Regional
Tomás Simeón fue un atrevido soñador
miércoles 8 julio, 2026
“Si lo ponemos en la superficie, mi hermano era una cosa única. Tomás hacía reír a todo el mundo, tenía al mismo tiempo humor negro. Brillaba con luz propia, él simplemente atraía, no excluía a nadie, él atraía con su presencia, era competitivo”
María Teresa Amaya
“La vida, la naturaleza, Dios. Todos me dicen que es un ángel y por eso está allá, en el cielo; pero para mi corazón, debería estar aquí”, expresa Lucy Omaña de Ochoa, madre de Tomás Simeón Ochoa Omaña, quien había cumplido el pasado 10 de mayo 19 años de edad y falleció durante los terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela.
Sus padres, Germán Ochoa y Lucy, junto a su hermano Daniel Andrés de Jesús, son una familia tachirense, fraterna, trabajadora y unida, que describe a su hijo y hermano como un joven de sueños y metas inmediatas y a largo plazo.
“Cuando yo escuchaba sus metas e ilusiones, me convencí de que él quería comerse el mundo”, dice su hermano Daniel, en una de las bancas de la iglesia Nuestra Señora de Fátima en Barrio Sucre, San Cristóbal, frente al Santísimo Sacramento, donde se realizan los rezos y misas por su descanso eterno.
Tomás se graduó de bachiller en el Instituto Metropolitano Adventista en San Cristóbal, ingresó a la Universidad Nacional Experimental del Táchira, UNET, donde estudiaba Ingeniería Mecánica; luego congeló el semestre y siguió estudios en el instituto IDEA como técnico en mantenimiento aeronáutico y también estudió inglés para perfeccionar el idioma, todo en Caracas.
Tenía nueve meses realizando las pasantías en la empresa aerolínea Laser y terminaba en el mes de octubre. Estaba recibiendo la formación en la materia de motores y el 15 de julio regresaría al Táchira con su familia, por un tiempo.
—“Mamá, aquí no hay ninguna universidad que me haga llegar a la NASA”, decía él. Su meta más soñada era ser ingeniero aeronáutico. Quería ser piloto, ingeniero mecánico, yo lo oía— dice la madre. Actualmente, estaba esperando para una beca en Rumanía y el 15 de julio le daban respuesta en un listado.

Él quería volar
“Mi hijo decía que le gustaría ser como yo, por lo activo en mi trabajo y en la vida; pero solo sé que él quería volar”, cuenta el señor Germán.
Los padres compartieron el cumpleaños de Tomás en el mes de mayo, en La Guaira, y pasaron dos semanas juntos. Luego volvieron el 5 de junio en el cumpleaños de su padre y estuvieron unos días más.
Él estaba residenciado en el sector Los Corales, en un apartamento de unos familiares, quienes lo visitaban siempre, incluso ese día se reunieron; pero por un negocio, ellos se regresaron a Caracas.
A las 6:04 minutos de la tarde del 24 de junio, se desvaneció la comunicación. El estremecimiento de la tierra acabó con los sueños y la vida de miles de venezolanos y extranjeros, entre ellos Tomás.
El mismo día habló con sus padres, esa comunicación de amor que no faltaba. Su hermano vivía en Argentina y llegó un día después de lo ocurrido. Tomás estaba chateando a esa hora con una persona, y de momento todo quedó en silencio.
— El designio de Dios es muy grande –expresa el señor Germán—. Hay mucha gente que quedó viva y mucha que se fue.

“Dios nos entregó a mi hijo”
“En mi familia todos oramos y pedimos que si Dios lo llamó, nos lo entregara”, dice su mamá.
Luego de lo ocurrido, viajaron y se encontraron con sus familiares en La Guaira y el cuerpo de Tomás apareció entre los escombros. Lo trajeron al Táchira, hoy día está cremado y sus cenizas reposarán en un lugar de oración.
La mejor cualidad
Su núcleo familiar y sus seres más cercanos están seguros que Tomás fue feliz, y su mejor cualidad es que fue muy diligente, en todo lo que se proponía. Su capacidad de aprendizaje lógico, impresionaba. Era una persona con muchos talentos, carisma particular y era muy espiritual, recién se había confesado y comulgado.
Sus últimas búsquedas en la computadora que dejó en San Cristóbal habían sido solicitudes para estudio aeroespacial en Japón y la página de la NASA estaba abierta, contó su hermano.
Él dejó escrita una correspondencia que tituló: “Carta de Motivación”, donde describía todo como para los decanos y esperaba respuesta de la beca para Rumania.
Dibujo muy particular
Una de las características de Tomás, era dibujar. A los 11 años de edad pintó un ángel enorme (era él), detrás del ángel el mar y al frente la tierra devastada. A su mamá no le gustó mucho el dibujo, sin embargo él le dijo: “Mamá, me lo guardas en el álbum, no lo botes”.
Hoy los padres y hermano comparan esa pintura con los hechos acontecidos.

“Fue el segundo amor de mi vida”
Con sentimiento, respirando hondo, Daniel desglosa con palabras titubeantes quién fue Tomás para él: “Fue el primer niño que yo sentí perteneciente a mi esencia. Cuando lo veía se me iluminaban los ojos, me encantaba reír con él, molestarlo, jugar. Yo le llevaba 9 años. Me gustaba verlo feliz. Él se molestaba porque yo me lo pasaba más en su cuarto que en el mío. Siempre llamaba a mi mamá y le decía: ‘Daniel me está molestando’. Nos entendíamos muy bien como hermanos. Fue el segundo amor de mi vida”.
Para Lucy, decirle a la gente que tenga fortaleza es difícil: “No entiendo; por un lado, Venezuela llora, nosotros estamos llorando. En este momento lo que hay que tener es fortaleza, estar más con Dios. El ser humano ha perdido la sensibilidad, en muchas acciones; pero siempre hay que levantarse. Yo como madre quiero seguir con Dios, igual le pregunto a Dios: ¿Por qué no estaba con él?”
“La esperanza comienza cuando te paras en la oscuridad mirando hacia la luz” (frase de una película)










