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Inicio/Opinión/Tocar fondo, normalidad, actitud y dignidad

Opinión
Tocar fondo, normalidad, actitud y dignidad

lunes 27 julio, 2026

Tocar fondo, normalidad, actitud y dignidad

Hogan Vega y Dorli Silva.

En un mundo de cambios, en plena era digital, decir “tocar fondo” y “volver a la normalidad” son dos momentos clave en la narrativa del sufrimiento humano y la recuperación. Aunque solemos verlos como una simple caída y un regreso al punto de origen, la psicología y la filosofía muestran que entre ambos puntos ocurre una transformación profunda. De ahí que, el punto más bajo de su vida, sea una expresión que se utiliza para referirse al momento de mayor crisis, desesperación, fracaso o sufrimiento en la trayectoria personal de alguien; por tanto, en la psicología y en el desarrollo personal, esta idea está estrechamente ligada al concepto informal de tocar fondo (hitting rock bottom).

Asimismo, tocar fondo es el punto de máxima saturación emocional, física o existencial de una persona, considerado el momento en que los mecanismos de defensa habituales (la negación, el autoengaño, entre otros) dejan de funcionar. El fondo cumple una función estabilizadora, mientras la persona sigue cayendo, existe la incertidumbre y el miedo al abismo. Al impactar con la realidad, el descenso se detiene; con la pérdida de la ilusión de control, se obliga a aceptar la vulnerabilidad, es entonces ese momento en que se reconoce que la situación actual es insostenible; en psicología, se dice que el cambio ocurre cuando el dolor de quedarse igual supera al dolor de cambiar. Tocar fondo proporciona precisamente ese impulso.

Al mismo tiempo, llegar al punto más bajo quita el miedo a seguir cayendo motivado al no haber más margen para el descenso, la única dirección restante hacia la cual moverse es hacia arriba, como una visión paradójica; a diferencia, el deseo inmediato tras una crisis es regresar a la normalidad (la vida tal como era antes). Sin embargo, este concepto es una ilusión que te afecta de la realidad de la vida; esa fulana normalidad anterior fue, en gran medida, la que construyó el camino hacia la crisis, y tratar de intentar volver exactamente al mismo punto, suele llevar a repetir los mismos patrones.

Por eso, el proceso real no es un retorno, sino una reconstrucción, siempre con la visión de escenarios posibles, iniciando con una restauración (volver atrás), pensando que ignorar la crisis es recuperar la vida previa intacta, sin evaluar la fragilidad y riesgo de recaída, empeorando la crisis; como segunda alternativa, es la búsqueda de la supuesta normalidad, al integrar la experiencia, ajustar expectativas y construir nuevas rutinas que nos permitan resultados de crecimiento e integración.

Sobre todo, ir más allá, en lugar de simplemente regresar al estado inicial; la psicología habla del crecimiento postraumático y conocido. Aceptado, este fenómeno puede hacer que atravesemos una crisis profunda al generar: Un reordenamiento de prioridades, considerando que lo que antes parecía urgente pierde importancia y de tal manera cobra valor lo esencial (relaciones, salud, tiempo, otros); mantener mayor fortaleza con la convicción personal de “si pude superar eso, puedo manejar esto”; mayor empatía, logrando una conexión más profunda con el dolor ajeno al haber experimentado la propia vulnerabilidad.

Lo más importante, para cada uno de nosotros en el devenir de la vida, no es que tocar fondo sea considerado el fin de la historia, sino el terreno firme sobre el cual se edifica algo nuevo, y la verdadera recuperación no consiste en regresar a la antigua versión de uno mismo, sino en habitar una nueva normalidad más consciente, realista y resiliente.

Sin duda, el dolor es una experiencia humana donde existe la tendencia a ver el sufrimiento como una interrupción dolorosa de la normalidad. Tocar fondo no es simplemente sufrir, es el momento preciso en que las certezas, los recursos emocionales y los marcos de referencia que sostenían la vida dejan de funcionar: El despojo de ilusiones es cuando la realidad supera las defensas, se produce una especie de desnudez existencial y se caen las expectativas irrealistas, los roles construidos para agradar o sostener el control; la función del suelo es el aspecto paradójico y saludable de tocar fondo, es el que ofrece por primera vez en mucho tiempo una superficie firme y deja de existir la incertidumbre del caer donde el impacto ya ocurrió. El fondo pasa de ser una fosa a convertirse en un cimiento.

Por otra parte, volver a la normalidad con la ilusión de la continuidad no significa regresar al punto exacto donde se estaba antes de la caída; es intentar volver a esa normalidad previa, suele ser una trampa, porque fue precisamente la estructura de esa vieja normalidad la que colapsó: La nueva normalidad es el retorno gradual y cotidiano. Es la reconexión con el ritmo del mundo exterior (el trabajo, las rutinas, las interacciones sociales); mientras el exterior exige recuperar la funcionalidad, por dentro la persona lleva una grieta. Esta fase requiere paciencia para no forzar una adaptación superficial solo por cumplir con las normas sociales.

Explicar además, si el dolor es inevitable, la actitud es el espacio donde reside la libertad humana; así como lo señalaba el psiquiatra Viktor Frankl, cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al desafío de cambiar nosotros mismos. La resignación paraliza y alimenta el victimismo, donde la aceptación activa reconoce la realidad (esto ocurrió y duele) y pregunta: ¿Qué hago ahora con esto? La actitud no es un optimismo ciego ni una sonrisa impostada; es la firme resolución de no permitir que el dolor defina la totalidad de la existencia, asumiendo la responsabilidad de la propia recuperación.

Por ello se hace necesario el amor que emerge tras una crisis; no es el amor inocente o idealizado del principio; es un amor maduro, sobrio y resiliente. Al comparar el amor idealizado (pre-crisis) versus el amor reconstruido (post-crisis), nos encontramos con: El primero, está basado en la expectativa de perfección. El segundo, está basado en la aceptación de vulnerabilidad; el primero, evita el dolor o lo considera un fracaso, mientras el segundo integra el dolor como parte de la historia compartida o personal; el primero, busca la seguridad en la certeza y el otro, encuentra la seguridad en la capacidad de adaptarse y perdonar.

Por ejemplo, en el arte japonés del Kintsugi, las cerámicas rotas se reparan con pan de oro, resaltando las fracturas en lugar de ocultarlas, el objeto reparado se considera más valioso precisamente por su historia. De la misma manera, el amor propio y el amor hacia los demás, cuando han pasado por el tamiz del dolor, se vuelven más profundos, empáticos y compasivos. Con esta finalidad, la madurez emocional no consiste en evitar las caídas, sino en integrar las cicatrices, donde el dolor, procesado con la actitud correcta y canalizado a través del amor, deja de ser un castigo para convertirse en el material pedagógico más denso y transformador de la existencia.

Visto desde la perspectiva del filósofo Immanuel Kant, con la frase “Los seres humanos no tienen precio, tienen dignidad”, no es un mero lema poético o benevolente; es el cimiento absoluto de toda su filosofía moral. En su obra “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” (1785), Kant establece una clara divisoria ontológica: Lo que tiene precio (Preis), es aquello que es relativo, intercambiable y sustituible por un equivalente. Las cosas, los objetos materiales e incluso ciertas habilidades o talentos prácticos tienen un precio porque sirven como medios para alcanzar un fin determinado (utilidad, placer, comercio); lo que tiene dignidad (Würde), es aquello que está por encima de todo precio y no admite equivalente alguno. No se puede intercambiar por nada. La dignidad no depende del estatus social, la utilidad, el éxito o el estado de ánimo; radica exclusivamente en la condición del ser humano como agente racional libre, capaz de actuar moralmente.

Kant sostenía enfáticamente que existen deberes hacia uno mismo donde la actitud ante el dolor no es una simple búsqueda de felicidad (la cual Kant consideraba un deseo natural, pero no el móvil moral supremo), sino un acto de autonomía y respeto a la propia dignidad: Levantarse tras la caída no se hace por complacer a otros ni por mera conveniencia, se hace por respeto a la ley moral interna; la actitud kantiana es la negativa rotunda a tratarse a uno mismo como un “objeto roto” o una “cosa inservible”. Es el reconocimiento de que se tiene la obligación moral de preservarse, desarrollarse y erguirse de nuevo. Entender la vida desde este prisma otorga una profunda salud mental, ética, la cual implica que las crisis no le quitan valor a la persona. La norma de la vida no es la ausencia de dolor, sino la capacidad constante de la razón y la voluntad libre para sobreponerse a la adversidad, honrando la dignidad propia y ajena por encima de cualquier circunstancia.

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