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Inicio/Nacional/De Paria a Falcón: coletazo de marea de sargazo en Caribe amenaza pesca y biodiversidad

Nacional
De Paria a Falcón: coletazo de marea de sargazo en Caribe amenaza pesca y biodiversidad

viernes 19 junio, 2026

De Paria a Falcón: coletazo de marea de sargazo en Caribe amenaza pesca y biodiversidad

El inicio de la temporada de huracanes, la intensificación de los vientos y el cambio en las corrientes amenazan con arrastrar el sargazo hacia el sur, pudiendo registrarse los picos más severos entre los meses de junio, julio y agosto en las costas venezolanas, advierten los ambientalistas, que encuentran la razón del crecimiento desmedido de esta alga en la combinación de factores asociados a la crisis climática y a la actividad humana

Las mareas marrones vuelven a encender las alarmas ambientales en los países del Caribe. Actualmente, Venezuela se encuentra categorizada en un nivel de riesgo medio, bajo la advertencia de que hasta 75% de la línea costera del Golfo de Paria pueda terminar inundada por parches de sargazo. Aunque en mar abierto esta alga parda funciona como un refugio que ofrece nutrientes a diversas especies marinas, su llegada masiva a las costas del continente ya está provocando graves pérdidas ambientales y ahogando a las economías locales que dependen del turismo y la pesca. 

Cuando el sargazo se acumula en las orillas desproporcionadamente, bloquea el paso de la luz solar y genera en el agua lo que se conoce como zonas hipóxicas, es decir, sin oxígeno, provocando la asfixia de peces, corales y otras especies marinas, desde moluscos hasta cangrejos y erizos de mar. Incluso llegan a impedir que las tortugas marinas excaven nidos o que las crías queden atrapadas al momento de salir de los huevos.

Además, al descomponerse, libera sustancias tóxicas como sulfuro de hidrógeno y amoníaco, lo que genera un problema de contaminación atmosférica debido a los gases y malos olores.

La emergencia en el oriente venezolano entró en una fase más compleja tras una reciente exploración en el terreno. El Instituto Oceanográfico de Venezuela y la Universidad de Oriente (UDO), a través de una inspección solicitada por el Centro Nacional de Investigación de Pesca y Acuicultura (Cenipa), determinaron que el sargazo no solo está tocando las playas, sino que algunos fragmentos del alga se encuentran parcialmente impregnados de crudo, una consecuencia directa del reciente derrame petrolero proveniente de Trinidad y Tobago.

«Desde el pasado 18 de mayo, toda la costa este de la isla de Trinidad se ha mantenido en riesgo máximo de inundación de sargazo (100%), mientras que el Golfo de Paria y la costa norte de la Península de Paria presentan un nivel de riesgo medio», detalla un informe técnico elaborado por Jorge Barrios Montilla, profesor e investigador en ficología marina, la rama de la biología dedicada al estudio de las algas.

El especialista aclara que este nivel implica que al menos la mitad o hasta tres cuartas partes de la costa de esa región podrían verse inundadas por parches flotantes.

El documento recoge que, si bien este fenómeno se ha registrado formalmente en el Golfo de Paria desde el año 2022, alcanzó sus máximos históricos durante 2025. El impacto actual preocupa especialmente a los científicos debido a que esta región del oriente venezolano «reviste una importancia biológica particular como zona pesquera clave y como área de desove para varias especies de tortugas marinas».

El pasado 20 de mayo, la ciudad de Güiria, en el estado Sucre, registró un arribo «significativo» de sargazo pelágico, lo que obligó a las autoridades regionales a convocar una evaluación técnica de emergencia.

Pero el oriente del país no es la única zona bajo amenaza.

El monitoreo satelital más reciente de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), correspondiente al 17 de junio y basado en el Índice de Algas Flotantes de la Universidad del Sur de Florida, muestra un escenario desigual. Mientras la costa central del país, incluida La Guaira, permanece en riesgo bajo, la costa oriental del estado Falcón aparece bajo alerta moderada, con puntos de riesgo medio. El Golfo de Paria, por su parte, continúa siendo la zona más vulnerable.

Pero más allá de los mapas y las imágenes satelitales, la crisis ya se vive en las comunidades costeras de Sucre. El informe técnico del profesor Barrios Montilla recoge lo observado en Playa Pescadores y Playa Guayabita, en Güiria:

«Pudimos constatar que la mayor parte del sargazo pelágico ya había sido arrojado a la orilla durante los días 20 y 21 de mayo. Se observaron algunos peces muertos entremezclados con el alga arribada; los pescadores locales comentaron que los peces que quedan atrapados y conservan su movilidad son colectados por los pobladores a tempranas horas del día para su consumo».

El problema es que el sargazo funciona como una especie de esponja que puede absorber contaminantes presentes en el océano, incluidos metales pesados como arsénico, cadmio y plomo. Entonces, cuando el alga se descompone en la costa, estos compuestos pueden acumularse en peces, mariscos y moluscos.

La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) ha documentado este riesgo y cita, entre otros casos, el de Martinica, donde se detectaron niveles de arsénico superiores a los recomendados por el Instituto Nacional de Medioambiente y Riesgos Industriales para el consumo humano en moluscos provenientes de zonas afectadas por arribazones masivas. «Esto podría ser potencialmente perjudicial para las personas que consumen mariscos con regularidad». 

Pero los efectos no sólo se quedan allí. También se ha advertido que el contacto prolongado con los gases que libera el sargazo puede provocar dolores de cabeza, mareos, náuseas e irritación en ojos, nariz, garganta y pulmones. En algunos contextos, los efectos pueden ser lo suficientemente graves como para aumentar la tasa de hospitalizaciones.

Playa en Güiria en mayo de 2026. Fotografía proporcionada por el profesor Jorge Barrios, del Instituto Oceanográfico de Venezuela. Fue tomada durante una inspección técnica autorizada por autoridades regionales. 

Pescadores en alerta 

Históricamente, la posición geográfica de Venezuela jugaba a su favor. Por estar en el límite sur del mar Caribe y por la orientación de la corriente, el volumen de sargazo que arribaba a las costas venezolanas era considerablemente menor en comparación con las islas del norte. La propia Agencia Bolivariana para Actividades Espaciales, adscrita al Ministerio para la Ciencia y Tecnología, así lo constató en monitoreos satelitales pasados. 

Sin embargo, los patrones climáticos están cambiando. En los últimos años se han documentado arribazones importantes en el archipiélago Los Testigos, Isla de Aves, en la isla de Margarita e incluso en el norte del estado Falcón, específicamente en la Península de Paraguaná.

Organizaciones como Azul Ambientalista, dirigida por Gustavo Carrasquel, han alertado que el volumen del sargazo en el Atlántico ha alcanzado proporciones inéditas, superando en temporadas recientes las 28 millones de toneladas entre la entrada de ese océano y el Golfo de México.

Con el inicio de la temporada de huracanes, la intensificación de los vientos y el cambio en las corrientes amenazan con arrastrar estas masas de forma constante hacia el sur de la región, pudiendo registrarse los picos más severos entre los meses de junio, julio y agosto en las costas venezolanas, que precisamente atraviesa ya el período de ondas tropicales. 

«Este año, al haber más volumen, basta una combinación de vientos y mareas para que el sargazo sea arrastrado hacia las costas venezolanas. Siempre llega algo, sobre todo al oriente del país, pero ahora la cantidad es mucho mayor y puede alcanzar las tres regiones costeras de Venezuela», advierte Carrasquel. 

Las consecuencias ya son visibles en otros países caribeños. En República Dominicana, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha alertado que las arribazones masivas están afectando el bolsillo de numerosas familias, obligando a algunas personas a considerar nuevas oportunidades lejos de sus comunidades. 

Para los pescadores venezolanos, el problema aún no es de tal envergadura, pero en el futuro su impacto no se limitaría únicamente a la pérdida de biodiversidad.

La EPA advierte que el exceso de sargazo en la superficie del mar enreda las redes de pesca, dificulta la navegación y reduce el acceso a zonas tradicionalmente productivas. Además, altera el comportamiento de los peces, «lo que dificulta el hallazgo y la pesca de especies objetivo y se traduce en menos días en el mar y menos ganancias».

Lo complejo aquí es que el mismo fenómeno que afecta directamente a quienes viven del mar tiene su origen, en buena parte, en actividades que ocurren en tierra.

El crecimiento desmedido del sargazo no es un accidente natural, sino el resultado de una combinación de factores asociados a la crisis climática y a la actividad humana. El aumento de la temperatura de los océanos crea condiciones para su proliferación, mientras que las descargas de aguas residuales, los fertilizantes agrícolas y otros contaminantes aportan un exceso de nutrientes que hacen más rápido su crecimiento.

En Venezuela, la responsabilidad de este fenómeno se atribuye también, aunque sin medida determinada, al río Orinoco, pues siendo tercer río más caudaloso del mundo, con un volumen promedio de 33.000 metros cúbicos por segundo, al desembocar en el Atlántico, vierte toneladas de lodo y efluentes cargados de nutrientes. El problema es que las corrientes oceánicas, hoy alteradas por el propio cambio climático, terminan arrastrando todos estos residuos de vuelta hacia el mar Caribe. 

Así, las consecuencias de este desbalance alimentan entonces un puente vivo de miles de kilómetros de sargazo que termina inundando las playas venezolanas, haciendo que lo que comenzó en el océano se convierta en una vegetación invasora en las orillas que aleja al turismo, destruye la economía local y atrapa a los pueblos costeros en una crisis donde el daño ambiental se traduce en un peligro real para su salud y, al mismo tiempo, para la subsistencia de las comunidades.

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