Opinión
Repelencias 632
sábado 5 septiembre, 2026
Carlos Orozco Carrero
En una pequeña parroquia del Departamento de Lavalleja, Minas, Uruguay, asistían como ayudantes del señor cura unos 7 monaguillos, todos oriundos del pueblito piadoso. Algunas monedas recibían los muchachos por acompañar al clérigo en los entierros y demás oficios eclesiásticos que ameritaran la presencia del equipo con sus parafernalias acostumbradas para tal fin. Dentro del grupo de monaguillos había uno en particular que sobresalía por su presencia y estilo a la hora de cargar la naveta o el incensario, tanto en un entierro particular, como en un evento religioso de postín. Aparte de su presencia imponente cuando se vestía de sotana y roquete, Enzo, que así se llamaba el monaguillo preferido por el sacerdote, también era el consentido de toda la feligresía, especialmente por las muchachas del pueblo que asistían a la santa misa apenas con el propósito de intentar enamorarlo, mientras admiraban sus finas facciones casi perfectas. Con decirles que Enzo se parecía bastante a la imagen de los santos puestos en los nichos de la iglesia. Todo marchaba al compás de la dicha y del amor fraterno, como dijo el tercio aquél. Lo que nadie pensaba era que el grupo de los 6 monaguillos restantes estaban maquinando alguna broma a jugarle a Enzo. La idea era hacerlo quedar mal ante la feligresía y el sacerdote de la parroquia y ligar un mal pensamiento para que pagara la osadía de ser más guapo que ellos. Podríamos decir que era la venganza de los feos, cariños. Creo que les contaré la próxima semana cómo terminó la aventura contra el monaguillo de Lavalleja, caballeros.
Lo que es la vida, señores. El mejor pedalista del mundo, Tadeo Pogacar, sufrió un accidente aparatoso para quedar relegado de La Vuelta a España este año. Se llevó un mal golpe, dijo mi tío Melquiades. -¿Cuándo hemos visto un buen golpe?, pregunta la vieja Pulqueria para sacarlo de sus casillas. Seguro regresará para seguir imponiendo records en este mundo impío.
Una conversa sabrosa, aderezada con carcajadas del recuerdo en nuestro pueblo hermoso de Pregonero, se suscita cada día en las bellas laderas del parque Metropolitano de esta capital. Douglas Sánchez, Orestes García, Gerardo Carrero, Andrés con su pluma de lujo Parker, Asdrúbal García, Papi y hasta el chino Felipe ofrecen charlonerías inocentes mientras se suda y se observa al que pasa raudo a nuestro lado. Anímense y acerquen el oído para que refresquen las mañanas y continúen con un día lleno de alegría permanente. Se los puedo garantír, como canta el viejo tango.
Lo del doctor Soto no pasó desapercibido para las autoridades que sospechaban algo extraño en tanta riqueza y categoría social mostrada por un caballero de reciente presencia en el pueblo. Algunas muchachas veían su porvenir si lograban enlazar amorosamente al personaje. Algunos amigos poblanos aprovechaban para cambiar sus maneras de ingerir licor y fiestear de gorra al lado de este tipo aventurero. Ahora el doctor Soto brindaba whIsky del bueno, el cual era bien recibido por todos en la algarabía colectiva que generaba el “Paganini” de moda. Todo fiado, cariños. Y hay que reconocerlo, amigos. Cuando las autoridades lo interrogaron y le preguntaron por qué se hacía llamar doctor sin serlo, apenas respondió al comandante: – ¿Si a usted le dicen general se va a molestar por eso? Esos son los que llamamos merolicos de alto voltaje. A todos nos han engañado en esta vida. A mí, por ejemplo, me dijeron desde la escuela que la tierra era redonda y ya ven en lo que terminó todo. En cada esquina una historia.











