lunes 20 septiembre, 2021
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Testimonios de la frontera: “Comiendo poco y sabiendo sobrevivir”

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Isabel llegó hace más de tres años a La Parada, en Colombia, donde se radicó con su esposo. Al inicio, cuando los puentes aún estaban abiertos y el río de gente los cruzaba, la dama se dedicaba a vender combos de lápices, con bolígrafos y marcadores. “La gente los compraba y me iba bien”, dijo.

Como migrante, no se queja, pues está cerca de su país y lo visita constantemente. “Le doy gracias a Dios, pues mi esposo y yo hemos logrado salir adelante”, aseveró, para dejar claro que, tras reunir un capital, consiguió cambiar de negocio y se arriesgó en la venta de arepas y almuerzos.

“Nos iba bien, y como no tenemos niños pequeños, la situación es algo más cómoda”, prosiguió quien con el arribo del virus se vio en la obligación de abandonar el negocio, pues ya no era rentable y generaba pérdidas. “La oportunidad nos la dio Migración Colombia, y comenzamos a trabajar de ´silleros´. Yo entré primero”, dijo.

En la actualidad, hay siete “silleros” organizados del lado neogranadino. Cada uno respeta su turno, para trabajar en armonía y evitar las confrontaciones. “El ambiente de trabajo es bueno. Al principio fue rudo, ya que había menos gente y la posibilidad de prestar el servicio se hacía cuesta arriba”, acotó.

“Colombia nos ha dado mucho apoyo. Yo tengo control sanitario en la Cruz Roja, donde recibo las pastillas para la tensión”, señaló la ciudadana, quien es oriunda de la ciudad de Maracay, en el estado Aragua. “Mis compañeros y yo estamos agradecidos por los favores encontrados con las autoridades”, puntualizó.

En Maracay, Isabel mantiene su casa, que “con tanto sacrificio pude comprar”, y está al cuidado de sus hermanos, con quienes tiene constante comunicación y les envía dinero. “El virus me dio muy fuerte. A mí me trancó y me inflamó los pulmones; es muy peligroso”, sentenció mientras se mostraba a gusto por el apoyo de su pareja.

“Es duro ser migrante, pero creo que más duro sería estar allá en Venezuela”

Noris Mejías, de 54 años, ya ha sumado tres años viviendo en la frontera, lado colombiano. Nacida en Valencia, estado Carabobo, emprendió viaje hace 36 meses hacia el municipio Villa del Rosario, en Colombia.

“Es duro ser migrante, pero creo que más duro sería estar allá en Venezuela”, soltó Mejías, quien aún tiene familiares en Valencia, y “la están pasando fuerte”. De las ganancias obtenidas por las ventas, apartan algo de dinero para enviárselo a sus parientes.

“Vivimos alquilados en La Parada. Al principio vivíamos en El Rosario, pero con el tiempo nos mudamos para acá”, señaló mientras dejaba claro que mensualmente deben desembolsillar 300 mil pesos para cancelar la residencia.

A la quincuagenaria se le consigue en uno de los tarantines ubicados cerca de las casas de cambio, donde exhibe diversidad de ropa íntima. “Tengo más de dos años sin ir a Valencia”, acotó la mujer, al tiempo que resaltó que tiene dos hijas y un hijo en su ciudad de origen.

Aferrada a Dios, Mejías dio sus primeros pasos como migrante vendiendo chupetas en La Parada. Luego cambió el producto por pan y agua, en un momento donde el tránsito de personas era en masa. “Ahora tengo mi puesto de ropa interior. Ha sido muy duro mantenerlo, por la pandemia”, dijo.

“Cuando uno confía en Dios, todo es posible. Acá vivo con mi esposo, una hija y mi nieto. A mi pareja, un amigo a veces le consigue trabajo como albañil”, especificó la ciudadana desde su tarantín.

“Las ventas han disminuido mucho”

Félix Carvajalino va a cumplir un lustro de haber salido de Venezuela. Desde muy joven dejó su tierra natal, Colombia, para migrar al vecino país, donde vivió por más de 30 años en Valencia. La situación económica lo empujó a regresar a sus raíces, específicamente a La Parada.

Desde que arribó a la zona y hasta la fecha, vende golosinas y cigarrillos en la localidad neogranadina. “El virus ha dificultado todo. Las ventas han disminuido mucho, en comparación con el escenario que se vivía con los puentes abiertos”, resaltó el quincuagenario desde su tarantín.

Carvajalino enfatizó en la necesidad de la mayoría por ver los puentes binacionales abiertos. “Ya ha transcurrido más de un año y seguimos en la misma situación, muy desfavorable para nosotros”, recalcó, para luego indicar que una apertura debe hacerse tomándose en cuenta los protocolos de bioseguridad.

De Venezuela, el caballero guarda grandes recuerdos y vivencias. Allí, en el país que le abrió las puertas por más de tres décadas, construyó su núcleo familiar, y laboró pintando casas. “El dinero alcanzaba y daba para mucho, pero en los últimos años la situación se agravó enormemente”, dijo.

Jonathan Maldonado

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