domingo 9 agosto, 2020
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Aprendizaje pobre

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Gustavo Villamizar Durán

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura –UNESCO, por sus iniciales en inglés- es un organismo que se ocupa, en lo referente a la educación, de todos los aspectos de ella, entre los cuales se halla la calidad de los sistemas educativos en los diferentes países. Proveniente de esa tarea ha surgido en los últimos años, el concepto de aprendizaje pobre que utilizamos como título. Este se define a partir del  porcentaje de niños de 10 años que no pueden leer y comprender un relato simple, algo que le sucede a más de la mitad de los niños que viven en países en situación de pobreza. Aún más, las cifras nada halagüeñas correspondientes a  los países de  seria carencia, señalan que esta proporción se eleva hasta el 80%, lo cual significa que 8 de cada 10 niños que asisten a la escuela en los países en condiciones de pobreza o pobreza aguda, viven esta lamentable circunstancia. Las causas, según los estudios son de diferente índole y diversa procedencia, pero la principal es la pobreza y todas las desgracias que la acompañan.

Aun cuando no nos proponemos explayarnos en la consideración del concepto o enredarnos en un debate sobre la pobreza, a sabiendas de que ella es la causa dominante, es bueno aclarar que la mera superación de ella no basta para modificar las circunstancias educativas, por cuanto hay otras determinaciones que están más cerca de nuestra realidad y requieren atención urgente. En lo tocante a países como  el nuestro esta anomalía no está presente, pero hay otros elementos que pudieran contribuir a una baja considerable de la calidad educativa. Son diversos los factores de riesgo entre los cuales destaca uno de gran relevancia: el modelo educativo que sigue vigente y la condición del  aprendizaje que procura.

Sin ánimos de alarmar, es necesario insistir en que el modelo de educación que existe en el país y en casi todos los del continente y buena parte del planeta, es obsoleto por demás y no alcanza a atisbar las nuevas realidades y paradigmas y mucho menos, puede responder a ellos. Es un modelo transmisivo-magistocéntrico, en el cual la conducción y el protagonismo siguen centrados en el adulto maestro que sabe y por tanto,  administra y transmite el saber al alumno que no sabe. Son estos los elementos centrales de la enseñanza, los que a su vez determinan las características rutinarias de la práctica pedagógica. El discente es un ser pasivo que recibe y memoriza saberes para exponerlos en evaluaciones fuera de criterio, pero no los produce, como tampoco los aborda o procesa y generalmente, no los comprende. Nuestra escuela insiste en mantenerse lejos del entendimiento, el raciocinio, el cultivo y la ampliación del pensamiento, el análisis y mucho más, de la producción de saberes. Por ello, aunque no se llegue a las terminantes realidades que describe la Unesco en los países más pobres, corremos el riesgo de que en breve tiempo resultemos en una situación de aprendizaje pobre determinada por el carente sistema educativo que continúa rigiendo en nuestras sociedades.

Requerimos una educación que aliente y forme para la vida, el conocimiento, la creación, el pensamiento libre y sólido, para lo cual no sirven la atención y la memoria como funciones básicas de la mente, sino las más relevantes funciones de la inteligencia humana, apoyadas en la duda, la interrogación, la búsqueda de respuestas que generan nuevas preguntas y sobre todo, el afecto y el reconocimiento del otro distinto y diverso.

 

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