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Inicio/Opinión/Mi tía Genoveva

Opinión
Mi tía Genoveva

miércoles 28 octubre, 2026

Mi tía Genoveva

Néstor Melani-Orozco

Siempre me pareció como una mujer sagrada de Nepal, con su gracia de leyendas y de demostrarme como se manejaba un fusil, pues lo aprendió de su padre, mi abuelo Dionisio compañero de montañas y guerras de Juan Pablo Peñaloza. Un día me enseñó a montar a caballo porque había que ir al páramo donde fue maestra rural y me regaló libros hasta llevarme con “El Quijote de la Mancha” y narrarme de Alejandro Dumas escribiendo en un periódico de Francia como Manuela Sáenz le regaló en Paita, Perú a Giussepe Garibaldi una guerrera qué había sido de Libertador Simón Bolívar.
Así fue mi Tía Genoveva de llevarme a muchos lugares para mostrarme la naturaleza y decirme de entender con el alma a los humanos. De enseñarme a leer y hacerme aprender las virtudes de un Santo Rosario. De contarme del día de los años cuando se quemó el Cristo de La Grita. En mi niñez me mostró los misterios de los colores y bajo la guitarra en una sonata de mi padre Pepe Melani me cantaba melodías desde el tango hasta la canción de amor. En lo inmenso de un bolero. Ya al llegar a mi grado de primaria; me llevó a Caracas y recorriendo lugares me dijo una mañana fresca ante el Ávila.
“Lo he traído a esta ciudad para que empiece a conocerla y cuando vengas solo, no se pierda”… era como una lectura de grandes viajes y museos, de asistir a exposiciones y de entender la lógica sagrada de la existencia. Aún recuerdo aquel Primer viaje en el apartamento de Consuelo Nieto en la Cañada del 23 de enero de decirme una noche: “Le tengo para mañana una sorpresa” Y fue así, al otro día me llevó a la Guaira para que viera el mar. Guardó mis dibujos junto a mi madre María Antonia Gumercinda Orozco de los Andrade de Santa Cruz de Mora, los mismos pobladores de Cariquena quién junto a la otra tía Sarita, quiénes me enseñaron la devoción por los sentimientos desde los libros del poeta Teodoro Gutiérrez Calderón hasta “La canción del violín” muy detrás de los cantares del gallo en el solar viejo de la casa de los Orozco venidos de Vizcaya. Como de mi tío Benedicto de narrarme leyendas inmensas.
Un día mi Tía Genoveva me llevó al Seminario de Palmira, quizás de la vida creyendo en los relatos de La Paz y también al Colegio Andrés Bello del dichoso Alfonso Castellanos, después a la Escuela de Bellas Artes de Caracas donde Baldomerito Ramírez nos dejaba habitar en un lugar de Cotiza. Allí vi por vez primera a Jesús Soto él padre del arte Cinético en el mundo. Como a Mateo Manaure y hasta la pureza de los pintores notables, desde Marcos Castillo al dichoso Pedro Ángel González, de irnos al taller en Mary Pérez a venerar el regreso de Francia de Hugo Baptista. Aún recuerdo su estampa de la tía describiendo las oraciones castellanas del libro de J. M. Bruño o consintiendo a su otro sobrino: Carlos Carrero “Carreto” desde convertir el sonido del cuatro en la ceremonia de una bandola. De llorar la muerte del Seminario de los Eudistas Franceses: “El Kermaria”, y de la virtud romántica del Padre Cabaret, con su motocicleta alemana recorriendo la ciudad junto a sus perros daneses; como de describirme a Paracelso y contarme la verdad sobre el inventor de la eléctrica bombilla más adentro de Tesla. De saber de la Primera emisora de La Grita, en “La Radio Parlante América” de también del “Rally desde Buenos Aires” Argentina, o la dichosa visita de Rómulo Gallegos en la búsqueda del legendario hombre del páramo: Reinaldo Flores. De los números en “El Hombre que Calculaba” y de fundar la Primera Escuela de Coloncito antes de los caminos de la panamericana. De enseñar a las niñas Betancourt junto a Imelda Salcedo y de acompañar a Ana María Chaparro su condiscípula en la Biblioteca Nacional. La recordaba el General Cegarra Barragán de enseñarle las primeras letras y de viajar los imaginarios en Los Ángeles de mi padre pintando cúpulas y catedrales. De describir obras de arte desde Millet hasta Corot demostrando como Michelena era un neoclásico. El día que se murió el gran pintor de la epopeya me dijo con frases hermosas: …”Bolívar se quedó sin Tito Salas”… vio cruzar el cortejo llevando muerto al cantor Cherry Navarro en aquella esquina de Cristoalreves en la capital de Venezuela y nos describió como al pasar por las calles, en un botiquín desde una rokola se escuchaba su voz en “Aleluya” mientras la cruz de Lorena de la catedral de la Caracas se extendió en el terremoto de 1967.
Aprendió a conocer sobre las Cartas con la Primera Mujer Torera de Venezuela: Lola Bernal mucho antes que Carmen Piñero. Sabiendo de aquellas corridas de la ciudad vieja y de los sigilos poéticos. Guardó la máquina alemana donde se escribió “Frontera Lirica” más adentro de “La Mujer de las Manos Cortadas” y del aura cada recuerdo. Ya anciana, la llevamos a mi casa y mi bella Carmen Victoria me sugirió que viviera anciana con nuestros hijos y se convirtieron sus historias en encantos. El día qué falleció horas antes recordó a la versión francesa de “Genoveva de Brabante” del Libro de Christoph von Schmid
y como una blanca paloma nos dijo adiós… su recuerdo vivirá en cada corazón con la semilla más hermosa de todas las edades…
Artista Nacional. Maestro Honorario. Doctor en Arte. Cronista de La Grita.

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