Muchas veces se ven obligados a andar por la calle, porque las aceras de la ciudad no están adecuadas para ellos. Han adaptado sus viviendas a sus vidas, junto a sus familiares

POR Daniel Pabón

Jhon Edgar Amaya, 44 años, anda sobre ruedas macizas de goma. Cuenta que la movilidad, por ejemplo en el centro, es bastante restrictiva, con las obstrucciones de las aceras, los huecos de las calles y los pocos espacios para estacionar. Oswaldo Mendoza, 24 años, casi vuela con esos cauchos de aire, rin 24 X 1 de 3/8, similares a los de una bicicleta. Dice que hacen falta mejoras en el ornato, que muchos locales comerciales incumplen las normas de infraestructura y otros tantos bancos no son acordes para su ingreso.

Así se ve San Cristóbal desde sus sillas de ruedas. Seguramente Jhon y Oswaldo no se conozcan, pero se topan con las mismas barreras de integración en una ciudad que, si parece hostil a los ojos de los caminantes, no es tan diferente desde sus asientos.

Amaya planifica, corrige y trabaja en la computadora.

Jhon imparte las asignaturas Inteligencia Artificial, Redes Neuronales y Aprendizaje Automático en la UNET, de donde es profesor titular. Como docente, calificaría a San Cristóbal con un 2,5 de 9 puntos -reprobada- en el criterio de adaptabilidad. “O con 3, para que pueda ir a reparación y ponerse la pilas”, apunta, con gracia.

Muchas rampas de la ciudad no tienen el ángulo de norma o presentan cortes (algo así como “mordiscos”) que dificultan el poder ingresarlas. Pero, más allá del desplazamiento, Jhon se pregunta ¿qué pasa si una persona en silla de ruedas sale y necesita hacer una necesidad?, ¿cuántos baños están adecuados? “Muy pocos”, se responde, al enumerar algún centro comercial y un supermercado.

Mendoza y su padre incentivaron para que se lograran estas rampas.

Oswaldo estudia Comunicación Social en la ULA y es empleado de la administración regional. Aunque en el ámbito laboral no ha tenido inconvenientes, en la universidad no es fácil cuando la clase es en un segundo o tercer piso. Los compañeros colaboran. Unos años atrás, su padre y él trataron de incentivar para que se lograra la adaptación de espacios importantes del campus mediante por lo menos dos rampas de acceso que ahora usa a diario. Pero ir de los edificios al comedor le implica salir del recinto y recorrer una pared perimetral.

El gobierno regional anterior construyó rampas de acceso en la prolongación de la Quinta avenida, como recuerda Oswaldo, pero el problema persiste en zonas como la parte alta, Barrio Obrero y Pueblo Nuevo.

Andar de la ULA al centro

Jhon se mueve en carro particular, con su padre al volante, mientras la silla de ruedas va en unos parales de bicicleta en la parte trasera. Antes se montó en buseta, y era problemático por lo empinado de los escalones de las unidades.

En casa de Oswaldo no hay vehículo, pero un vecino que es taxista les hace las carreras. Cuando sale de clase en la ULA, todos los días rueda con su silla de aluminio hasta el centro de San Cristóbal, donde lo espera el chofer para trasladarlo hasta el municipio metropolitano Andrés Bello.

El joven ya sabe cuál es la ruta más noble y con menos cuestas. Anda en contravía, para poder visualizar los carros que vienen y evitar imprevistos. “Son cuatro ruedas, pero ando en dos para evitar la vibración, que afecta el área de los riñones”. Eso le da, además, una mayor velocidad.

En casa de Oswaldo el sanitario ha sido adaptado de forma que pueda ingresar y bañarse sin asistencia. Para llegar a esa área, sin embargo, debe pasar tres escaleras, pero se ha acostumbrado a maniobrar para subirlas y bajarlas, allí y en otros lados, en casos de urgencia.

La planta baja de la casa de Jhon ha sido adecuada para él. “Originalmente dormía en el segundo piso, pero me mudé. Acá es mucho más cómodo”, dice, desde su estudio. Igual en la UNET; en los semestres más recientes le han asignado aulas en los pisos inferiores.

La gente de San Cristóbal, por fortuna, sigue siendo cordial con ellos. Oswaldo afirma que son solidarios. “Siempre me colaboran”, observa el estudiante, que quiere ejercer el periodismo deportivo en la radio. Jhon reconoce que en algunos sitios respetan la prioridad cuando a él le corresponde hacer colas. “No me siento rechazado, todo lo contrario”, indica el doctor en Tecnologías Informáticas por la Universidad de Málaga. Sus familias, además, son sus impulsos vitales.

Jhon, opina: “La gente debe entender que la inversión en la ruptura de barreras arquitectónicas para el acceso de personas con discapacidad es muy importante, porque permite que efectivamente se creen espacios para que podamos interactuar con la gente y no seamos elementos aislados”. Oswaldo, reflexiona: “No pienso que esto sea una discapacidad porque todos, por más que sea, tenemos capacidades en cualquier cosa que queramos hacer. Lo único que hace falta es tener voluntad y querer salir adelante”. Ambos, lo demuestran a diario.

 

 

Trabajan para garantizar accesibilidad

Las personas en sillas de ruedas reclaman ante los organismos públicos precisamente los problemas de accesibilidad que encuentran, así como las dificultades para acceder y la falta de trato preferencial en el transporte público, con la excepción del Transtáchira.

Ahora en el Táchira se trabaja en una ordenanza estadal para garantizarles inclusión, accesibilidad, participación y trato adecuado, informó Enmanuel Vallenilla, coordinador del Consejo Nacional para las Personas con Discapacidad (Conapdis) en la entidad.

Con la finalidad de otorgarles más inclusión y participación, Venezuela tiene en vigor una Ley para las Personas con Discapacidad desde hace 11 años. Hace nueve el Gobierno nacional creó la Misión José Gregorio Hernández, que a través de visitas casa a casa identificó a 19 mil 847 personas con discapacidad en el Táchira.

La data ha ido aumentado con los registros que de manera permanente hace la Unidad de Certificación del Conapdis. Vallenilla señaló que, en el total de registrados, están quienes poseen alguna discapacidad músculo-esquelética, dentro de la cual se cuentan las personas en sillas de ruedas.

El decreto 511 que promulgó el gobierno regional anterior incidió favorablemente en el descenso de accidentes de tránsito, muchos de los cuales derivaban en personas que requerían empezar a usar silla de ruedas.