Opinión
La Tercera Vía, de la Bombilla Eterna al Modelo Nórdico
miércoles 14 octubre, 2026
Feijoo Colomine Durán*
El problema del inicio: La bombilla de Livermore y el nacimiento de la obsolescencia programada
En la Estación de Bomberos #6 de Livermore, California, parpadea una reliquia del ingenio humano a la que le dicen la Bombilla Centenaria. Soplada a mano en 1897 y encendida casi ininterrumpidamente desde 1901 hasta hoy en día, este dispositivo con filamento de carbono ha demostrado que la tecnología puede diseñarse para durar más de un siglo.
Sin embargo, su existencia plantea una incómoda pregunta: ¿Por qué los objetos modernos se rompen o “vencen” tan rápido?
La respuesta no es un fallo de la ingeniería, sino una decisión económica deliberada. En diciembre de 1924, los principales fabricantes mundiales de iluminación se reunieron en Ginebra para formar el Cártel Phoebus. Ante el temor de que las bombillas centenarias saturaran el mercado y redujeran las ventas, acordaron mediante multas a la competencia y rediseños de ingeniería limitar artificialmente la vida útil de los focos a un máximo estricto de 1.000 horas.
Este pacto representa el primer caso documentado de obsolescencia programada a escala global (Krajewski, 2014).
Bajo la lógica del capital tradicional, un producto eterno es un mal negocio. El sistema exige ventas recurrentes para sostener el crecimiento. Si un objeto no se desgasta, el ciclo se detiene. El problema radica en que este modelo de consumo lineal asume una premisa que es imposible en la que vivimos en un planeta con recursos infinitos y una capacidad ilimitada para absorber los desechos de ese consumo. El costo real de este engranaje no se mide en dinero, sino en la devastación ecológica, la minería destructiva y los vertederos tecnológicos dispersos en todo el mundo.
La Trampa ideológica: Izquierda, Derecha y la paradoja del crecimiento
Frente a las crisis sistémicas de la depredación ambiental y la desigualdad, el debate público actual parece entrampado en la dicotomía tradicional de señalar a la izquierda o la derecha. Sin embargo, ambos espectros políticos han operado históricamente bajo la inercia del parque industrial masivo producido sobre la base del consumo globalizado.
Por un lado, las posturas de libre mercado tienden a incentivar la concentración de la oferta en unas pocas corporaciones transnacionales. Al priorizar el rendimiento financiero a corto plazo, estas entidades externalizan sus costos ambientales, explotando materias primas sin medir las consecuencias biológicas y de recursos naturales.
Por otro lado, la izquierda tradicional, aunque se enfoca en la distribución de la riqueza y el control estatal, muchas veces termina protegiendo y dependiendo del mismo engranaje de producción masiva y extracción de recursos. Incluso en la práctica contemporánea, muchos gobiernos de “izquierda” regulan el mercado o administran el capital en lugar de transformar su raíz de consumo.
No obstante, la búsqueda de una alternativa no es nueva. En su célebre ensayo titulado “¿Por qué el socialismo?”, el físico Albert Einstein (1949) argumentó que la anarquía económica de la sociedad capitalista es la fuente de los principales males modernos, advirtiendo cómo la concentración del capital privado sabotea a la democracia y la objetividad informativa.
Einstein abogó por una economía donde los medios de producción pertenezcan a la sociedad y la producción se planifique en función de las necesidades de la comunidad.
Esta visión conecta directamente con la máxima histórica planteada por Karl Marx (1875) en su Crítica del Programa de Gotha: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Este principio no busca abolir el esfuerzo individual, sino garantizar un piso común indispensable para todos. El mérito real y el desarrollo individual solo existen si la sociedad parte desde una misma línea de salida garantizada (salud, educación de calidad y alimentación).
El Modelo Noruego: El Capitalismo del Bienestar y sus contradicciones
Para encontrar un ejemplo real que intente materializar este equilibrio, no es necesario recurrir a utopías teóricas. El denominado Modelo Nórdico, y específicamente el caso de Noruega, se presenta como la encarnación práctica más cercana a una “tercera vía” viable en el mundo contemporáneo.
El modelo noruego funciona a través de un diseño institucional que redistribuye de forma efectiva el poder económico:
1.- Garantía de una Base Común: El Estado financia de forma universal la educación superior y la salud pública. Al asegurar estas necesidades, la vulnerabilidad socioeconómica se reduce drásticamente, permitiendo que la meritocracia opere sobre una plataforma de verdadera igualdad de oportunidades.
2.- Propiedad Colectiva Estratégica: A diferencia del capitalismo desregulador, el Estado retiene la propiedad mayoritaria de sectores clave de la oferta (como la energía hidroeléctrica, la banca y el petróleo).
La riqueza de los recursos comunes pertenece a la sociedad, pero las empresas operan bajo criterios de eficiencia competitiva, evitando la burocratización paralizante de las economías totalmente centralizadas.
El Fondo Soberano: Los excedentes de la exportación de recursos se gestionan a través del Government Pension Fund Global (Norges Bank Investment Management, 2026). Este fondo, uno de los más grandes del mundo en su tipo, invierte en el mercado global para blindar el bienestar de las futuras generaciones, rigiéndose además por estrictos comités éticos y ambientales. Este esquema fue una solución práctica a lo que en algún momento se llamó “La enfermedad Holandesa”.
A pesar de sus logros en equidad, el modelo noruego encierra una profunda paradoja en la que gran parte del capital que financia su robusto Estado del Bienestar proviene de la extracción de combustibles fósiles. Aunque sus ciudades lideren una transición ecológica interna, su riqueza está vinculada al engranaje energético global que altera el clima del planeta.
Esto demuestra la enorme dificultad de aislarse de los incentivos depredadores del sistema global.
El caso de Venezuela: El imperativo de una alternativa institucional
El debate sobre una tercera vía adquiere una relevancia crítica al analizar el contexto de Venezuela. En las últimas décadas, el espectro de la izquierda política en el país ha sufrido un profundo desprestigio debido a la implementación de un modelo de control centralizado que, bajo una retórica de justicia social, careció de un sustento ideológico e institucional claro y sostenible. Este proceso derivó en una severa crisis económica, el colapso de los servicios públicos y una acentuada ineficiencia burocrática. Sin embargo, las recetas tradicionales de la derecha tampoco se presentan como un modelo exento de vicios; históricamente, la desregulación absoluta y la privatización desmedida en economías dependientes de la renta de recursos naturales han profundizado la exclusión social, concentrado la oferta en pocas manos y desmantelando el rol regulador del Estado, dejando a la población más vulnerable desamparada (Baptista, 2010).
Para superar este entrampamiento ideológico, una propuesta inspirada en la tercera vía y el modelo nórdico para la reconstrucción de Venezuela debería fundamentarse en tres reformas estructurales:
1.- Institucionalización de la Renta y un Fondo Soberano Real: Venezuela cuenta con una base de recursos energéticos y minerales similar a la de Noruega. Una verdadera alternativa exige despolitizar la gestión de las empresas estatales (como PDVSA) y canalizar de forma transparente los excedentes de los recursos naturales comunes hacia un Fondo Soberano de Inversión.
Este fondo no debe utilizarse para el gasto corriente del gobierno de turno, para evitar una de las consecuencias de la “enfermedad holandesa” sino para blindar las pensiones futuras, la infraestructura nacional y diversificar la economía.
2.- Garantía Universal de la Base Común: El primer objetivo del capital común debe ser el rescate y financiamiento robusto de la plataforma de vida del ciudadano en la que encontramos un sistema de salud pública de alta tecnología, educación pública gratuita y de calidad, y seguridad alimentaria.
Garantizar de manera universal este piso mínimo es la única vía para erradicar la desigualdad de origen y permitir que el desarrollo individual y la meritocracia comiencen desde una base justa.
3.- Un Mercado Abierto, Competitivo y Sostenible: El Estado debe abandonar el control asfixiante de la producción y permitir el florecimiento de la iniciativa privada y el libre intercambio, pero actuando como un regulador estricto.
El papel del Estado debe centrarse en evitar los monopolios (la captura de la oferta por unos pocos), incentivar la economía circular y sancionar con severidad la depredación ecológica, protegiendo ecosistemas vitales como el Arco Minero y las fuentes hídricas del país.
Al estructurar el país sobre estos pilares, Venezuela podría transitar desde un modelo rentista y polarizado hacia un capitalismo social del bienestar adaptado a su realidad, donde los recursos del subsuelo financien de forma transparente el potencial humano de sus ciudadanos.
Hacia una verdadera Tercera Vía
El intercambio de bienes y el mercado han existido desde los albores de la humanidad, mucho antes de la formulación de los dogmas políticos modernos. El mercado no es el enemigo; el problema radica en subordinar la supervivencia del planeta y la dignidad humana a las leyes de la acumulación ilimitada y a la medición obsoleta del Producto Interno Bruto (PIB).
La verdadera tercera vía en este siglo XXI debe trascender las etiquetas ideológicas rígidas de la izquierda o la derecha, redefiniendo la arquitectura económica a partir de dos pilares inquebrantables:
1.- Una base social sólida: Ningún ser humano debe carecer de salud, educación, vivienda y alimentación. Esta base común es el requisito indispensable para un desarrollo individual genuino.
2. Un techo ecológico: Ninguna actividad industrial puede operar bajo la lógica de la obsolescencia programada o la destrucción de los ecosistemas.
Modelos emergentes como la Economía de la Dona o la Economía del Bien Común proponen que el éxito empresarial deje de medirse únicamente en ganancias financieras y pase a evaluarse según el impacto ecológico y la durabilidad de su tecnología. Solo cuando los incentivos financieros premien la conservación de los recursos en lugar de su destrucción, la humanidad logrará apagar el motor de la obsolescencia programada y encender una sociedad verdaderamente sostenible.
Referencias
* Baptista, A. (2010). Teoría económica de la economía rentística. Banco Central de Venezuela.
* Einstein, A. (1949). Why Socialism? Monthly Review, 1(1), 9-15.
* Krajewski, M. (2014). The great lightbulb conspiracy: The Phoebus cartel engineered a shorter-lived lightbulb and gave birth to planned obsolescence. IEEE Spectrum, 51(10), 56-61.
* Marx, K. (1875). Critique of the Gotha Programme (F. Engels, Ed.). Marxists Internet Archive. (Obra original publicada de forma póstuma en 1891).
* Norges Bank Investment Management. (2026). About the fund: Government Pension Fund Global.
*Profesor Titular UNET, PhD.
@fcolomine












