domingo 19 septiembre, 2021

Abraham

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Néstor Melani Orozco *


Una  tarde, a eso de las siete, venía saliendo  de la Gobernación de Mérida. Pues realizaba el gigante mural dedicado al Libertador, y en una las puertas estaba Abraham.

-Le saludé-

 ¡Y me respondió que tenía horas esperándome!

Le dije, porque no había entrado, y me respondió que no le dejaban porque creían que era un mendigo…

¡Dios de la humanidad!

 Lo invité a cenar, y luego fue conmigo al apartamento de la avenida Las Américas…

Su existencia era de tantas vidas, el mismo caminante de Cafarnaúm, el viajero con Bohórquez, el poeta de la Magdalena, o el que vio el Concilio de Trento.  El de las puntualidades de Sixtina, sabiendo de Vittoria Colonia en las manos del creador, cuando de los tormentos Miguel Ángel la dejaba en sus frescos y ahora, después de 500 años, vive los siglos de aquella promesa de amor.

Y desde la bandera de Francia haber vivido los aromas del grito de la Bastilla. Así vimos esa noche en la ciudad de las nieves al virtuoso misionero Abraham Guerrero.   

Descalzo.

Y con su camisa blanca, como la imagen de un notable hindú.

 En sus notificaciones y en sus testimonios  esotéricos.

Cuántas noches de presentimientos invocó en mensajes de una rivalidad bacteriológica experimentada en laboratorios de naciones poderosas para detener el mundo, lo predijo.

Fue cuando afirmó de los secretos Aimaras y de las claves de Nazca, donde asistió a recibir los mensajes de los enviados.

Un día me habló del desierto de sal del Alto Perú  y describió el misterio del Calendario Nahual. Se atrevió a ir a río Amarillo para hablar de Confucio y regresó describiendo la poderosa esencia del caballo de Pekín. 

Fueron meses interesantes y más de estar en la cima de los Andes. El hablante con académicos de la universidad y con la esperanza de saberse humano. Porque detrás de su ser ha existido un mundo verdadero. Único. Y con sabiduría. Aquel legado muy de él. Y muy de su  propia vida.

Tratado de «loco» por los desconocedores y atendido con méritos por sabios. «Políticos», académicos, misioneros, religiosos y artistas.

 Sin prejuicios  y con una verdadera y justa moral. 

El día que terminé mi inmenso mural lo describí en mis formas y lo dejé pintado en los secretos de aquel lugar.

 El escritor Ednodio Quintero fue a acompañar las soluciones del maestro gnóstico y hasta el entonces arzobispo prestó atenciones a los encantos de sus mensajes una mañana, recorriendo el testimonio de la catedral más hermosa de Venezuela.

Y Abraham, cargado de libros, memorizando sus viajes y describiendo al Amazonas de sabios chamanes, de maestros de la sierra de Santa Marta.  De los códigos del Cuzco. Más en la fuerza de las huellas del Cóndor  en   la ciudad perdida  a otra dimensión en los páramos de las lagunas de La Grita secreta. Fue cuando dijo que «Piedra Grande» era un portal milenario para entrar a un templo.

Hace años lo presencié de guía de la sala de los cubistas del Museo de Bellas Artes de Caracas. Cuando su amigo Oswaldo Trejo le enseñaba sus libros de poesía. Y se dio las invitaciones de D. Ramón J. Velásquez, quien lo esperaba los sábados para desayunar juntos.

 De recibirlo José Antonio Abreu, y de acompañar en horas las creaciones de Mario Abreu. Entre testimonios y una estrella viajera  en los cielos.

Bolivariano como Kamilo Flamarion,  y testigo de las grandes sesiones de los notables en la presencia del reto de Herrera Luque, diciendo la verdad sobre la historia  patria.

Así es Abraham.

Incansable como el viento. Dueño de tantas identidades. Dijo una noche entre cuatros y guitarras, en mi casona solar, entre amigos: …»la tierra es el lugar donde hemos venido para purificarnos»…

Ayer le vi en una esquina de La Grita. Pedía limosna frente a una panadería.  Mientras sus ojos celestes describían los siglos, de un rabino. O del devenir de Hans Hus, el fraile alemán, con los encantos de saber de la Biblia escrita con el cálamo.

 De Buda apareciendo de nuevo para dominar el mundo, más del islam buscando cómo acercarse a los planetas para depositar las verdades del Corán en un lugar del infinito.

Le vi casi vestido de esperanza. Con su Cristo al cuello y barba comenzando a encanecer…

Le vi y me dijo de Medellín con su seminario Eudista, majestuosa arquitectura francesa, igual a la de mi pueblo, quien vino y poseyó de encantos a La Grita del Espíritu Santo y algunos ignorantes destruyeron sin saber entender la grandeza de las culturas.

Se vino conmigo para contemplar el José Gregorio Hernández que he estado pintando  y de aromas casi de un poeta peregrino me narró  cómo el médico santo elaboraba sus trajes con una calidad de fino sastre,  más su realidad de monje cartujo.

Habló de la esencia de Quito, en Ecuador, cuando fue a visitar la «Catedral del Hombre». Y vio pintando a Guayasamin en la verdadera existencia de una original escuela del arte latinoamericano.

Habló de «Chía» en las infidelidades.

 Reafirmando cuando fue a contemplar la ciudad del sol en Perú.  Donde Sucre en su tiempo defendió y restauró…

Recordó los días de Mérida, y el día que me regaló un disco de la música del siglo XVII, en Caracas.

Habló de Dios, reclamando a la humanidad, y desde los testimonios se fue, diciéndome que un día vendrán los mortales con las más grandes conciencias.

Así es Abraham, el virtuoso maestro que se ha dado los lujos de dictar clases de Filosofía en universidades. De ser peregrino a santuarios como el de la casa de Neruda en Chile. En las fuentes del volcán del Chimborazo en Ecuador. La casona de D. Joaquín de Mier, donde se inmortalizó el Libertador en Santa Marta, Colombia.

Abraham de Pamplona en los archivos históricos. Abraham de las fuerzas de Cúcuta. De las librerías de Maracaibo. Del enamorado de Maracay. El personaje visitando la Casa del Congreso de Angostura en Ciudad Bolívar. 

Y de destinos el nacimiento del Orinoco.

 De  meditar sobre Hendels. Nicce, de Ghote en lo purificante de la verdad, sin odios ni exhibicionismos. . . De describir a Unamuno entre viajes de memorias con el sabio español García Bacca, de quien fue su amigo.

Pasan los tiempos. Hay cuarentena.  Un Cristo viajero reclama en la tierra.

Mientras violetas sagradas se abren a los encantos de las gotas del invierno.

Y el misionero, mensajero, continúa su viaje de amor inmenso…

Para que algún día se siembre un árbol  con las esencias del eterno.

 Es Abraham el poeta  viajero. Cronista descrito en las almas más humanas y verdaderas…

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*De mi libro De La Grita al Cielo

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