Calvero y los sueños: Se nos fue el jardinero

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Cuando muere un jardinero, igual que cuando muere un poeta, lloran las rosas y los santos. El jardinero es un ser bendito porque conduce a las espinas al altar de la belleza, él sabe que la humanidad está en las flores .Qué sería de nuestros ojos sin ellas. Murió el viejo Luis Ibarra, el que hacía pensar a las rosas, y cuando las veía crecer musitaba ante Dios: «yo existo». Murió el jardinero, el del jardín de la Urbanización Las Mercedes en la Cuesta de «El Espinal», el que llenaba de flores y las cuidaba en los jardines de !as casas mercedarias como la mía. Su jardín era una «fiesta de los espíritus» que no hacen morir los corazones: flores, lechozales, camburales, aguacates, limones, auyamas, guanábanas. Aquel pequeño erial lo transformaron sus manos en un jardín florido de almas y aromas,»forma de una forma» bella, diría Schiller. El viejo Luis y sus flores eran los propietarios de esa «tierrita de nadie», y cuando la vieron bella y sembrada de bálsamos y colores, le aparecieron propietarios que buscaron desalojarlo.! Cómo sufría mi viejo con aquellos invasores!. Pero Luis Ibarra se abrazaba a su jardín y a su viejo mesón donde preparaba sus comidas y  bebidas y se aferraba a las sombras del limonero. Parecía un solitario, pero nadie está solo junto a las rosas y los pájaros, ni junto a sus hijos Luis y Arnaldo, que le aliviaban los dolores de sus males.

Se nos fue el jardinero, viejo, flaco y pobre, pero las rosas lo colmaban de bendiciones y su urna fue acompañada con flores de su propio jardín.

En la historia de la ciudad también están las manos constructoras de los jardineros, como las del viejo Luis Ibarra, que la llenan de piedad y de belleza. Cuando muere un jardinero, lloran las rosas, los santos y mi ciudad.

Adiós viejo amigo, y gracias por haber sembrado en mi jardín las rosas rojas más bellas y necesarias que existen, adiós. (Temistocles Salazar)