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Inicio/Opinión/Las noches del cine de los viajeros italianos

Opinión
Las noches del cine de los viajeros italianos

miércoles 19 agosto, 2026

Las noches del cine de los viajeros italianos

Néstor Melani Orozco

Fueron los domingos con luces de los sueños. Como figuras del neorrealismo del cine italiano. Mientas aquella figura de un viejo italiano, con una presencia de barril con vino y los bolsillos de la camisa blanca, llenos de papeles, lápiz, tintas y un peinador de carioca, mientras sonaban los acordes desde un parlante de lata. Y antes de la función demostraba el viejo de un porqué de las presentaciones como si detrás de los telones nacidos por la lluvia y perdidos entre manchas de ser muy añejos y olorosos a alcanfor. Entonces aparecía una mozuela, hermosa como una virtuosa Lucía santa de Siracusa con un lunar remarcado en una de sus mejillas y portando unos collares majoricos, sonreía mostrando los dibujados rojos labios, mientras recorría con una bandeja.

Allí todo se pudo sentir en aquella plaza de las miles de plazas de pueblos donde se iban mostrando las películas mudas y al blanco y negro del actor inglés de las violetas o el mismo de Charlot queriendo burlarse del terrible invasor de la guerra mundial. La mozuela repartía caramelos y el viejo siciliano prendía el oxidado y verde proyector para dejar la luz incandescente del lente. Era de emociones ver a Chaplin con su bastón y su bombín a la pureza de un acto de honor teatral. Y desde cada instante aparecía un hombre viejo con la cara arrugada como las chaquetas de cuero de los nombrados “revolucionarios” como los “Mamertos” y de verdades fuese un saltimbanqui, quien improvisaba canciones con un dorado, agonizante y verduzco saxofón.

Desde las fiestas de Táriba, a Queniquea, El Cobre, a San José de Bolívar, Rubio, San Antonio, Capacho, Pregonero, San Cristóbal y hasta La Grita de Quesadillas Benditas… Los muchachos sentados en el suelo y las viejas trayendo silletas para apreciar la función. Mientras el humo se dejaba descubrir a través de la luz del proyector. Y las risas cubrían la plaza y un pequeño motor que generaba energía roncaba como un gigante para hacer de las imágenes una ceremonia al dichoso autor quizás de “Candilejas” quien sonaba en aquel canto desde un tocadiscos, donde todo se convertía al conglomerado en un acto de las alegrías, entre las tristezas de los humildes. . . Y muy a lo lejos a las nueve de la noche al pie del cerro de “La Espinosa” el burro de Clemente daba las horas, también en otras ceremonias los cantares mexicanos para ver en las escenas del “Séptimo Arte” a Doroteo Arango invadiendo a los gringos.

Siempre presenciamos aquellas funciones, tan hermosas y de saberes en los pasos del inmigrante mascando chicle y resistiéndose de las monedas qué recogía la mozuela. Sonaban los aplausos y hasta el cura de la parroquia, asomaba su nariz roja y húmeda por una pequeña ventana de la casa de la iglesia. Mientras el Juez del distrito se postraba a la función como un capitán de la vieja Escuela de Clases.

Los tiempos pasaron como fantasmas entre el aroma de los vientos y el color de las noches dejándose en estampas descritas de la máquina del cinematógrafo con las albas de millones de actos. Entre el camino trasandino para ir a Mérida, porque en Tovar había las más bellas flores y hasta en Esquque de Trujillo también lo recordó el General Héctor Bencomo Barrios casi sesenta y dos años después cuando le ilustraba uno de sus libros. Fue sentir desde estas reminiscencias al viejo italiano con los bolsillos de su “chemise” cargados de papeles, de caramelos y de chicles cucuteños y con las eternidades de los atardeceres y del amor viajero en una carta a las promesas con multitudes de almas… Han cruzado estos largos años… y ahora solo vuelan mariposas azules entre las luces de las plazas mientras la luna regresa cerrando los ojos, para terminar la función.

 *Artista Nacional. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Cronista de La Grita.

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