Ayer el corralito argentino, hoy el corralito venezolano

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A comienzo del siglo XXI, Argentina pasó por una fuerte crisis económica, proveniente de la inestabilidad política acaecida en los últimos años del siglo XX y a la imposición de una política económica desacertada de los sucesivos gobiernos. Frente a ese espantoso panorama, el gobierno radical de Fernando de la Rúa decretó el corralito bancario, el cual consistió en la restricción de la libre disposición de dinero en efectivo, de plazos fijos, cuentas corrientes y depósitos en cuentas de ahorros guardados en los bancos, así como las cajas de ahorros impuesta por el régimen de entonces, con la finalidad de impedir la salida de dinero del sistema bancario, para evitar una ola de pánico bancario y el consiguiente fracaso del sistema financiero. Semejante expresión para cercenar la libre circulación de dinero adquirió singular popularidad en otros países, donde aplicaron medidas parecidas. El famoso corralito desencadenó una serie de protestas de los poseedores de los ahorros. Las mismas fueron de diferentes índole, hasta los llamados comúnmente “cacerolazos” (cualquier parecido con los cacerolazos dados a Maduro es pura coincidencia…).

La inestabilidad económica creada a raíz de esta medida, puso en aprietos al sistema financiero argentino y al régimen de la Rúa, quien se vio obligado a renunciar después de la denominada crisis de 2001, debido a la situación de disolución e inestabilidad política, social y económica del país, extendida durante varios años. Entre las prohibiciones, para los depositantes contenía: “Los retiros en efectivo que superen los doscientos cincuenta pesos ($ 250) o doscientos cincuenta dólares estadounidenses (U$ 250) por semana, por parte del titular o de los titulares… y las transferencias al exterior, con excepción de las que correspondan a operaciones de comercio exterior, al pago de gastos o retiros que se realicen en el exterior a través de tarjetas de crédito o débito emitidas en el país, o a la cancelación de operaciones financieras o por otros conceptos, en este último caso, sujeto a que autorice el Banco Central de la República Argentina?”. Entre las consecuencias derivadas de la restricción brusca de la liquidez monetaria, se produjeron entre otras estos desbarajustes: extinguieron al movimiento económico, paralizaron el comercio y el crédito, interrumpieron las cadenas de pago y ahorcaron a la economía informal. Además, la tensión social se incrementó, pues la medida resultó muy impopular. En alusión al proverbio, resultó la medicina peor que la enfermedad; dichas medidas aplicadas por emergencia deterioraron la situación económica, política y social del país sureño. A tal efecto, a partir de esa fecha hasta unos cuantos años más, la situación en Argentina fue complicada y de resultados desastrosos. El peso de la deuda externa ahogaba al gobierno, incrementaba el déficit fiscal y asomaba las posibilidades de una corrida bancaria. Es decir, el propósito del gobierno produjo resultados adversos. Entre ellos tuvo los siguientes: aumento de las tasas de financiación, menor recaudación de impuestos, recorte de servicios sociales, mayor recesión, deuda y déficit, dudas sobre la capacidad de pago y ante el nerviosismo se inició la fuga de depósitos bancarios.

Al comparar el desastre argentino de esos años con el escenario que padecemos los venezolanos, hay alguna similitud, pero a la vez en fases de diferentes matices. Mientras allá en la nación gaucha la crisis destrozaba la economía y el bienestar de sus habitantes, el Gobierno decretó medidas para ablandar sus dificultades. Sin embargo, las mismas originaron efectos contrarios a los deseados por los gobernantes. Mientras tanto en Venezuela el desgobierno socialista no sabe dónde está parado, su ineptitud obnubila cualquier solución a los aprietos que padecemos diariamente y se vislumbra en profundizarse a corto y mediano plazo y además su ceguera, sordera y testarudez no lo deja actuar con sapiencia frente a la gravedad de la crisis que ha destruido y acabado con el otrora país de inmensos recursos naturales, humanos, tradición democrática, de lucha para defender y consolidar sus derechos.

Ahora, nos acogota nuestro sistema de vida una actitud y pasividad de los jerarcas gubernamentales para solucionar los errores, desaciertos, omisiones y carencia de tino para hallar una rectificación del desastre creado e incrementado por los mediocres chavistas-maduristas que sólo ven las ínfulas socialistas hambreadoras, creadoras de pobreza y de desunión de la población venezolana. Si ayer el corralito argentino hizo desastres, hoy el “corralito venezolano” ha aumentado su desatino. Allá, no había para esa época tanto desastre en el gobierno y en los diferentes sectores del país. Aquí, hoy sufrimos un corralito en los recursos económicos depositados en los bancos (solo sacamos migajitas de los ahorros), padecemos desabastecimiento abismal de productos alimenticios, bienes y servicios (escasez atroz de medicinas, gasolina, gas y cualquier artículo esencial para adquirir).

En conclusión: estamos en presencia de un infernal corralito no decretado por el Presidente de la República y sus bisoños colaboradores. Los mismos han dejado correr la arruga de la ignorancia, incapacidad y la idiotez en el manejo de los asuntos públicos. Por el contrario, solo escuchamos reiteradamente pamplinas en sus alocuciones, en lugar de plantear políticas, medidas y soluciones ante los agudos trances que experimentamos continuamente. La crisis se mengua al ofertar soluciones concretas a la misma y no hacer el ridículo de ofrecer despojos sociales, en vez de plantear soluciones serias ante la ruina de la economía y las engorrosas dificultades padecidas continuamente.

Si ayer el corralito argentino puso en ascuas a su población, hoy el corralito venezolano nos tiene destrozados, compungidos y casi locos.

Exhortamos al gobierno socialista a rectificar antes que sea demasiado tarde y conduzcamos al país por el despeñadero sin salida. Después del ojo afuera, no vale Sana Lucia… (Alejo García S.)

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