Odisea de los venezolanos que atraviesan Colombia a pie

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Son días enteros caminando, nunca antes lo habían tenido que hacer porque hasta hace cuatro años vivían bien en su país. Muchos de ellos son profesionales que dejaron atrás sus empleos porque el salario de todo el mes no les alcanzaba ni para una sola buena comida.

Muchos, como Jorge Paz, llegaron a Cúcuta con $20.000 en el bolsillo, los ahorros de toda la vida en Venezuela.

“Maduro nos puso a elegir entre dormir bajo un techo o comer; estudiar o comer; tener ropa o comer; enfermarse o comer; tener una familia unida o comer”, dijo varios meses después de hacer la travesía que le permitió llegar a Medellín.

Caminó y caminó, paraba pocos minutos para recuperar el aliento y seguir andando. Quizás algún camión paraba y le daba un aventón y desde ahí seguía su trayecto.

El páramo de Berlín
El punto más difícil es el páramo de Berlín, que es paso obligado para llegar de Cúcuta a Bucaramanga (ver gráfico), y la situación allí ha ido empeorando en los últimos días, desde que el Gobierno de Nicolás Maduro dijo que hoy empezarían a regir las nuevas medidas económicas. Como siempre, cada nueva normativa se traduce en más hambre, dicen quienes por estos días atraviesan la frontera.

La familia Rico ayudaba con comida y mercado a los venezolanos que llegaban a Bucaramanga, hasta que un conocido les dijo que el verdadero drama se daba en el páramo de Berlín, corregimiento de Tona (Santander).

“Empezamos a subir hace como un mes, pero lo que hemos visto es impresionante: mujeres embarazadas y niños pequeños, que emprenden una travesía de cinco días caminando para llegar a Bucaramanga, muchos vienen a pie desde sus estados en Venezuela hasta San Antonio del Táchira”, cuenta Daniel Mauricio Rico.

Lo más grave es que como llegan a Colombia con tan poco dinero no tienen alimentos y la ropa con la que vienen desde su país es para clima templado o cálido y las temperaturas bajo cero grados centígrados que se registran en Berlín los dejan al borde de la hipotermia.

“Los habitantes hablan de varios muertos, pero las autoridades no los registran. En el páramo no hay presencia de ninguna institución, únicamente están y ayudan los soldados”, comentó Rico.

Juan Camilo Ortiz, un santandereano que se dio a la tarea de socorrer a los venezolanos que hacen el trayecto, aseguró que los campesinos hablan de una mujer embaraza que murió de hipotermia en el páramo.

Ayer estuvo en Berlín, y vio cerca de 60 venezolanos haciendo el recorrido, entre ellos ocho mujeres, a veces ha contado hasta 400 personas.

“Ellos hablan de las difíciles situaciones que se viven en su país, de cómo con el salario mínimo mensual solo alcanzan a comprar una libra de queso”, narra Ortiz.

Oficialmente, desde el 10 de febrero pasado funciona un puesto de control migratorio en ese corregimiento, pero en realidad, cuando está activo, busca brindar información a las personas, más que verificar la legalidad del migrante. “¿Qué se gana uno deteniendo al ilegal para devolverlo a morir de hambre en su país?”, explicó un funcionario de la Gobernación de Santander, que pidió reserva de su identidad. Sin embargo, ni Ortiz ni Rico han visto ese puesto funcionando.

Desde Migración Colombia explicaron que los venezolanos que emprenden este viaje pueden tardar hasta un mes en llegar a Rumichaca, frontera con Ecuador, y en las carreteras pueden encontrar con la ayuda humanitaria de la Cruz Roja, que les entrega un kit de aseo, agua y mantas y les prestan primeros auxilios, porque muchos llegan con heridas graves en los pies de tanto caminar.

En cuanto a la legalidad de la migración, esa entidad explicó que cuando hay irregularidades inicia la actuación administrativa, que puede acarrear sanción de tipo económico o deportación, el problema es que cuando se deporta a un extranjero para volver al país tiene que hacerlo con pasaporte y con visa, lo que es imposible en el contexto venezolano, por lo que Migración creó la figura de retorno voluntario.

Solidaridad: la salvación
Como los Rico y los Ortiz, son varias las familias que tratan de ayudar a los venezolanos caídos en desgracia en tierra ajena. Algunos hacen canelazos para que el calor los ayude a recorrer los 23 kilómetros de montaña que les falta o los 58 kilómetros hasta Bucaramanga, por lo menos 16 horas más de recorrido a pie.

Pese a las dificultades, la solidaridad de los colombianos ha sido vital para sobrevivir. “Acá he comido todo lo que me faltó comer en Venezuela”, celebra una de las mujeres que atraviesa la montaña.

Los amigos de Miguel Rodrigo Serna, otro venezolano que llegó a Medellín, pasaron por la odisea. “Se vinieron once compañeros caminando desde mi país, la motivación principal eran sus familias, era como un sentido de supervivencia. Algunos se quedaron trabajando en sitios donde iban pasando, porque las personas se conmueven al ver algo así. Algunos cruzaron todo el país hasta llegar a Perú y otros lograron quedarse en Colombia”.

Sin embargo, todo tiene un límite, en Bucaramanga, según las autoridades y organismos de control locales, una de las razones del incremento en los casos de hurto a personas (29 %), residencias (20 %) y comercio (11 %) es la situación migratoria y por esta razón decidieron reforzar operativos de control a migrantes en vías y escenarios públicos.

Olga Rendón / ElColombiano