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Opinión
Repelencias 516

sábado 13 julio, 2024

Repelencias 516

Carlos Orozco Carrero

Da gusto y se siente un enorme orgullo cuando vemos a muchachos venezolanos en franca superación para dar ejemplo a todos los que seguimos de cerca el béisbol de Las Grandes Ligas. Tuvimos la suerte de observar en acción a un joven en su primer juego en La Gran Carpa el pasado lunes con su equipo de Arizona contra Atlanta. Lo interesante es que este chamo estuvo en Perú junto a su familia, vendiendo helados para ayudarse a salir adelante como tantos miles de venezolanos en el exterior. Su talento le aconsejaba regresar al país para que los que saben lo vieran y recomendaran a alguna organización de la pelota mayor. Yilber Díaz, que así se llama este extraordinario lanzador, logró su cometido y ahora es un flamante grandeliga que ha escrito su primer juego en productivo trabajo que le gana la confianza del manager y demás directivos del equipo de las culebras del desierto gringo. Aquí cabe esa palabra que muchos utilizan sin asidero alguno: Resiliencia, señores. 

-¡Qué vayan a la escuela los que no saben!. Era la respuesta de nuestro amigo cuando le insistíamos que debía inscribirse para salir de la ignorancia formal que cundía por todo el pueblo en aquella época de bucólica tranquilidad. Después de tantos años, he conocido a cientos de profesionales universitarios que pudieran entrar en la categoría de “los que no sabían” y que el compadre Miguel los veía afanosos por llegar a la escuela. Sabio, mi amigo de siempre.  

Pases milimétricos en las copas internacionales de fútbol. Un defensa puede sacar el balón a una altura tan sorprendente que baja mojada por el contacto con las nubes y un delantero deja su zapato quietecito sobre la grama y esta bola llega y se posa sobre sus cordones como recibiendo una orden precisa del jugador que “recepciona”, dijo el paisa. En Pregonero, nosotros corríamos detrás de la pelota en multitud y parecía una poblada detrás de una gallina robada. El único que no corría detrás del balón era el portero, cariños. Salíamos siempre con las canillas reventadas de tanta pata repartida hasta por los vendedores de “popsicleps” y heladitos de limón sin una lágrima siquiera de la fruta mentada. Y eso sin contar con el delantero estrella que siempre llevaba un alfiler sin cabeza para incomodar a cualquier defensa que osara molestarle su jugada a gol. Miles de aficionados abarrotaban las gradas del estadio José Ramón Sánchez Mora.

Es interesante escuchar a los amigos de toda la vida en una conversa sobre los alimentos que consumían en sus años de muchachos. Cosepán, mazamorra, sanes, nonatos, sangre frita, sopa de venas, mermado, calentao, chochecos, pescuezo relleno, turmada, caspiruleta, cuchute, morcillas con bebida. –Carretico, ¿cómo se prepara el tal nonato? -Empieza en el matadero con el becerrito que trae la vaca sacrificada y que no pudo nacer. Este animalito se limpia totalmente, se quita la cabeza y se pica en trozos pequeños para echarlos en una enorme olla y darles candela pareja junto a todos los acompañantes y aliños que se pueda encontrar en horas de trasnocho, conversa y música de cuerda. Se cubre de agua la olla y con una paleta grande de madera se busca un entelerido para que se le pegue a batir unas siete horas seguidas hasta que quede como una sopa gruesa y saborear los pequeños cartílagos que no llegaron a graduarse de huesos en la estructura del becerrito. Por supuesto, no debe faltar un clarinete aliñado para que no quede la preparación culinaria como beso de novia sorprendida en invierno. En cada esquina una historia.

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