martes 17 mayo, 2022
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Ante la partida de la poetisa Etha de Ramírez

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Luis Hernández Contreras *

   Venida de Guasipati, de lejanas tierras del oriente venezolano, Enriqueta de Ramírez se aposentó en el suelo tachirense, donde encontró la paz necesaria para enrumbar otro destino. Se hizo abogada y maduró en su oficio de escritora. Entregada a la poesía, formó parte de singulares grupos literarios que protagonizaron el espectro cultural en la región. Admiradora del maestro Pedro Pablo Paredes, fue este su ductor, su orientador, guía y amigo. De su mano se incorporó al grupo “El Parnasillo”, dando a conocer sus primeras producciones. Siguió en la seccional de la Asociación de Escritores de Venezuela, del Taller Literario “Zaranda”, de la Peña “Manuel Felipe Rugeles” y formó parte de la directiva del Círculo de Escritores del estado Táchira. Sus libros se conocieron desde 1978, contándose entre sus títulos: “Sed infinita”, “Grutas de silencio”, “Ánfora y vida”, “Regazo de luz”, “Cómo pasa el olvido” y “Otro amanecer”. Cuando ejercí la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Estado se constituyó el Fondo Editorial “Diculta”, presentando la poetisa el tercer título de la colección, “Tránsito a la luz”. Reveló en él experiencias muy íntimas, patentizadas en sus incisivos versos, expresando en el XIV, que “recorro una a una/todas las catedrales/vacíos templos donde cohabitan los fantasmas/Me descalzo/y acaricio las calles de mi ciudad/toco todas las puertas/golpeo los corazones/que abren sigilosos los postigos/Un idioma de granizo/se deshiela en mis tímpanos/y una larga sombra de soledad/se ovilla a mis espaldas”.

Su amigo y maestro, el profesor y poeta Paredes, la definió como “muy fervorosa”, además de “perseverante en su posibilidad creadora”. Siempre escritora, Etha de Ramírez “pone sus cosas donde su propia vista los mira y remira hasta que, de pronto, las supervisa, las selecciona y les da forma bibliográfica debida”. Me complazco en haber contribuido como gestor cultural a esta producción que sumó una colección de una decena de títulos que se inscriben en nuestra bibliografía.

El amor, el olvido y la soledad, temas que, según Carmen Teresa Alcalde, marcan su impronta, estigmatizaron como esenciales su tránsito terrenal. Vivió momentos complejos en Caracas, en sus días finales, comprobando la fuerte aparición de esta trilogía, afortunadamente atenuados por el amor de su hija María Virginia, notable pianista a quien promoví hace un cuarto de siglo por escenarios locales, habiendo presentado sentidos recitales, siempre en compañía de doña Etha, vigilante y persistente en el desarrollo de la carrera artística de la hija agradecida que se enrumbó por los caminos del jazz.

Hace unas semanas, esa existencia fulgurante, llena de luz, se extinguió en la capital venezolana. Deja el recuerdo de su tránsito por ese mundo de las letras regionales que por dos décadas integró. Quedan sus libros y el ejemplo de la madre abnegada que forjó la vida autónoma de los suyos. Quedan sus pasos descalzos, caminantes hacia esa “luz” que transitó con la fuerza de su espíritu y de su vehemencia ante sus propias convicciones.

* Cronista de la ciudad de San Cristóbal

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