Opinión
Hazlo por mí
viernes 11 septiembre, 2026
*Viena Zamudio Valero
¿Cómo aprendimos a delegar?
Al erguirse sobre dos piernas, los primeros homínidos enfrentaron un desafío neurocomputacional de tal magnitud que la selección natural habría favorecido a los cerebros capaces de automatizar el equilibrio. En ese gesto se encuentra la clave de nuestra genealogía cognitiva: la delegación de tareas repetitivas de los centros neurales superiores a los inferiores. Esa transferencia, lejos de constituir un simple ahorro energético, pudo desempeñar un papel decisivo en nuestra evolución cognitiva (Shine & Shine, 2014).
Aquella delegación no quedó confinada al ámbito biológico (neuronal); pronto encontró su prolongación en el exterior (cultural). Buena parte de las tecnologías que reorganizaron la experiencia humana permitieron exteriorizar determinadas capacidades —cognitivas, perceptivas o agentivas— sobre soportes materiales. Así, la escritura inscribió parte de la memoria fuera del sujeto; el reloj reestructuró la vivencia del tiempo; la imprenta transformó las formas de reproducción y circulación del conocimiento; el mapa superpuso al territorio una capa de inteligibilidad que permitió orientar el desplazamiento. En todos esos casos, distintos soportes externos ampliaron las capacidades humanas sin sustituir a quien las ejercía.
Si las tecnologías simbólicas exteriorizaron la representación del mundo, las tecnologías mecánico-reguladoras trasladaron la ejecución de determinadas operaciones. Ya no actuaban únicamente sobre signos, sino también sobre señales físicas; coordinaban procesos y asumían decisiones rutinarias que anteriormente requerían supervisión humana. Semáforos, sistemas de control de vuelo y termostatos fueron incorporándose así a la vida cotidiana hasta operar, en condiciones normales, sin reclamar una atención permanente de quien los utiliza.
Las interfaces digitales llevaron esa invisibilidad al terreno de la interacción y la comunicación. Pequeñas decisiones cotidianas comenzaron a trasladarse hacia superficies digitales cuyas affordances —las posibilidades de acción que ofrecen al usuario— configuraron formas recurrentes de interacción mediante la práctica cotidiana. Lo relevante, sin embargo, es que en esa relación se aprendió cuándo esperar, acelerar, detenerse o interactuar; cómo interpretar la presencia del otro a través de marcadores digitales; y, sobre todo, a confiar en que el sistema podía organizar una parte creciente de la experiencia sin requerir instrucciones explícitas.
Lo que une estas transformaciones no es la naturaleza de los artefactos, sino el principio que las articula: cada innovación desplazó hacia soportes externos determinadas funciones para ampliar la capacidad de acción sin sustituir la agencia del sujeto. En buena parte de esa trayectoria, delegar significó liberar recursos cognitivos mientras la intención, la interpretación y la decisión permanecían principalmente bajo responsabilidad humana. Allí surge la pregunta que realmente importa: no cuánto hemos aprendido a delegar, sino qué estamos dispuestos a dejar de hacer por nosotros mismos.
La incorporación masiva de la inteligencia artificial generativa basada en grandes modelos de lenguaje (LLM) a la vida cotidiana desde 2022 otorgó a la delegación cognitiva una dimensión distinta. Allí se encuentra, a mi juicio el cambio cualitativo: la confianza depositada en los artefactos tecnológicos, que durante siglos había naturalizado la transferencia de determinadas funciones hacia soportes externos, encontró ahora un cambio cualitativo: el sistema dejó de limitarse a extender una capacidad para comenzar a ejecutar parte de las operaciones intelectuales que la preceden. Interpretar, organizar, sintetizar, comparar o redactar dejaron de constituir exclusivamente actividades desarrolladas por quien piensa para convertirse también en procesos susceptibles de ser delegados. La transformación no reside únicamente en la calidad de las respuestas obtenidas, sino en la posibilidad de externalizar una parte del recorrido que conduce a ellas.
Quizá uno de los indicios más reveladores aparezca en el lenguaje. Los verbos que situaban al ser humano como ejecutor de la acción —buscar, calcular, redactar— comenzaron a formularse como imperativos dirigidos al sistema: hazlo, resúmelo, compáralo. El cambio parece gramatical; sin embargo, revela una modificación más profunda.
Pensar ya no implica necesariamente ejecutar todas las operaciones intelectuales involucradas en la construcción del conocimiento; consiste, cada vez más, en decidir cuáles permanecen bajo la propia responsabilidad y cuáles pueden externalizarse. El usuario conserva la intención; el sistema ejecuta parte del proceso. El recorrido intelectual deja de desarrollarse íntegramente en quien formula la pregunta para distribuirse entre el sujeto y el sistema técnico.
En consecuencia, delegar deja de constituir una operación excepcional para normalizarse como práctica ordinaria.
Precisamente allí reside la verdadera novedad: la delegación alcanza ahora parte del recorrido del pensamiento. No se trata únicamente de ejecutar una tarea fuera de nosotros, sino de naturalizar la idea de que parte del proceso intelectual puede desarrollarse en un sistema externo sin que ello se perciba necesariamente como una pérdida de autonomía. Al escribir hazlo por mí, ya no se delega únicamente una tarea; comienza a aceptarse una nueva forma de relación con el conocimiento y con el propio acto de pensar. El desafío más importante ya no consiste en preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué parte del acto de pensar seguimos considerando necesario ejercer por nosotros mismos.
Posdata informativa
Mientras este artículo entraba en edición, un estudio de la Universidad del Sur de California (USC), publicado el 24 de agosto de 2026 en Nature Human Behaviour bajo el título The Shrinking Landscape of Linguistic Diversity in the Age of Large Language Models, reportó, tras analizar más de 880.000 textos, una reducción de entre el 21 % y el 50 % en la variación de la complejidad de la escritura asociada con el uso de grandes modelos de lenguaje como asistentes de escritura. Los autores concluyen que estos sistemas preservan el contenido central de los textos, pero tienden a homogeneizar los estilos y a reducir señales lingüísticas vinculadas con rasgos individuales como la edad, el género o determinadas orientaciones ideológicas; además, detectan una inclinación hacia características lingüísticas dominantes. Un hallazgo que merece una reflexión propia.
*Comunicadora Social. Profesora de la Universidad de Los Andes, Núcleo Táchira.
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