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Opinión
Entre algoritmos y capotes 

lunes 16 marzo, 2026

Entre algoritmos y capotes 

Antonio Sánchez Alarcón 

En San Cristóbal, cuando enero abre su calendario con la Feria de San Sebastián, el país parece recordar —aunque sea por unos días— que Venezuela alguna vez fue también una geografía de rituales compartidos. Entre ellos, uno particularmente controvertido: las corridas de toros. Un espectáculo antiguo, discutido, a veces condenado con fervor moral, pero que en el Táchira sigue siendo, ante todo, una ceremonia social… y también literaria. 

Porque alrededor del ruedo no solo se ha construido una tradición festiva, sino una tradición de palabras. Las crónicas taurinas —ese género híbrido entre periodismo, narrativa y memoria— han sido durante décadas la manera de fijar en el papel lo que ocurre en la arena. Sin ellas, muchas ferias no serían más que ruido pasajero. 

En tiempos de inteligencia artificial, donde los encuentros humanos empiezan a migrar hacia pantallas y algoritmos que deciden qué vemos, qué pensamos y hasta qué compramos, resulta casi anacrónico observar cómo miles de personas se reúnen todavía alrededor de un ruedo de arena. Allí no hay algoritmo que sustituya el olor del tabaco, el murmullo colectivo antes del paseíllo o la tensión silenciosa cuando el toro embiste. 

Y tampoco hay inteligencia artificial capaz de reproducir del todo la mirada de un cronista taurino. 

Durante años, los periódicos del Táchira y de buena parte del país dedicaban páginas enteras a esas crónicas que no solo describían la faena, sino el ambiente, la emoción del público, la estética del gesto. El toro, el torero y el tendido se convertían en materia narrativa. Era una forma de convertir la fiesta en memoria. 

No se trataba únicamente del resultado de la corrida. Se trataba de contarla. 

Las corridas en el Táchira han sido, durante décadas, un punto de encuentro social: ganaderos, comerciantes, estudiantes, políticos, curiosos y aficionados compartiendo el mismo espacio físico, el mismo sol de la tarde, la misma conversación improvisada en los tendidos. Las crónicas prolongaban esa experiencia más allá de la plaza: al día siguiente, el lector volvía a entrar al ruedo a través de la palabra escrita. 

Hoy el mundo parece avanzar en la dirección contraria. La era digital promete eficiencia, personalización y comodidad. Cada individuo frente a su pantalla, cada preferencia convertida en dato, cada experiencia filtrada por un algoritmo. El resultado es una paradoja silenciosa: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan aislados. 

Frente a esa lógica, la plaza de toros representa algo incómodamente humano: un espacio imperfecto, ruidoso, impredecible. Allí nadie controla del todo lo que ocurre. Ni el toro, ni el torero, ni el público. 

Ni siquiera el cronista. 

Quizá dentro de unas décadas los algoritmos también intenten narrar nuestras fiestas y traducir nuestras emociones en patrones predecibles. No sería extraño. 

Pero mientras en la plaza de Pueblo Nuevo todavía se escuche el murmullo de la multitud antes de que se abra el toril, y mientras alguien intente describir ese instante con palabras, quedará un recordatorio obstinado: que la vida —como la buena crónica— siempre se resiste a ser escrita por una máquina.  

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