Opinión
Notations/Opus 33/Coleccionismo de arte IV.
viernes 11 septiembre, 2026
“Coleccionar es una pasión o una adicción, uno nunca para” Eduardo Costantini
Elvis Joan Suarez
El arte de coleccionar sufrió una mutación durante el siglo XVIII y XIX, pasando de un modelo aristocrático, privado y patrimonialista hacia una práctica profesionalizada, pública y profundamente entrelazada con el ascenso de la burguesía industrial y la consolidación del estado-nación. El coleccionismo de arte en esta época no constituye un acto desinteresado de acumulación estética, sino que representa una compleja práctica cultural, económica y geopolítica a través de la cual se ejerce el poder, legitimando así el estatus social. Al final del siglo XVIII, será un punto de inflexión en el coleccionismo de arte, desaparecerá el proteccionismo de los reyes y nobles sobre los artistas dando paso a la persona interesada, quien decidirá que artista despierta su interés. La democratización de la cultura está relacionada con la transformación de la sociedad europea, un cambio muy apegado a la revolución ideológica que se originó a través de los enciclopedistas, lo más importante de esta variación es la reivindicación de la soberanía popular, aunado al del nacimiento del patrimonio público, donde se conciben los grandes museos, de allí aparecerá el famoso museo “ilustrado” que propondrá las reglas para que esta institución pueda cumplir con su función principal: “educar” al pueblo y el de custodiar las obras de artes a través de la clasificación sistemática de la cultura visual. La revolución francesa provocará una mayor redistribución en la historia europea, esto contribuyó a los famosos “Grand Tour” donde los jóvenes aristócratas se paseaban por Roma, Venecia y Nápoles con un propósito educativo, además de dedicarse a adquirir obras de arte, este flujo masivo de viajeros que retornaban con verdaderos cargamentos de antigüedades, pinturas y retratos encargados, contribuyó al desarrollo de las grandes colecciones privadas. El hallazgo de las ruinas de Pompeya y Herculano, desató una fiebre por la arqueología que influyó en el Neoclasicismo, la antigüedad dejó de ser una simple curiosidad y se convirtió en un estándar de belleza moral y formal, reformó la manera en que los coleccionistas valoraban las piezas. En este periodo histórico ya emerge con fuerza la figura del intermediario profesional, el marchante no solo servirá para comerciar con obras de arte, sino el de educar a sus clientes, ya los marchantes redactaban catálogos razonados y formalizaban subastas públicas. El antiguo “gabinete de curiosidades” del siglo XVII, fue remplazado por la galería especializada, estructuradas según criterios cronológicos y por escuelas pictóricas. Las campañas de Napoleón Bonaparte, elevaron el expolio artístico, por ello obras maestras fueron trasladadas a Paris, para nutrir el Musée Napoleón, convirtiendo la capital francesa en el centro visual de toda Europa. El gran hito del siglo XVIII, fue la consolidación del museo público como institución del estado, el Museo del Louvre fue inaugurado en 1793 y se tomó como sede el antiguo palacio real, las colecciones privadas de la monarquía pasaron a ser exhibidas en un espacio de propiedad pública. La apertura del Museo del Louvre fue un modelo que siguieron otras naciones como el museo del Prado en Madrid y la fundación de la National Gallery en Londres. Las obras de estas colecciones museísticas se organizaban de acuerdo con la historiografía positivista: por escuelas nacionales, periodos cronológicos, convirtiendo la visita de un museo en una experiencia pedagógica donde se aprendía sobre historia y la civilización. Con la revolución industrial, una nueva clase social asumió el protagonismo en el mercado del arte, estos nuevos coleccionistas demostraron una predilección por el arte contemporáneo, esto impulso más al surgimiento de galerías comerciales privadas, marchantes como Paul Durand-Ruel redefinieron el negocio del arte utilizando estrategias de ventas avanzadas: exposiciones monográficas, garantías financieras a los artistas y promoción internacional. A finales del siglo XIX se da inicio al gran coleccionismo norteamericano en la llamada “Edad Dorada”, el país pasó de ser una nación agraria a convertirse en una potencia financiera e industrial, logrando así surgir una nueva generación de coleccionistas de arte, entres ellos magnates del acero, del ferrocarril y del petróleo, esto conllevó a que los Estados Unidos se involucrara en el mercado internacional del arte. El coleccionismo norteamericano, elaboró un gran engranaje de ingeniería social y de política cultural, a través de la compra de obras de los grandes maestros europeos del pasado y el patrocinio de los artistas emergentes locales, los nuevos coleccionistas buscaban legitimación social y autoridad aristocrática, que luego sentaría las bases para la creación de una gran infraestructura museística pública. Los nuevos coleccionistas de la “Edad Dorada” compraron colecciones enteras influenciados por el eurocentrismo, esto desembocó en un mercado agresivo del arte, donde la firma de un artista, podría ser igual al costo de un título nobiliario transferible. Los magnates pasaban el Atlántico, solo para adquirir en los grandes salones de Paris, arte del paisajismo francés de artistas como: Jean-Baptiste-Camille Corot y Jean-François Millet, estos salones garantizaban al comprador que su inversión monetaria venía respaldada por un valor cultural incalculable. Los marchantes europeos, encontraron en el mercado norteamericano una receptividad muy abierta al nuevo arte que nacía en Paris: “el Impresionismo”, organizando exposiciones de Monet, Renoir y Degas. Entre los nuevos coleccionistas de arte norteamericano podemos citar: Isabella Stewart Gardner, Lousine Havemeyer y Benjamin Altman. Con el paso del siglo XVIII al siglo XIX da un nuevo giro al coleccionismo, lo que comenzó como un privilegio dinástico, cambio a un elemento medular del espacio público con el surgimiento del museo público, garantizando así la preservación y democratización del patrimonio cultural, convirtiendo al ciudadano en un vigilante de la memoria visual colectiva. La profesionalización del mercado privado del arte dio origen a la figura del “Coleccionista Moderno” para quien el arte es una inversión financiera, un instrumento de status social y una forma de mecenazgo personal, esta dualidad es la piedra angular del coleccionismo del arte contemporáneo en la actualidad.
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