El silencio del mundo ante la violenta transición de Sudán

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El silencio del mundo ante la violenta transición de Sudán

Sudán vive una transición marcada por las protestas, la violencia de los militares y el olvido del mundo. Todo comenzó el 11 de abril cuando las Fuerzas Armadas dieron un golpe de Estado al dictador Omar al Bashir, quien llegó al poder treinta años atrás al derrocar a Sadiq al-Mahdi.

Al Bashir, acusado de genocidio y crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional, impuso un régimen protagonizado por la ley islámica, marcado por el olvido a las religiones cristianas y animistas, una guerra civil y la separación de Sudán del Sur en 2011.

El país tuvo una estabilidad relativa tras su caída. La sociedad civil celebró el fin de Al Bashir, los presos políticos comenzaron a ser liberados y los militares, encabezados por Kamal Abdel Maaruf, anunciaron la transición.

Pero todo cambió. Los militares implantaron una Junta Militar que motivó protestas y la búsqueda de negociaciones de las Fuerzas de Libertad y Cambio. A mediados de mayo pasado se dio un acuerdo de un gobierno transitorio de tres años, pero los plantones contra la junta militar continuaron y el lunes llegaron a un punto crítico.

El Consejo Militar ordenó la dispersión por la fuerza de manifestantes concentrados frente al cuartel general del Ejército en Jartum, y la violencia de los uniformados deja hasta ahora al menos a 101 fallecidos, según AFP.

Silencio tras los disparos
Alemania y Reino Unido pidieron una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ONU) sobre este tema que quedó bloqueada después de que China y Rusia frenaron un pronunciamiento.

De acuerdo con Andrés Felipe Giraldo, profesor de Geopolítica de la U. de Medellín, en Sudán la comunidad internacional se ve limitada en su acción porque se trata de un gobierno que se creó por un golpe de Estado y que tiene el apoyo de China y Rusia.

Estos dos actores, con poder de veto en el Consejo de Seguridad, terminan cobijando al régimen militar como ha pasado en otros casos con un mandato cuestionado: Libia, Siria y Venezuela.

Además, como lo indica Luis Fernando Vargas, profesor de relaciones internaciones de la U. Eafit, en Sudán hay conflictos de carácter tribal, lo que ha hecho que los ciudadanos sean los más afectados. “Es un asunto que no compete a las potencias si no hay intereses geopolíticos”, afirma.

Antonio Guterres, el secretario general de la Organizaciones de Naciones Unidas, condenó el “uso excesivo de la fuerza” por parte de los militares y pidió una investigación independiente. Entre tanto, el conteo de víctimas por la represión, y el clamor de un gobierno civil por parte de los manifestantes, continúa.

Omisión internacional
Janiel Malamed, profesor de ciencias políticas de la U. del Norte, comenta que China y Rusia han tomado una posición de apoyo al régimen oficialista que es sindicado de violar masiva y sistemáticamente los derechos humanos.

Malamed pone el ejemplo de Siria. Si bien no es rico, sí representa la conexión de Medio Oriente con Europa. “A ambos los atraviesa la relevancia geopolítica y energética que tienen para China y para Rusia”, afirma el experto.

Con el genocidio en Ruanda, por ejemplo, la condena fuerte del Consejo de Seguridad solo llegó con la Resolución 955 de noviembre 1994, cuando ya se habían cometido violaciones a los derechos humanos y un genocidio desde abril de ese año que acabó con la vida de más de 800 mil personas de la población tutsi, en su mayoría a machete.

Sudán y los atropellos
El país tiene una historia violenta. Su único gobierno democrático, el de Sadiq al-Mahdi, fue derrocado en los 80, vivió una separación de Sudán del Sur, territorio que quedó con la mayor parte del potencial energético y el régimen de Al Bashir estuvo marcado por la corrupción y la represión a opositores.

Ahora, con los uniformados al mando y sin escuchar el clamor de la ciudadanía por un gobierno civil, parece repetir su historia, un libreto conocido: militares al mando, represión y olvido mundial.