Regional
Los terremotos han configurado el destino del Táchira
lunes 27 julio, 2026


Freddy Omar Durán
Más allá de las hambrunas, más allá de las guerras o de las pestes, lo que ha marcado el mapa sociopolítico del estado Táchira han sido los desastres naturales. Y en este sentido, los terremotos han “reseteado” poblaciones, la memoria histórica y patrimonial.
Tener una perspectiva del pasado de la actividad geológica no nos lleva a predecir cuándo ocurrirá un fenómeno de esa naturaleza en nuestro territorio; pero si nos permite darnos cuenta de que algo de gran magnitud sobrevendrá, obedeciendo a ciclos que ni son exactos, ni la ciencia con todos sus avances puede determinar. De todas maneras, cabe recordar que movimientos telúricos siempre habrá todos los días bajo nuestro “firme” suelo, y solo cuando “estallan” es que realmente nos preocupamos.
No obstante, la principal lección de la historia, la que deberíamos estudiar con más ahínco, es que nunca hemos estado realmente preparados para los terremotos, siempre nos tomarán por sorpresa, y siempre habrá una gobernanza inoperante ante ellos, cuya nula actuación siempre será compensada con la solidaridad general.
Como el antropólogo Anderson Jaimes ha venido estudiando, así como en la actualidad, desde hace 500 años, los movimientos telúricos y sus efectos de emergencia humanitaria se han cruzado con la religión, la política y los aspectos más nobles y, al tiempo, más miserables de la naturaleza humana.
Más allá de la contabilidad de cuántos movimientos sísmicos han ocurrido, más importante ha sido lo que ha merecido ser registrado debido a la gravedad de sus consecuencias, muchas veces en cartas que demoraban días cuando no meses en llegar a destinatarios a los cuales se imploraba caridad del prójimo, buenos oficios gubernamentales o simplemente algo de empatía.
Muy contrario a lo que ocurrió en 2026 cuando muchos venezolanos recibían una notificación electrónica en el preciso instante en el que La Guaira, Caracas y sus alrededores entraban en pánico, y veían ante sus ojos y sentían bajo sus pies la debacle de su mundo.
Terremotos en plena conquista
De hecho, nos contó el investigador, la primera referencia de un terremoto en San Cristóbal y La Grita fue de 1598, un poco menos de 40 años de haberse fundado la villa, aunque aparecería registrado para 1609 en una petitoria a la Real Audiencia emitida por las autoridades del lugar, para que se atendieran los frutos de la devastación. Es decir, apenas nacieron. Eso ameritó la visita del oidor Antonio Beltrán Guevara, apenas si interesado en las unidades productivas de aquel entonces como eran las encomiendas; es decir, su visita tenía como objetivo velar por los intereses reales.
“Hay un documento de Antonio Beltrán donde él interroga al encomendero de Peribeca, Rodrigo Parada, preguntándole por qué en la población no había capilla, y este le responde que los terremotos tumban todo. En 1605, el rey Felipe III, en una carta donde menciona la Villa de San Cristóbal, dice lo siguiente: “La villa de San Cristóbal acabada y arruinada por los pocos naturales (SIC) que hay en aquel distrito y el daño que recibió de un temblor. Bueno, entonces, este, de las rentas eclesiásticas -es decir, el diezmo- que le toca a ustedes, agárrenlo para arreglar las casas”. Demagogia real, porque esa “platica” solamente alcanzaba para comprar el aceite para alumbrar el Santísimo sacramento.
De impacto en el imaginario
Desde su visión de antropólogo, Anderson Jaimes considera que allende la descripción científica del fenómeno geológico, cabe el interés por el impacto al imaginario colectivo.
Desde la Colonia se interpretaba como un castigo divino, frente al cual había que redimirse con la construcción de más templos, o la reconstrucción de otros como la actual Catedral y la iglesia de San Francisco, con la fortaleza suficiente para albergar al Santísimo, y ser refugio de la fe en medio de la adversidad.
También esa interpretación religiosa terminaría cruzada con la interpretación histórica, y prueba de ello todos los comentarios de los feligreses alrededor del terremoto de 1812, que lo relacionaba con la rebeldía de los independentistas y al que adjudican el fracaso de la Primera República.
El llamado terremoto de San Blas del 3 de febrero de 1610, ocurrido a las 3 de la tarde, habría sido de 7.3 grados, y ¿cómo se determina la intensidad cuando no había sismógrafos?
“Esto se ha detectado por las descripciones de los daños que causa el terremoto: Que si cayeron casas, que si se agrietó el piso, que si cayeron muros o si brotan aguas”.
El terremoto de 1610, por primera vez llegado a la crónica por Fray Pedro Simón, y de gran impacto en La Grita, se suele asociar al milagro del Santo Cristo de La Grita, aunque para el antropólogo, esa devoción vino mucho después, y solo en el terremoto de 1786 se habla expresamente de recurrir a ella para favores divinos luego de la tragedia.
Fray Pedro Simón describe fenómenos extraños antes de ocurrir el terremoto como una inquietud en el ambiente y miedo de las aves, aguas que se salían de su cauce, la tierra en bramido, un frío nunca antes sentido, un suelo que formaba olas y luces en el cielo como efectos de las sacudidas geológicas. Causó deslizamiento de tierra que terminaron siendo dique del río Mocotíes, que al reventar arrasaría con Bailadores, actualmente población del estado Mérida.
Hay peligro de revueltas que ameritan la toma del sector por parte del Ejército, lo que termina en ataques a los pueblos indígenas, que poco o nada, tenían que ver con lo acontecido. En lo económico se revelan vetas de cobre en el Valle de San Bartolomé, un mineral que antes costaba gran esfuerzo para extraerlo, por los lados de Seboruco, a donde fueron a parar los primeros esclavos del Africa, por orden del fundador de La Grita, Francisco de Cáceres.
El terremoto del 16 de enero de 1644, o Terremoto de Pamplona, asustó por una serie de réplicas, que duraron hasta el mes de junio. San Cristóbal se afectó en gran manera, y se le atribuye el deslizamiento de parte de la planicie en la que se asentaba el primer núcleo urbano, y que se extendía hasta La Ermita, dando lugar al corte lo que hoy conocemos como la Cuesta de Filisco.
Para el 16 de enero de 1674 se produce uno de los terremotos más destructivos, que borró del mapa nuevamente a muchas poblaciones andinas, y aledañas como el puerto marítimo de Gibraltar, el punto de contacto hacia el resto de Venezuela y el mundo, y que obligó mover la solidaridad de personas de San Cristóbal, La Grita y Mérida. Y ya en el otoño de la época colonial, para 1786, ocurre el Terremoto de Mérida, y que en la entonces Capitanía General de Venezuela habría sido el responsable de alrededor de 3 mil víctimas mortales.
Durante el siglo XIX el Táchira experimentaría de la peor manera la intensidad telúrica, primero siendo alcanzado por el terremoto de Caracas de 1812, que en realidad sería un triplete, con otros epicentros en los estados Mérida y Yaracuy, abarcando prácticamente todo el país. Tomó por sorpresa a los feligreses que acudían a la misa de Jueves Santo, y quedarían tapiados bajo los escombros de los templos.
Los más terribles
Pero luego vendrían otros dos que prácticamente harían tabula rasa con el Táchira: El del 26 de marzo de 1849 y el del 18 de marzo de 1875. En el primero de ellos, conocido como Terremoto San Alejandro Obispo, Lobatera fue arrasada; y sus pobladores, que recibieron la resignada respuesta del Poder Central de que no había dinero para ayudarlos, fundaron Michelena, y reurbanizarían Colón, que antes solo era predio de grandes latifundios.
Las aguas sulfurosas brotarían en Ureña y otras partes, alrededor de las cuales años después propiciaría la construcción de balnearios.
En Borotá un juez de paz levantó un informe de los daños, ya que las autoridades del lugar habían muerto por la tragedia.
Al Gobernador de la Provincia de Mérida –lo que conocemos como Táchira estaba bajo su jurisdicción- no le quedó más que acudir a la tributación de sus pobladores, para las labores de reconstrucción.
El terremoto de San Alejandro Obispo lo envuelve la leyenda del traslado inconsulto de un santo, y la confrontación de localidades vecinas por ese motivo.
Por otra parte, el terremoto de San Juan I Papa, que ocurrió el 18 de marzo de 1875, con una magnitud de 8.5 escribió tanto en Táchira como en Norte de Santander páginas de terror, con una Cúcuta a merced del pillaje. La acción delincuencial, que no tuvo el aspecto apocalíptico de Cúcuta, fue frenada en nuestro estado por la intervención del padre del presidente Isaías Medina Angarita, coronel Rosendo Medina, y no se dudaba en el fusilamiento para los responsables. Aquí nuevamente el declive de una localidad anunció el nacimiento de otra, y de las cenizas de Capacho Viejo nacería Capacho Nuevo, en el sitio conocido como El Blanquizal.
“Hubo graves daños en Ocaña, en Pamplona, en la Villa de San Cristóbal, en La Mulera, en Rubio, en Michelena, en La Grita y en Colón. En Colón abrió una grieta que dividió al lugar prácticamente en dos partes. Se habla de cinco réplicas, con registro de más de 3.000 muertos. El domingo 16 comenzaron los hechos sísmicos con un fuerte terremoto. El 17 hubo dos temblores más. El 18 sonaron desde temprano ruidos subterráneos y en la mañana, a las 11 y 15 estalló un terremoto de 8 grados.
El general Eugenio Leopoldo Machado le escribe al presidente Antonio Guzmán Blanco, “que gran parte de los pueblos del Táchira ya no existen, que la especulación de los alimentos es implacable y que la gente se ha entregado a la labor de rescatar a sus muertos”.
De ese terremoto surgieron muchas leyendas que hasta entrado el siglo XX contaban las aldeas. En la siguiente centuria las fallas geológicas no han cesado de dar sorpresas; no obstante, Anderson Jaimes dice que eso antes que hundirnos en el miedo debe ser visto de manera constructiva, en un cambio de nuestra relación con la naturaleza:
“Desafortunadamente se sigue desconociendo la historia de los terremotos, e irresponsablemente se ha construido en sitios no aptos. No conocemos a la naturaleza; nosotros continuamos creyéndonos el centro del Universo, que esa mirada eurocéntrica de que tenemos la razón para dominar la Naturaleza. Nosotros tenemos que convivir con la Naturaleza, concebirla como Madre que nos puede castigar o nos puede premiar; ella nos da la guía de cómo vivir con ella, y cómo construir en ella. En este sentido, los pueblos originarios nos enseñaron a tener casas de habitación sencillas, usando materiales antisísmicos, livianos”.











