Opinión
El hincha también pierde
lunes 27 julio, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
El fanatismo deportivo tiene una virtud incómoda: Revela hasta qué punto el individuo puede apropiarse de una victoria que no conquistó y de una derrota que no sufrió en el campo. España venció a Argentina 1-0 en la final del Mundial, pero el verdadero espectáculo comenzó después del pitazo final.
Los jugadores españoles celebraron el resultado de una actividad concreta. Corrieron, disputaron el balón, obedecieron una estrategia y transformaron una ocasión en gol. Su alegría tenía una causa material inmediata: Habían derrotado a un adversario dentro de unas reglas aceptadas por ambos. Los argentinos, en cambio, reaccionaron con frustración, lágrimas y silencio. No perdieron una abstracción. Perdieron un partido que habían preparado durante años y cuya responsabilidad no podían transferir completamente al árbitro, al destino o a alguna conspiración internacional.
Los fanáticos se movieron en otro terreno.
Para buena parte de los seguidores españoles, la victoria fue rápidamente convertida en una afirmación nacional. No ganó solamente un equipo: “Ganó España”. El pronombre hizo su trabajo. Millones de personas que no tocaron el balón se sintieron protagonistas de una superioridad colectiva. La celebración, legítima mientras conserva sus proporciones, derivó en algunos casos hacia la burla, la arrogancia y esa curiosa convicción de que un gol demuestra la excelencia histórica de una nación.
Entre los argentinos, ocurrió el movimiento contrario. La derrota exigía una explicación que protegiera la identidad colectiva. Aparecieron entonces el árbitro, la mala suerte, el planteamiento táctico, el jugador que falló y hasta el viejo repertorio de agravios contra Europa. El aficionado fanático rara vez acepta que su equipo perdió simplemente porque el rival jugó mejor o aprovechó mejor una oportunidad. Necesita que la derrota sea injusta, porque aceptar su normalidad sería reconocer que el adversario también posee virtudes.
La diferencia entre jugadores y fanáticos resulta reveladora. Los primeros, aun bajo el peso de la derrota, suelen saludarse, intercambiar camisetas y reconocer al vencedor. Saben que la competencia exige adversarios y que sin ellos no existiría el triunfo. El fanático, en cambio, puede convertir al rival en enemigo moral. Ya no ve a once jugadores, sino a una nación entera que debe ser despreciada.
El deporte es una confrontación reglada entre capacidades físicas, técnicas y estratégicas. El fanatismo comienza cuando esa confrontación se transforma en una guerra imaginaria de pueblos, razas, historias y orgullos nacionales.
Quizá por eso los jugadores suelen abandonar antes el estadio que algunos aficionados. Ellos saben que el partido terminó. El fanático, no siempre.











