Opinión
El Estado que no fue: Cuando Cúcuta, San Antonio y San Cristóbal quisieron ser una sola Provincia
lunes 4 mayo, 2026
German Alexis Balza Medina
En la penumbra de los archivos, allí donde el papel amarillento custodia los secretos de nuestra formación, reposa un eco de 1825 que parece haber sido escrito para los retos que enfrentamos hoy. Mientras la Gran Colombia intentaba consolidar su arquitectura política tras el fragor de las batallas de independencia, los cabildantes de la Villa de San José de Cúcuta lanzaron una propuesta que, de haberse concretado, habría alterado para siempre la cartografía de nuestros afectos y nuestra economía: La creación de una provincia autónoma e integrada para los pueblos de la frontera.
El 5 de septiembre de 1825, bajo la égida de los alcaldes Manuel Emidio Díaz y Juan Nepomuceno Molina, el Ayuntamiento cucuteño sesionó con una claridad meridiana. La propuesta no era un arrebato de expansionismo territorial, sino un acto de pragmatismo vital. Buscaban unir formalmente a los cantones de San Cristóbal, San Antonio, Rosario, San José y Salazar, junto a las parroquias de Bochalema y Chinácota.
¿La razón? Una lucha contra la asfixia administrativa. Para aquel entonces, las decisiones vitales para nuestros valles se tomaban en las lejanas capitales de Mérida y Pamplona. Los cabildantes argumentaban que la “cercanía geográfica” era el motor natural del progreso, un vínculo que las burocracias distantes no podían ni entender ni garantizar. Era, en esencia, el primer grito por una descentralización fronteriza.
Manuel Valero de Arismendi: El arquitecto de la hermandad
Para llevar a cabo esta misión, el Cabildo designó a un hombre cuya figura merece ser rescatada del olvido: Manuel Valero de Arismendi. Su nombramiento no fue el de un simple mensajero, sino el de un “arquitecto social”. Su tarea en San Cristóbal y San Antonio fue la de portar “credenciales de hermandad”, buscando convencer a los vecinos de que la unión administrativa era la llave para destrabar las dificultades cotidianas del comercio y la justicia.
Arismendi encarnaba la diplomacia de los valles. Su instrucción era clara: demostrar que esta “reunión en Provincia” no se oponía a las leyes de la nación, sino que las fortalecía al dotar a la frontera de una estructura capaz de gestionar su propia prosperidad.
Cantones de la Propuesta de 1825:
*San Antonio del Táchira: Eje logístico y comercial de la frontera.
*San Cristóbal: Centro administrativo y vínculo con el interior andino.
*Cúcuta: Motor político y promotor de la iniciativa.
*Villa del Rosario: Sede histórica y simbólica de la República.
El rescate de 1935 y el “Gentilicio Primado”
Resulta fascinante que este documento fuera rescatado por la prensa en abril de 1935. En aquel entonces, al igual que ahora, recordar este intento de integración servía para reafirmar que la “región fronteriza” no es una invención moderna ni un experimento de sociólogos de escritorio.
Para nosotros, los herederos de esta tierra, el hallazgo tiene un significado profundo: El Gentilicio Primado se forjó en estos intentos de unidad. En 1825, San Antonio del Táchira no era visto como el final de un mapa o el borde de una nación; era visualizado como el corazón palpitante de una entidad nueva que integraba lo mejor de ambos valles.
Este artículo de 1825 nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad. Si hace dos siglos nuestros antepasados ya entendían que la prosperidad de San Cristóbal estaba indisolublemente ligada a la de Cúcuta y San Antonio, ¿por qué hoy nos cuesta tanto ver la frontera como lo que siempre fue: un espacio de encuentro y no de separación?
La historia de esta provincia que no llegó a nacer nos deja una lección de vigencia absoluta: La geografía siempre termina imponiéndose sobre la política. Somos una sola región, unida por el río Táchira y por una voluntad de progreso que, desde 1825, sigue esperando su plena realización.










