polisombra.
—Andrés arranquemos con lo que tengamos —le propuso en su momento Elsie Acuña.
Con el material disponible y un profundo deseo de transformar las ruinas en el mariposario de sus sueños, iniciaron con los trabajos. Utilizaron la estructura de malla de ciclón como base, cortaron unos trozos de bambú y los fijaron con concreto, para sostener la polisombra a 3,5 metros de altura.
Al principio, el reto fue titánico, las plantas hospedadoras recién sembradas no estaban del todo establecidas y las primeras orugas las devoraban antes de que pudieran echar raíces. Probaron diversos métodos de crianza con diferentes especies de follajes. Incluso, Andrés Orellana decidió cultivar en su casa Maní Forrajero, para lograr proveer hasta que el proyecto agarrara impulso.
Un proceso de transformación silenciosa

Rastrear el paso ligero e imperceptible de las mariposas, en el bosque húmedo que rodea al Jardín Botánico Parque Natural Paramillo, no es una tarea sencilla. Exige afinar la mirada, para seguir los destellos de colores cuya trayectoria puede cambiar de repente.
—Uno debe entrenar el ojo —puntualizó el biólogo mientras examinaba el envés de una rama de Cordoncillo —. Logras conseguir la oruga porque el daño que le hace a la planta no es cualquier cosa, dejan patrones de foliación que nos permiten encontrarlas. Gracias a estos hallazgos se nutre el mariposario.
Al localizar una larva, no la extraen de inmediato, primero identifican la especie vegetal donde se alimenta, para poder evaluar si es posible reproducirla dentro del invernadero. Una vez que la planta hospedadora crece vigorosa, se captura una hembra adulta del bosque para liberarla dentro y determinar la viabilidad de su crianza en cautiverio.
Algunas especies, como la Morpho Theseus, no se adaptan al ambiente del mariposario porque están acostumbradas a volar a gran altura. En cambio, otras como la Caligo, se ajustan con éxito al entorno, lo cual les permite a los miembros del equipo presenciar de cerca el ciclo completo de la metamorfosis, en especial la eclosión de la crisálida.
Alrededor de 48 horas antes de eclosionar, la cubierta de la crisálida se torna traslúcida y blanquecina, las primeras chispas de color de las alas se transparentan. Para el biólogo Andrés Orellana y Elsie Acuña es la señal inequívoca de que la transformación silenciosa ha concluido y el organismo está a punto de caramelo para romper la cubierta y volar.
El adulto en pleno vuelo
Los cuidadores caminan ágilmente por los estrechos pasillos, la gravilla cruje bajo sus pies. Se acercan a la mesa de madera donde se encuentra un gran plato hondo con frutas maduradas. Aunque cierto tipo de mariposas se alimentan del néctar de las flores, otras prefieren el dulzor de las frutas fermentadas. Posadas sobre un plátano maduro, dos Caligo comen tranquilamente, un aroma meloso inunda el lugar.
En un rinconcito revolotean pequeñas mariposas silvestres de alas blancas con bordes cafés, fueron traídas por los niños durante el plan vacacional. Más allá de la investigación, el mariposario es una herramienta valiosa para lograr la reconexión de la sociedad con la naturaleza, desmitificar creencias populares y combatir la lepidopterofobia.
Algunas personas les temen porque en la cultura popular a estos insectos pacíficos se les atribuyen presagios de enfermedad o luto. Elsie Acuña todavía recuerda con asombro la visita de una señora que se negaba rotundamente a cruzar la doble puerta, porque asoció el fallecimiento de su esposo con una mariposa posada en la ventada de su cocina, cargó al insecto de un peso emocional por una coincidencia.
De la misma forma, algunos niños sollozan en la puerta temerosos de entrar cuando los visitan. El biólogo Andrés Orellana, con ayuda de la ingeniera Acuña, suele ayudarlos a superar sus miedos, al acercarles una oruga o una mariposa adulta para que se familiaricen. En la mayoría de los casos, la frustración inicial se convierte en fascinación, al descubrir en la mariposa un ser inofensivo.
—Hay una creencia popular que debemos cambiar en la gente, a veces sentimos que en Venezuela no se valora lo suficiente la importancia de las mariposas —reflexionó la ingeniera Acuña —Ellas son criaturas pacíficas, encargadas de polinizar las flores y garantizar el equilibrio del bosque. Este espacio existe para demostrar que no se les debe de temer porque su presencia es una señal de vida.
Con cada sonrisa brillante de los niños, al contemplar el grácil movimiento de ligeros aleteos dados por las Morpho Helenor y los correteos de las Heliconias sobre sus cabezas, Andrés Orellana y Elsie Acuña sienten que su esfuerzo ha valido la pena, su proyecto soñado logró volar.
De vuelta al inicio

El tiempo en el interior del santuario no transcurre de la misma forma para todos los lepidópteros. La longevidad depende de factores como la genética de la especie y las batallas cotidianas contra el entorno. Mientras las Morpho Helenor pueden vivir entre 3 semanas a 1 mes, las Caligo pueden durar hasta 5 meses.
—Una medida indirecta de la vejez es la condición de sus alas —destaca el profesor Andrés Orellana, se acerca despacio hasta los Cordoncillos donde las Eryphanis se esconden. —Las mariposas eclosionadas son brillantes, en cambio, las adultas tienen sus alas más desgastadas, golpeadas o deshilachadas. Han pasado por más experiencias en la vida y eso se les nota.
Con sumo cuidado sostiene entre sus dedos pulgar e índice una hembra de Eryphanis, cuyas alas moradas están completamente desescamadas con un desgaste natural en las puntas. Cada rasgadura es la huella de su historia, un recordatorio sutil de que ha cumplido con su ciclo vital. Este desgaste no solo les ocurre a los insectos, la misma infraestructura también resiente el paso del tiempo.
A diario, grupos de hasta treinta niños en compañía de sus profesores y representantes visitan el lugar, se aprietan entre las macetas, tropiezan con las plantas hospedadoras, una situación que pone a prueba los límites del pequeño refugio.
—Deseamos conseguir las donaciones necesarias para nosotros mismos construir un nuevo mariposario y devolverles a las orquídeas su invernadero. —enfatiza Acuña con un tono de voz cargado de ilusión, sus ojos recorren el lugar —Lo ideal sería contar con un espacio de doscientos metros, una jaula de cría con todas las de la ley, como es el mariposario de Colombia.
Al igual que la Eryphanis, el mariposario aún conserva sus destellos coloridos, se sostiene a pesar de las limitaciones gracias al empeño constante de Andrés Orellana, Elsie Acuña y todo el equipo del Jardín Botánico. En agradecimiento, cada mañana las mariposas salen de sus escondites, revolotean a su alrededor y se detienen en sus hombros como quien saluda a un viejo amigo, para recordarles que, en ese rincón de la UNET, todo inicio pequeño puede transformarse en un vuelo extraordinario.












