Regional
“En tiempos de desastre, la solidaridad nos puede ayudar a recuperar la fe”
lunes 13 julio, 2026

Freddy Omar Durán
Cuando un desastre de las dimensiones del terremoto del 24 de junio ataca a los venezolanos precisamente en un momento de mayor vulnerabilidad económica y social, resulta obvio su incidencia negativa en la psique colectiva.
La atención y la emoción que en cada uno de nosotros atrapan los hechos lamentables, y que resultan inevitables, no nos pueden hacer perder de vista nuestro propio autocuidado, a la hora de comprometerlos seriamente.
Por otra parte, necesario también es considerar que parte de nuestra ayuda a los damnificados y sus familias, bien sea que hagan parte de nuestro entorno cercano, sea que busquemos proximidad a ellos real o virtual, o sea solamente a través de una postura personal, también es de orden “espiritual”, “sociológico”, “cultural”, o como queramos llamarlo, pero que supera el simple donativo material.
Así como estamos marcados por fallas geológicas atravesando un territorio nacional, así nuestra conducta está atravesada de heridas, cada una de una energía que se puede desatar de maneras insospechadas, cada vez que un acontecimiento doloroso sucede. Es al fin de cuentas la vida, una densidad psíquica con valles, montañas, tinieblas y luces, grietas y elevaciones.
Como subraya la psicóloga Fania Castillo, en tanto complejo colectivo, los desastres naturales, en dimensiones fatídicas, no nos afectan cual pérdidas que en algún momento hemos de enfrentar en cuanto a salud, fracasos personales, asuntos amorosos, la quiebra económica, mudanzas, la vejez y la misma muerte, debido a causas predecibles:
“Pero hay cosas en nuestra vida sobrellevables y de alguna u otra manera hay la manera inconsciente de protegernos, de estar con ellas. Con los recursos que podamos, ahí vamos lidiando con esas heridas. Pero cierto tipo de acontecimientos exceden el rango de lo humanamente esperable y normal. Todos esperamos, aunque sea terriblemente doloroso, que van a morir nuestros padres antes que nosotros. Eso es una cosa difícil y triste, y uno lo elabora”.
Efectos colectivos
Entonces es posible hablar de efectos en colectivos, uno de los cuales apunta a la manera como consideramos a la Naturaleza, al respeto que le debemos y no minusvalorar su capacidad destructiva.
“Por ejemplo, en general, muchas personas tendemos a tener una visión de la naturaleza romántica, bucólica. Entonces, la naturaleza es aquel lugar donde yo voy a pasear para desintoxicarme de la ciudad, del trabajo o del estrés, a respirar profundo, a abrazar un árbol. Esas son mis fantasías. Como si de verdad hubiera separación, porque naturaleza es todo, somos naturaleza. Entonces, un desastre natural de estas proporciones puede revelarme una naturaleza peligrosa, una naturaleza violenta, una naturaleza que no se corresponde con esa visión romántica que yo tengo. Ya por ahí se me rompe una creencia importante que me sostenía. Ahora la naturaleza ya no es segura, ahora la naturaleza ya no es mi refugio, ahora la naturaleza es algo que se puede ir en mi contra y me puede destruir”.
Algo más grave puede suceder a nivel de nuestra fe espiritual, cualquiera que sea. Cuando cosas malas ocurren por acción de lo humano, de alguna manera la racionalización nos da explicaciones; pero cuando adjudicamos lo ocurrido a la omisión de alguna “divinidad”, una seguridad más profunda se desmorona.
“Porque una violación la comete en todo caso un ser humano. Puedo aprender que hay maldad, que hay abuso, y que hay dominio, y que hay estereotipos de género, cosas, circunstancias sociales también, y llegar a racionalizar que me puede hacer daño otro ser humano. Pero cuando suceden desastres naturales, muchos lo pueden adjudicar a un castigo divino, y entonces surgen las preguntas: ¿Qué estamos pagando los venezolanos? ¿Por qué nos merecemos esto? Y eso, claro, racionalmente y de acuerdo con la fe cristiana, te puede ayudar a tener cierta comprensión, pero también puede generar mucha desesperanza, puede conllevar la pérdida de la fe”.
Ahí juega un papel importante la solidaridad para restaurar la fe, porque la víctima siente que a alguien le importa, que pertenezco a un grupo social, y eso ayuda de alguna manera a sobrellevar el duelo. También la solidaridad sirve al que se siente culpable en la lejanía por vivir en una comodidad, de la cual un damnificado no disfruta. Un colchón te puede durar un buen tiempo, pero más permanente es saber, recordar que alguien en un momento determinado te prestó su ayuda, o simplemente te escuchó.
“Hay gente que lo que les queda más sacudido es su sentido de seguridad; y entonces van a quedar ansiosos, hipervigilantes, miedosos, con propensión a ataques de pánico, miedo a la naturaleza, miedo a la lluvia o miedo a la tierra, o miedo a los movimientos, pero eso puede no manifestarse para nada. Hay otra gente que lo que va a estar es más seca, más esquiva, como por ejemplo, miedo a volverse a apegar a algo, entonces más desprendidos. Y entonces lo pueden disfrazar de espiritualidad, pero en el fondo es una reacción como de desapego para protegerme, para no volverme a apegar, porque como todo lo puedo perder, no quiero ya querer a nadie ni a nada. Irritabilidad, pérdida de fe, cinismo. Las manifestaciones son variadas”.
Primeros auxilios psicológicos
En estos momentos, héroes anónimos desde Venezuela y el exterior se entregan a la asistencia psicológica y psiquiátrica de los damnificados. Se consideran tres fases, la primera de las cuales, a modo de primeros auxilios, cualquiera de nosotros al momento de sobrevenirse una tragedia de este tipo puede prestar. Las otras dos competen a profesionales de la salud mental para intervenir a mediano y largo plazo a través de la terapia, que puede darse dentro de los campamentos o ya en consultas particulares.
“Hay tres niveles, uno que es el que se da en el momento del desastre, y en el sitio del desastre, que es lo que llaman los primeros auxilios psicológicos, que lo puede impartir cualquier persona, no tiene que ser psicólogo, que simplemente es brindar una cierta contención, o sea, estar ahí, estar ahí para escuchar, estar ahí para ayudarle a cargar el celular, o para prestarle su celular, para darle agua, darle abrigo, ayudarlo a localizar un familiar, o sea, cosas prácticas, y si necesita ser escuchado, escucharlo”.
Sin embargo, esos primeros auxilios no se trata de conversar con la víctima, o hacer intentos de consolarla, menos angustiarla más de lo que está, cuando lo que se requiere primariamente es del sincero acompañamiento.
“¿Y qué sería lo más conveniente en estos casos? Evitar hacer promesas, evitar emitir juicios, evitar dar explicaciones, evitar usar palabras técnicas, rebuscadas, evitar ser muy sabiondo, o muy doctor. Escuchar más que hablar. Si vas a hablar, que sea para decir cosas concretas y útiles. Nada de nombrar a Dios, porque tú no sabes qué está pensando esa persona con respecto a Dios. Nada de hablar de familia, por si la persona la ha perdido”.
Contexto borrado del mapa
Desde lo cultural, lo comunitario y lo familiar, se ofrecen mecanismos de contención y acompañamiento, e incluso podemos aprender de quienes han manejado situaciones similares de pérdida. Desastres como lo ocurrido en La Guaira, especialmente, no solo tienen un gran poder de impacto, sino que también han borrado el contexto, como si de la noche a la mañana termináramos siendo extranjeros en nuestra propia tierra, con una lengua ya insuficiente para “hablar” la tragedia.
“En cambio, hay cierto tipo de experiencias que están fuera del rango de lo decible, de lo narrable, de lo interpretable, de lo digerible. Son platos demasiado duros de tragar, para los cuales ninguna persona está preparada. Ninguna. Ni siquiera un especialista, un psicólogo, que hayan tratado este tipo de situaciones. Ninguna persona está preparada para cierto tipo de fenómenos como el abuso sexual, la violación, el asalto, el peligro mortal por la violencia de alguien, un accidente que te pone en peligro la vida también, un secuestro, vivir muchos años en un campo de concentración, en una cárcel, crecer en un ambiente donde el abuso y la violencia son cotidianos, la guerra en general. Y, por supuesto, ciertos desastres naturales que exceden. Una cosa es que uno se moje con la lluvia; se caiga, se le queme algo en la casa, y otra cosa es un incendio forestal, otra cosa es un desastre natural de las proporciones de lo que acabamos de vivir en Venezuela”.
Viene entonces el stress postraumático, un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología y la psiquiatría, y que ha generado una serie de protocolos clínicos que deben ser manejados profesionalmente, de lo contrario agravan más la condición psicológica de las víctimas. También se agudiza cuando, encima de la pérdida, deben insertarse posteriormente en realidades donde lo más bajo de la naturaleza se manifiesta. Sin embargo, no es válido uniformar el diagnóstico y las dinámicas terapéuticas.
Pero afrontar un desastre natural no se asemeja a la actitud ante la guerra, o la pandemia, donde hay señalamiento de responsabilidades, o también se pone sobre la mesa un repertorio de soluciones, y hay un amplio margen de maniobra.
“Van a variar mucho, dependiendo de muchas cosas, de la personalidad, de los recursos psicológicos que tenga, de las redes de apoyo, de si hay o no re-traumatizaciones, porque no es lo mismo haber sido contenido después de la experiencia adecuadamente a haber sido maltratado después de la experiencia. Entonces, ante un desastre natural de estas proporciones, a pesar de que de alguna manera estamos hermanados como nación en un luto colectivo, en un duelo colectivo, en un terror colectivo, tampoco lo estamos viviendo igual”.











