Opinión
La democracia pervertida por D’Hondt
lunes 12 octubre, 2026
La democracia puede pervertirse sin necesidad de alterar un solo voto. Basta con convertir un procedimiento matemático de representación en un instrumento de manipulación política. La operación resulta todavía más respetable cuando se ejecuta en nombre de la pluralidad y la defensa de las minorías.
El método D’Hondt, ideado por el jurista belga Victor D’Hondt en el siglo XIX, distribuye cargos proporcionalmente entre listas electorales. Su funcionamiento es sencillo: los votos de cada lista se dividen sucesivamente entre 1, 2, 3, 4 y así hasta completar los puestos disponibles. Los cocientes se ordenan de mayor a menor y los cargos se adjudican a los valores más altos.
Imaginemos una elección con cinco escaños. El partido A obtiene 45.000 votos; el B, 35.000, y el C, 20.000. Aplicando D’Hondt, A recibe dos escaños, B otros dos y C uno. Una alianza entre B y C puede controlar el parlamento con el 55 % de los votos, desplazando a la primera fuerza electoral.
¿Dónde comienza la perversión?
No en las divisiones, matemáticamente impecables, sino cuando sus resultados se presentan como expresión incuestionable de la voluntad popular.
El método se utiliza también en elecciones de gremios, colegios profesionales y universidades, donde determinados operadores políticos presentan planchas aparentemente distintas que responden a una misma tendencia. No siempre buscan expresar diferencias reales, sino aprovechar las peculiaridades del reglamento electoral y aparentar una pluralidad inexistente.
Conviene precisar que dividir una misma votación entre varias planchas no proporciona, por sí solo, ventajas bajo D’Hondt. Pero la fragmentación política deliberada puede servir para disimular alianzas, negociar cuotas y transformar la representación en un juego de conveniencias.
La perversión consiste precisamente en confundir la legitimidad del cálculo con la legitimidad del poder que de él resulta.
Gustavo Bueno, desde el materialismo filosófico, denunció el *fundamentalismo democrático*. Esa concepción según la cual los procedimientos electorales expresarían automáticamente una supuesta voluntad general. Para Bueno, las mayorías parlamentarias son resultados de relaciones políticas concretas, no manifestaciones de alguna soberanía metafísica.
De allí surge una distinción fundamental: contar votos no equivale necesariamente a representar políticamente a una sociedad.
Cuando la protección de las minorías se convierte en capacidad para condicionar a las mayorías, la representación proporcional puede degenerar en una negociación de cuotas ajena al mandato electoral. La aritmética permanece intacta mientras el sentido político de la representación se desfigura.
Por supuesto, una mayoría relativa no equivale a una mayoría absoluta, ni toda coalición constituye una perversión democrática. Pero tampoco la corrección del procedimiento garantiza por sí misma la legitimidad de sus resultados políticos.
D’Hondt distribuye cargos, no legitimidad. Y cuando la democracia termina subordinada a los artificios de quienes administran sus cocientes, cabe preguntarse si seguimos eligiendo representantes o simplemente proporcionando votos para que otros hagan las cuentas.
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