Opinión
El primer salón de pintura en La Grita
miércoles 14 octubre, 2026
Néstor Melani Orozco *
Era 17 de octubre –aún en cada recuerdo- como de los lienzos apareciendo; las albas, cuando de arenas del río nos aprendimos el himno más grande de América, por qué más adentro de un verso queríamos ser pintores entre las delicias de largas noches con pigmentos de tierra y muchos libros revestidos de imágenes solariegas de maestros en estancias con el albor de un poema. De libros viejos para creer en los delirios con óleos, esencias y temperas. Aún este amanecer lo recuerdo detrás de los retratos qué se quedaron entre la carpa Militar en la Plaza de Bolívar y nuestra primera exposición como un salón de los sueños de un agosto con peregrinos buscando saber de un Cristo muy viejo.
Entre los versos de Hugo Colmenares queriendo reventar el tiempo y José Ignacio Zambrano vestido aún de monaguillo. Donde Pepe Camargo se conocía los imaginarios y describía con originalidades el inmenso valor de un verdadero dibujante. Mientras Eduardo Rey casi de seminarista y Hugo Rangel deseando parecerse a un “Che Guevara”. De una fiesta patronal donde Carlos García dibujaba los secretos y Macario Sandoval se convertía en pintor, más libre que los mundos con colores y gritos. Yo entendía las edades y vivía mis relatos detrás de los espejos donde me aprendía el clamor de los violetas, porqué Marisol Duque creaba ensueños y contaba las gotas de las lluvias con matices inmensos. Era debajo de aquella carpa un homenaje a Ana Mireya de Baptista, la hija de la Poetisa Isaura. Entonces, allí se abría “El Primer Salón de los pintores de La Grita” bajo los dones clásicos y rebeldes de Pepe Melani. Era 1968. Ya Miguel Morelani había iniciado de hacía años la conjugación de un Museo para aquella ciudad que en las tardes se escondía entre los mantos de la niebla y en cada noche desde las serenatas aparecían en el azul Prusia del cielo millones de estrellas. Desde cada momento, de allí, vinieron los cambios y desde las glándulas del Padre Vicario y el valor de los señores amos se creó la Fundación del Liceo del Pueblo con la idea para ayudar a los jóvenes qué no podían ingresar al Liceo Militar. Y entre tantos mentores, políticos y educadores Pedro Soto Ortiz asumió ser el regente y en el hermoso claustro neogótico francés de lo que fue “El Seminario Kermaria” se fundó un nuevo y cuarto Liceo, con el nombre de Félix Román Duque, pues las huellas del Institiru Civil venían contando las edades de un Padre Edmundo Vivas y desde el colegio de Monseñor Jáuregui al nuevo de 1969. Y de cada sentir de las promesas: la capilla Eudista con un impresionante altar, realizado al fresco de mi padre desde 1935. Entre lecciones y docentes un día se gestó la idea del Profesor y matemático Mario Rodríguez de hacer un “Concurso de Dibujo y Pintura”. Y en una convocatoria del nuevo Liceo, se iniciaba el Primer Salón a las Artes Grítense, entre las figuras de Jesús Orozco como leyendas místicas y desde las voces de Rolando Méndez entre la ilusión por la pintura, cuando ya Víctor Gustavo Diaz, parlaba las metáforas de dibujar. Y Domingo Moreno Natera diseñaba caballeros gigantes en cuadernos hermosos. De Homero Parra donde se escapaba de las filas del Militar para ser aliado de los dibujantes.
Y en el viejo Club Gran Mariscal de Ayacucho se realizó el Primer Concurso, donde fuimos para encontrarnos con los retos de ilustraciones y de paisajes bucólicos entre un jurado venido de la dichosa Escuela de Bellas Artes, que fundó Elbano Méndez Osuna de aquella San Cristóbal. Era como el Primer aprendizaje cuando desde los llantos ya Tulio Sardi vivía en Roma y Raúl Sánchez ya se había establecido en Florencia y nosotros noveles aprendices admiramos las noticias como Hugo Baptista había representado a Venezuela en la Bienal de Venecia. Mientras más adentro de una guitarra, en el atrio de la catedral donde se hablaba de una revolución como cercanos a los movimientos sociales desde el Mayo Francés hasta el movimiento Hippie y de las poesías de Neruda traídas por el actor, creador y poeta José Laurencio Zambrano. Y de aprendernos a César Vallejo con los rostros del alma y los cantos adolescentes. Muy después en 1971 Pepe Camargo con los dichosos pintores decoraron el primer claustro del Seminario, convertido en el liceo civil con alegorías dedicadas a la patria. Mientras sucediendo Jesús Duque Patiño era testigo de los valores entre la música y la Pintura, más de ver a quién sería mi amigo: Ramón Elías , inocente, hortelano; huyendo de las cadenas de su progenitora a su hermano en los horcones de la vieja casa en Villa Julia. Y de cada plegaria: los dolores de la existencia, donde ya Máximo Labrador se iniciaba dibujando las métricas de un verso y de aleluyas como de un devenir de Federico García Lorca. Más de cada memoria al crearse el Centro Experimental de Arte “Don Pepe Melani” se fundó la Galería Orellana y allí se realizó por Segunda vez un Salón de Pintores, Dibujantes y Escultores. Ya La Grita despertaba para fundar su Casa de La Cultura. Han cruzado los años y en este amanecer vuelvo a saber entender lo que fueron los manifiestos, para pintar con la luna y besar los recuerdos. Y un día de amor viajar por los museos del mundo y encontrar las verdades en los nombres de la dignidad. De los que han valorado los inmensos actos de los artistas… Los que de verdad y amor han cuidado las obras de Arte y han preservado la pureza de cada creador. Años después en Gobierno de Macario Sandoval se le presentó el proyecto de un “Salón de la Pintura Ecológica Nacional”. Y se realizó por más de la cuarta edición donde asistieron artistas de Colombia y Venezuela donde se enalteció en este grito a la naturaleza. Ahora para memorizar aquel Concurso de los tiempos con las raíces quizás al futuro de una “Bienal de La Grita”. ¡Ha pasado la vida!
*Artista Nacional. Maestro Honorario. Cronista de La Grita.












