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Inicio/Opinión/¿Todo aquel que tiene un título universitario, sabe verdaderamente lo que habla?

Opinión
¿Todo aquel que tiene un título universitario, sabe verdaderamente lo que habla?

lunes 13 julio, 2026

¿Todo aquel que tiene un título universitario, sabe verdaderamente lo que habla?

Hogan Vega y Dorli Silva

El Diccionario de la Lengua Española (DLE) de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define “ignorancia supina”, en su primera acepción, como ignorancia que procede de negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse. De ahí que la ignorancia supina sea la falta de conocimientos básicos sobre un tema específico que una persona, por su cargo, profesión o contexto, debería y podría conocer. Se trata de una falta de entendimiento grave provocada por la pura negligencia o la total falta de interés en aprender. Para profundizar en este concepto y su contexto, el término proviene del latín supinus (que significa boca arriba o tendido), aplicado en sentido figurado para denotar pereza, dejadez o una actitud de estar tumbado mentalmente, es decir, refleja una falta de esfuerzo voluntario para superar el desconocimiento.

Por lo tanto, en el campo de la ingeniería, lo jurídico, la salud, la economía, la contaduría, las instituciones militares, o en el servicio público, la ignorancia supina no suele ser una excusa válida, ya que se asume que un profesional debe estar preparado para lo que su rol exige, es así que puede llegar a considerarse una falta grave o tener implicaciones disciplinarias por actuar con negligencia. Asimismo, en la era de mayor acceso a la información, el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en la democratización y simultánea degradación del conocimiento, se le suma otra variable como lo es la crisis de legitimidad del título universitario tradicional.

Al mismo tiempo, en la actualidad, el hacerse la siguiente pregunta con la expresión: ¿Todo aquel que tiene un título universitario, sabe verdaderamente lo que habla? Es, formalmente, una generalización apresurada (una falacia), pero encierra un síntoma real, la crisis del credencialismo. Tradicionalmente, el título garantizaba que un individuo había adquirido un cuerpo de conocimiento formal (saber) y un método de pensamiento (pensamiento crítico). Hoy en día, la masificación universitaria y, en ocasiones, la flexibilización de los estándares cualitativos ha hecho que el título certifique asistencia y cumplimiento de requisitos, pero no necesariamente competencia reflexiva o dominio real de la disciplina.

A diferencia, el profesional contemporáneo corre el riesgo de convertirse en un tecnócrata, alguien que sabe cómo aplicar una fórmula o usar un software, pero no comprende el porqué de lo ontológico ni las bases epistemológicas de su ciencia. Cuando se le saca de su libreto, se devela que no sabe de lo que habla, sin embargo, este planteamiento es profundamente provocador y de enorme relevancia para la epistemología contemporánea y la sociología de la educación.

Además, con la llegada de la IA generativa se intensifica este fenómeno, creando el escenario perfecto para la ignorancia supina (aquella que es vencible pero no se quiere vencer, o que nace de la negligencia del que cree que ya sabe todo), por ejemplo, al delegar la síntesis, la redacción, el análisis e incluso el diagnóstico a la IA, el estudiante o profesional universitario corre el riesgo de atrofiar su propia capacidad cognitiva. Si la máquina piensa por él, el título se convierte en una cáscara vacía, es decir, se le suma el efecto Dunning-Kruger potenciado por algoritmos, donde la IA da respuestas rápidas, pulidas y con una elocuencia asombrosa, generando una falsa sensación de omnisciencia en el usuario. El profesional que usa IA para simular experticia, no está aprendiendo; está consumiendo un producto cognitivo ajeno. Sabe repetir lo que la IA le entregó, pero no sabe defender el argumento desde sus fundamentos directos.

Por consiguiente, la ignorancia supina en el siglo XXI no es la falta de datos (escasez); es la incapacidad de procesarlos y la soberbia de no cuestionarlos (saturación). Mientras que, tener un título y depender ciegamente de la IA para operar en el mundo real configura una ignorancia grave, porque el profesional cuenta con las herramientas teóricas para buscar la verdad, pero elige la comodidad del output automatizado. En la era de la IA, el verdadero conocimiento no se demuestra teniendo un diploma colgado en la pared ni sabiendo generar un buen prompt. Se demuestra mediante la capacidad de discernimiento, la duda metódica, la triangulación de fuentes y la reconstrucción crítica del argumento. Quien no cultive esto, independientemente de sus títulos de grado o postgrado, estará efectivamente hablando desde la superficie de una ignorancia tecnificada.

En otras palabras, para combatir esta pereza cognitiva y transformar la IA de un sustituto del pensamiento a un amplificador de la inteligencia, las universidades no pueden limitarse a prohibir la tecnología ni a ignorarla. El software de detección de plagio ya es obsoleto; la solución debe ser estratégica, pedagógica y directamente curricular, del mismo modo, el objetivo no es que el estudiante memorice más, sino que aprenda a hacer lo que la IA no puede hacer de forma autónoma: problematizar, criticar, validar y crear bajo incertidumbre.

De modo similar, el docente universitario ya no es la fuente única de información; ese rol lo democratizó internet y lo masificó la IA. El nuevo docente universitario debe actuar como un mentor del pensamiento, en la búsqueda de la verdad y sacar el sesgo de la automatización, como una tendencia humana a confiar ciegamente en los sistemas automatizados, asumiendo que si lo dice la máquina, es correcto. Es así, como el rol del docente hoy es formar profesionales con las competencias y un pensamiento crítico hacia el área de formación de cada estudiante, y las universidades deben capacitar a sus profesores no solo en “cómo usar prompts”, sino en cómo diseñar preguntas que fuercen al estudiante a salir de la zona de confort del copiar y pegar.

Por otra parte, si se consolidan todas estas estrategias, se está logrando que las universidades puedan blindar el valor de los títulos académicos. El graduado ya no será alguien que simplemente posee un cartón que acredita que aprobó materias, sino un profesional con una mente afilada, capaz de liderar a las máquinas en lugar de ser reemplazado o intelectualmente adormecido por ellas. Otra tarea prioritaria, es erradicar el comercio de títulos universitarios, por amiguismo, por negocio, o por ignorancia supina. Por ello se hace necesario, enfrentar la vida con valores; una es con el orgullo, creyendo que lo sabes todo, y la otra es con la humildad, reconociendo que tienes mucho que aprender.

Al final, todo el problema de la ignorancia supina y la pereza cognitiva se reduce a esa bifurcación ética y actitudinal ante el conocimiento. Si se mira de cerca, ambas posturas definen la relación de un individuo con el saber, especialmente en el contexto actual.

Al comparar, el profesional desde la postura del orgullo, en la ilusión de la autosuficiencia, es quien aborda la vida (o su profesión) desde el orgullo genera un bloqueo epistémico inmediato. En la era de la IA, este fenómeno se agudiza; también el profesional, que se considera el sabelotodo tecnológico, con su orgullo hace creer al profesional que, al tener un título y acceso a una herramienta que responde cualquier cosa en segundos, ya no necesita dudar, investigar a fondo ni cuestionar; quien cree que lo sabe todo, deja de hacer preguntas. Y en la ciencia, en la educación y en la vida, el conocimiento no avanza por las respuestas que ya se tienen, sino por las preguntas que se siguen haciendo. Por ello, el orgullo academicista es el mejor caldo de cultivo para un analfabetismo funcional ilustrado.

Al mismo tiempo, el profesional que toma la postura con humildad no significa sumisión ni subestimar las propias capacidades, en términos epistemológicos, es la lucidez de reconocer los propios límites, es el clásico “solo sé que no sé nada” de Sócrates, o lo que Nicolás de Cusa llamaba la “docta ignorantia”: La apertura al aprendizaje continuo (“lifelong learning”) hace de un profesional humilde que entiende que un título universitario es apenas un punto de partida, y no la meta. Sabe que la realidad es dinámica y compleja, y que la tecnología obliga a una constante reconfiguración de lo que sabemos; quien reconoce que tiene mucho que aprender valida las fuentes, duda de las respuestas automáticas (incluidas las de la IA), contrasta opiniones y se permite rectificar. La humildad intelectual es, curiosamente, lo que hace a un investigador o profesional verdaderamente riguroso y respetable.

En síntesis, en un mundo saturado de información y respuestas automatizadas, el orgullo nos vuelve obsoletos y perezosos, mientras que la humildad nos mantiene vigentes, curiosos y genuinamente inteligentes. Al final del día, el verdadero valor de la educación universitaria no debería ser inflar el ego con credenciales, sino estructurar la mente para tener el coraje y la honestidad de decir: “No lo sé, pero voy a investigarlo”.

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