domingo 29 noviembre, 2020
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El correcorre de vivir en la frontera y estudiar en el Norte de Santander

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La Cruz Roja Internacional aporta ayudas a los representantes que viven en Venezuela, con hijos matriculados en Colombia

Padres y niños creen que el sistema educativo implementado, mientras pasa la pandemia, los ha atrasado


Por Jonathan Maldonado

La pandemia ha traído consigo cambios inesperados. Esos virajes, en su mayoría, no han sido asimilados aún, pese a los seis meses de cuarentena que se suman. El caso del modelo escolar al que se ajustaron las instituciones educativas colombianas, y que han tenido que afrontar padres y niños que viven en la frontera, lado venezolano, por estar matriculados en el país vecino, es un punto palpable.

Marley y Mayra, junto a sus hijos, son dos ejemplos de muchas familias que viven lo mismo en la zona fronteriza. El correcorre que pasan a diario los representantes, para que sus vástagos respondan a tiempo a las clases virtuales, ha provocado cansancio y poca empatía con la forma en la que la educación colombiana acomodó su sistema escolar frente al virus.

La meta es cumplir al máximo.

Marley Borras, de 31 años, vive junto a sus tres hijos y su madre en la urbanización Cayetano Redondo, en San Antonio del Táchira. Desde la comodidad de su hogar, explicó las dificultades que han envuelto al modelo virtual educativo. “En mi caso, no sé nada de redes e internet”, dijo con tono genuino.

A esto, según la progenitora, se unen las constantes fallas en los servicios públicos, entre ellos la electricidad e internet. Para evitar más contratiempos, paga para que sus dos hijas, de 8 y 12 años, puedan ir a un cíber y, de esta manera, ir respondiendo a un modelo educativo que se implementó como consecuencia de la pandemia.

Framyeli, de 12 años, y Emily, de 8, estudian en el Colegio General Santander, sede Pedro Fortoul, en Villa del Rosario, en Colombia. A ellas, de acuerdo con Borras, se les ha tornado algo sinuosa la ruta educativa. “Con mi trabajo, tengo una bodega, me toca madrugar a buscar toda la mercancía para dedicarles tiempo a ellas y llevarlas allá, al cíber, y después buscarlas”, subrayó.

“Mi hija menor perdió cuatro materias”

La hija menor de Marley perdió cuatro materias en la primera etapa de las clases virtuales y, en la actualidad, se está recuperando. Para ello, cuenta con la asistencia del encargado del cíber, adonde va todos los días.

“A la mayor nunca se le habían quedado materias. Ella siempre ha izado bandera, ya que es muy buena alumna, pero a raíz de todo esto, perdió dos materias. Pero fue por lo mismo, ya que no supimos enviar las tareas al comienzo”, rememoró quien ya lleva más de seis meses tratando de asimilar el modelo.

En días recientes, recordó, una cometa provocó un daño en el sistema eléctrico. Ese día, justamente, le tocaba a su niña menor presentar un examen de recuperación. “Gracias a Dios, la profesora me colaboró”, recalcó quien agradece la buena interacción que tienen sus hijas con los maestros. “A veces uno comienza a comunicarse con conocidos de otros sectores. ¿Tienen internet, tienen luz? La idea es responder a tiempo”, remarcó.

Cuando estaban abiertos los pasos binacionales, antes del 14 de marzo, Borras solía llevarlas hasta el puente internacional Simón Bolívar. Las niñas caminaban hasta la mitad del tramo binacional, donde, más adelante, las esperaba el transporte del colegio que las trasladaba hasta la institución. De retorno, era el mismo procedimiento, “las esperaba en la aduana para llevarlas a la casa”, dijo.

“Los vecinos, como saben que yo estoy sola con los niños, a veces me les echan un ojito, están pendientes”, prosiguió quien está consciente que lo que resta del año escolar seguirá igual. “Siento que este sistema las atrasó, mientras que a los padres nos ha tocado que estudiar nuevamente”, apuntó.

La progenitora tiene fe en que su hija menor aprobará el año escolar que cursa. “La profesora me ha colaborado mucho”, especificó quien hizo énfasis en las ayudas que recibe por parte de la institución educativa y de la Cruz Roja Internacional: “en la escuela nos dan un mercado mensual por niño”.

“Visualizo que en el nuevo año escolar, todo regresará a la normalidad. Ya este año lo culminamos así”, remató Borras mientras dejaba claro que al momento de buscar las guías o el mercado, debe cruzar por las trochas, pues los pasos binacionales se mantienen cerrados por la pandemia.

Cada 15 días cruza las trochas

Mayra Martínez, de 32 años, tiene dos hijos. Vive en una zona llamada La Invasión, cerca de Cayetano Redondo, en San Antonio del Táchira.  Allí, junto a su esposo, va atendiendo la bodega que instalaron en su casa para tener una entrada extra, pues el trabajo de su pareja, como carnicero en el Mercado Municipal, ha mermado por la pandemia.

De sus niños, uno de 4 años y otra de 10, la mayor es quien estudia en Villa del Rosario. “A ella la inscribimos desde preescolar”, resaltó quien al comienzo vio cuesta arriba el poder responder satisfactoriamente con el envío de las asignaciones de su niña, ya que no contaba con las herramientas tecnológicas que se requieren.

Producto de este escenario, su pequeña perdió una materia. “Compré, a cuotas, un celular en Colombia”, señaló Martínez, para luego dejar por sentado que su primogénita usa el WhatsApp para conectarse a las clases y poder ir respondiendo las interrogantes del profesor. “Las clases son de lunes a viernes, a partir de las 2:00 p.m.”, puntualizó.

Además, la pareja tomó la decisión de pagarle tareas dirigidas a su pequeña, una manera de resolver las dudas que frecuentemente se presentan con materias como matemática y otras.  “Con este modelo, por la pandemia, hay más dificultad para nosotros, los representantes, pues, en muchas ocasiones, me pasa que no sé cómo colaborarle”, añadió.

Sentada en la sala de su hogar, Martínez precisa que para ir a buscar las guías y el mercado de su niña, tiene que usar las trochas o caminos verdes. Para arribar a Colombia, no se le dificulta mucho; el inconveniente, dijo, es cuando regresa, ya que hay momentos en los que los pasos son cerrados y hay que esperar hasta que los restablezcan nuevamente. “A veces son solo minutos; otras veces la espera es de una hora o más”, detalló.

“Nos recargan saldo”

De las ayudas que recibe Martínez, destacan las de la Cruz Roja Internacional. Mensualmente, la organización suele recargarle saldo a su número colombiano. “Casi siempre nos alcanza para todo el mes. Esto nos facilita mucho la conexión, pues mi hija manda todo vía WhatsApp”, acotó la dama.

“A mi hija se le ha dificultado un poco el método que se implementó por la pandemia. Es más difícil, ella siente que no aprende nada, ya que lo que hace es transcribir”, remarcó quien pese a anhelar el regreso a las clases presenciales, es consciente de que la metodología actual es la más adecuada mientras se vence al virus.

Antes de la pandemia, Martínez y su esposo se turnaban para llevar a su hija hasta la institución. “Siempre hemos hecho el esfuerzo de acompañarla hasta la puerta de la escuela, por seguridad, ya que sentimos que aún está muy pequeña para que se vaya sola en el transporte”, indicó.

Mientras arriba la deseada “normalidad”, Marley y Mayra siguen batallando para que sus hijas cumplan con las obligaciones escolares en un entorno donde los servicios fallan constantemente, haciendo más cuesta arriba el camino.

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