martes 14 julio, 2020
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Caracas sin agua: De la sequía, El Niño, sabotajes y otros «factores»

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Desde 2009 los ministros encargados de la gestión del agua anuncian planes de racionamiento «temporales» con soluciones que dependen de las fuerzas de la naturaleza. La crisis se ha intensificado en zonas que tienen años sin suministro por tuberías y el ciudadano promedio alcanza menos de 40 horas de agua a la semana


Once años llevan los caraqueños sin contar con un servicio de agua regular. Abrir los chorros y lograr que salga agua por las tuberías se volvió algo extraordinario, un lujo, un recuerdo, una idea lejana y ajena.

Al ministerio encargado de la gestión del agua le han cambiado el nombre cuatro veces, 13 ministros del chavismo han desfilado junto a una larga lista de excusas, pero en ningún caso han podido explicar por qué lo que se suponía era un plan de racionamiento asociado a la sequía, lleva más de una década empeorando hasta convertirse en una ausencia absoluta del suministro que le está costando la salud y la calidad de vida a más de 5 millones de personas que habitan la Gran Caracas, un área que cuenta con un sistema de distribución instalado que se podría surtir de los 10 embalses que lo rodean.

Gota a gota secaron las tuberías

En 2009 Hidrocapital, la empresa estatal responsable del suministro de agua en la Gran Caracas, presentó el génesis de lo que sería el primer plan de restricción del servicio, que fue denominado Plan de Abastecimiento, a pesar de que se trataba de una disminución.

El Gobierno evitaba usar la palabra racionar porque según la explicación del entonces presidente de Hidrocapital, Alejandro Hitcher, habría una reducción del suministro pero garantizaban que se iban a mantener los 250 litros al día por habitante, solo que dentro de un plan normativo por si se presentaba incapacidad de entrega por el bajo almacenamiento o por problemas técnicos en las tuberías.

«Es una oportunidad para que los caraqueños comencemos a consumir nuestros 250 litros por habitante al día. Caracas en condiciones normales recibe 18,5 metros cúbicos por segundo, lo que corresponde a 400 litros por habitante”.

El funcionario consideraba que más de 250 litros por habitante representaba un mal uso del líquido: “la meta es reducir este consumo y dejar de ser una sociedad que vive del derroche para ser una sociedad consciente”. La medición a la que hacía referencia Hitcher responde a lo que establece la gaceta sanitaria No. 4.044 del Ministerio de Salud publicada en 1988, la cual indica que en el medio urbano se deben proporcionar 250 litros de agua al día por habitante y en el rural 150 litros. En 1988 las mediciones le daban a los caraqueños hasta 400 litros de agua diarios por habitante.

Después de tres meses de aplicar ese primer plan, la promesa oficial era que el almacenamiento permitiría aguantar hasta mayo, cuando comenzaba el período de lluvias y el suministro se regularizaría. Era mayo de 2009.

José María De Viana, ingeniero especialista en el tema de agua y expresidente de Hidrocapital, explicó a TalCual en 2018 que el problema no tenía que ver con los ciclos de la naturaleza sino que radicaba en que el sistema de transporte y la red de tuberías que distribuyen han sido desmantelados por fallas en el mantenimiento y por lo tanto están operando a la mitad de su capacidad: a Caracas están llegando entre 5 y 6 mil litros menos de agua que la recibida en 1999.

“Las ciudades no dependen de la sequía o la lluvia porque para eso se construye infraestructura de almacenamiento de los meses húmedos para los meses secos. Pero si le echamos la culpa a Dios, lo que queda es rezar para no asumir la responsabilidad de las fallas en el mantenimiento y las consecuencias de estar 20 años operando mal el sistema”, aseguró De Viana. El ingeniero apuntaba que tampoco había crecido la infraestructura desde hace 60 años, tiempo de la construcción de los acueductos y sistemas urbanos de los cuales aún depende la ciudad.

El sistema Tuy I y II inició operaciones en 1967 y 13 años después se inauguró el Tuy III, en 1980. En 1998 el chavismo recibió su gestión con el embalse de Taguaza recién operativo. Para completar el sistema faltaba el Tuy IV que fue una promesa de 20.000 litros de agua por segundo que el fallecido Hugo Chávez le ofreció a Caracas en 2005 para ser inaugurado en 2010. Ya cumplió su primera década de retraso.

Rezar o la danza de la lluvia

En 2014 Hidrocapital publicó un Plan de Racionamiento por zonas, un esquema que se había instalado disimuladamente cinco años atrás. En el mismo año 2014, el resto de los países de la región tomaba previsiones ante el alerta de entes internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) que había emitido un informe por la proximidad del fenómeno meteorológico El Niño. Venezuela no tomó previsiones ante los efectos, a pesar de que la advertencia señalaba que podía ser el más intenso en 65 años.

2015 se había registrado como el año más caluroso de la historia, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y al llegar 2016 la única acción concreta del gobierno venezolano fue cambiarle el nombre al plan: lo llamaron Abastecimiento Especial de agua, porque ya los niveles de los embalses eran tan bajos que desde el 4 de enero de ese año toda Caracas, Guarenas, Guatire, Valles del Tuy, Barlovento y los Altos Mirandinos tendrían que sufrir más días de racionamiento por semana, debido a los límites en rojo que presentaban los 18 embalses más importantes del país.

La presidenta de Hidrocapital para el momento, Evelyn Vásquez, hoy ministra del renombrado despacho de Atención de las Aguas, informó a comienzos de 2016 que el embalse Camatagua no estaba seco pero tenía tendencia baja, igual que el embalse Lagartijo. Las medidas que arrojaba Camatagua para ese año garantizaban 400 días de abastecimiento. Lo mismo ocurría con el embalse Agua Fría, que abastece a Los Teques y El Jarillo, y el de Taguaza que provee agua a Guarenas y Guatire; todos habían disminuido su volumen.

Ese nivel crítico también afectó el nivel del embalse de Guri, encargado de generar la energía hidroeléctrica a 80% del territorio nacional.

Los efectos de la falta de previsión que dejó el fenómeno El Niño, no solo complicó la situación del agua sino que apuntaló una nueva crisis que venía en proceso: la electricidad. El país siguió a través de las cámaras el día a día de las autoridades que de nuevo apelaban a las fuerzas de la naturaleza para que lloviera y así los niveles del embalse de Guri podían subir y con ello la promesa de que esto evitaría el otro racionamiento, el eléctrico.

El ministro de Energía Eléctrica de entonces, general Luis Motta Domínguez hablaba de «buenos pronósticos». Y por otro lado Ernesto Paiva, ministro del área que se llamaba Ecosocialismo y Aguas, pedía a los ciudadanos «comprensión ante la necesidad de hacer ajustes». De nuevo como sus antecesores hablaban de una medida temporal porque al llegar las lluvias se estabilizarían los niveles de los embalses.

Caracas, Miranda, Vargas e incluso parte del estado Aragua pudieran surtirse en casos de emergencia por una infraestructura conformada por los 10 embalses que lo rodean: Lagartijo, Ocumarito, La Pereza, La Mariposa, Camatagua, Quebrada Seca, Taguaza, Taguacita, El Guapo y Agua Fría, este último surte por un conducto de gravedad al embalse de Macarao que aunque existe desde el gobierno de Antonio Guzmán Blanco y tuvo una capacidad de 186.000 metros cúbicos, hoy no puede suministrar agua ni siquiera a la población más cercana que vive en esa parroquia.

Coronavirus | Hidrocapital endurece el racionamiento de agua en medio de la cuarentena

Camatagua que es el embalse con mayor capacidad y puede almacenar 1.500 millones de metros cúbicos no puede cubrir la demanda por sí solo. La explicación técnica es que el tubo nada más puede extraer 9 metros cúbicos de agua por segundo y el de Taguaza 5,5 metros cúbicos por segundo, lo que quiere decir que a pesar de que la capacidad de almacenamiento es alta, no se puede garantizar la misma capacidad de distribución. Así que cada vez que las autoridades rezaban por una lluvia profusa para que se llenaran los embalses, el problema se mantenía hasta que no se atendieran los sistemas de distribución.

Por falta de recursos no sería. El Plan Nacional de Agua presentado oficialmente en noviembre de 2013, el primer año de gobierno de Nicolás Maduro, contemplaba un desembolso de 16 millardos de bolívares con el fin de atender el mantenimiento y ampliación del sistema hídrico a cargo del Ministerio de Ambiente que se aprobarían progresivamente hasta 2019. La firma para el presupuesto de inicio hace siete años fue de mil millones de bolívares.

Un año con el agua de recuerdo

Hace tanto tiempo que no llega el agua en la urbanización El Araguaney, de El Junquito, que sus habitantes dejaron de contar. «Hace diez años llegaba de vez en cuando, una dos o tres veces al mes y duraba dos o tres días, pero esa frecuencia fue disminuyendo hasta que no llegó más nunca», detalla Juan Pérez. Le queda como un recuerdo un día de 2019 en el que mandaron agua, «pero los tubos de la calle donde vivo estaban tan oxidados que se reventaron por todas partes. Después no llegó más».

Los vecinos aprovechaban un chorrito de agua ubicado a dos kilómetros de la urbanización, que bajaba de un cerro para llenar pimpinas, tobos o cualquier envase, pero este recurso también desapareció. «Quedaba la posibilidad de pagar una cisterna, cosa que ahora tampoco se puede hacer porque es muy caro», explica Pérez. En la zona, una cisterna de 4.500 litros de agua cuesta entre 25 y 30 dólares, pero como no todos tienen para pagar, entre varios reúnen, la compran y dividen el recurso, pero consideran que «tienen el agua más cara del mundo».

Como las tuberías quedaron de adorno empezaron a aprovechar la lluvia para recoger y armaron unos tubos para recolectar la que caía en el techo. Ahora solo les queda pedirle a los vecinos con carro que los lleven a buscar agua en una urbanización cercana que tiene un pozo, «pero ahora nadie tiene gasolina. Ojalá lloviera, por lo menos», dice.

Para Pérez la urbanización debería llamarse Ar-agua-ney, «agua no hay, na nai, na nai». Paradójicamente, en la entrada de El Araguaney hay una estación de bombeo de Hidrocapital, pero en vez de agua lo que llueve son excusas. «Siempre vamos al portón y hablamos con los encargados, nos hacen promesas, nos dan alguna falsa esperanza, aseguran que mandarán agua en dos o tres días, que a ellos tampoco les ha llegado nada».

Hace dos años trancaron la vía principal, pero fueron dispersados por la Guardia Nacional y apareció la alcaldesa de Libertador, Érika Farías, haciendo promesas para calmar los ánimos, dijo que pronto resolverían el problema. Juan Pérez se pregunta «¿Qué significa pronto para la alcaldesa? Porque seguimos con sed, sin mantener la higiene, mendigando tobos y rogando a Dios que llueva».

agua

Para aprovechar hasta la última gota «la ropa se lava cuando se puede y con una taza de agua se cepillan los dientes y se lavan la cara». Reutilizar el agua se ha vuelto común en gran parte de los hogares: el agua de bañarse se usa para descargar la poceta, la de lavar ropa blanca se descarga en tobos para las piezas oscuras y la del enjuague se usa para limpiar otras áreas de la casa.

Ya ni siquiera tiene esperanza de que el agua llegue a El Araguaney por las tuberías como algo normal ¿Sabe usted de algo que se haya roto en este país y haya sido reparado? Así vivimos en este país de tercer, de cuarto o de quinto mundo; más bien, inmundo», concluye Pérez.

No es la sequía que ya la tenemos, ahora es la luz ¿dónde la hallaremos?

Los sistemas Tuy I, II y III operan bajo una distribución que se reparte en 14 estaciones principales. Solamente en Caracas operan 86 estaciones de bombeo que impulsan el agua a través de 3.000 kms de tuberías, lo que requiere unos 600 megavatios de potencia. Esto equivale a la cuarta parte de todo el consumo eléctrico de la ciudad.

En 2018, otro de los ministros de Ecosocialismo y Aguas, Ramón Velázquez, asomaba algunos datos. A través de su cuenta en twitter reconocía que los problemas en el almacenamiento de los embalses ya habían afectado la distribución de agua en 30% para los habitantes de Caracas, 50% para la zona de los Altos Mirandinos y 70% para los Valles del Tuy. 

Una cifra que se duplicó en Caracas luego de los apagones masivos de 2019 que dejaron en evidencia que la solución no caería del cielo. La actual ministra Evelyn Vásquez reconoció que se habían dañado las partes eléctricas que hacen funcionar las estaciones de bombeo lo que produjo una paralización total del ciclo de racionamiento del suministro que se prolongó por quince días.

Sin la operatividad de los embalses que pudieran surtir a la ciudad de agua por gravedad, la opción se redujo a la desesperación: así fue como grupos de personas se volcaron durante semanas en marzo de 2019 hacia las riberas del río Guaire en busca de una mínima fuente de agua.

Los apagones resultaron en un preludio de lo que llegó con 2020 y la pandemia de covid-19. La medida de cuarentena impuesta por el gobierno de Maduro vigente desde el 16 de marzo se combinó con una agudización de las fallas en el suministro en el cual ni siquiera los planes de racionamiento tienen sentido, en medio de una contingencia que tiene como principal exigencia la higiene, el lavado de manos frecuente y la limpieza estricta en los hábitos familiares.

A dos meses de la cuarentena, una explosión ocurrida el 14 de mayo dentro de la estación de bombeo de Taguacita, en el estado Miranda, generó una falla eléctrica que afectó el funcionamiento del sistema Tuy II y por tanto dejó sin agua a varios sectores de la ciudad. Dos días antes, el 12 de mayo, se había incendiado el sistema eléctrico de la estación de bombeo 32 en Caujarito, un sector cerca de la carretera Charallave-Santa Teresa.

Los reportes de la encuesta Impacto Covid-19 reseñaba al cierre del 17 de mayo que 73% de los encuestados indicaba «no recibir agua de forma regular» y 21% de ellos especificaba que no contaba con el suministro desde hacía «más de siete días».

La explicación del ministro de Interior y Justicia, general Néstor Reverol, fue que se trataba de un sabotaje, «una explosión provocada, producto de un ataque de manos terroristas”.

La más reciente «solución al problema del agua en las comunidades», anunciada por el Gobierno en la vocería del ministro Reverol ya ni siquiera depende de las bendiciones del cielo: agua exportada «made in China». La crisis solo sirvió para anunciar la llegada de los 100 primeros camiones cisternas de los 252 que el gobierno venezolano le compró a su aliado comercial asiático.

En el anuncio no se hizo mención alguna a la inversión necesaria para la operatividad plena del sistema hídrico de la Gran Caracas, uno de los más grandes y con mejor capacidad instalada de Latinoamérica, pero según el exvicepresidente de operaciones de Hidrocapital, Norberto Bousson, lo invertido en la compra de los camiones cisternas era suficiente para reparar alguno de los sistemas de bombeo.

Mientras en la calle las colas para surtirse de cualquier fuente de agua se multiplican porque de las tuberías en los hogares seguirá saliendo solo aire y penurias.

Tal Cual

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