sábado 28 mayo, 2022
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Covid19 y migrantes venezolanos retornados: miedo y solidaridad

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Francisco Javier Sánchez C.

Vivimos una pandemia por el coronavirus Covid19, declarada en marzo por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las primeras noticias llegaron en enero, cuando China advirtió de un nuevo tipo de neumonía en Wuhan, si bien los médicos habían señalado la preocupante situación en diciembre de 2019. Para el 10 de abril, la cuenta mundial de personas contagiadas sobrepasa el 1.600.000, con algo más de 96.000 fallecidos. En Venezuela, la cifra es de 175 contagios y 9 fallecidos, mientras la vecina Colombia tiene 2.473 infectados y 80 fallecidos. En la zona de frontera más activa de ambos países, hay tres contagiados y ningún fallecido para Táchira, y en Norte de Santander son 40 contagiados y tres fallecidos. Son datos de la OMS y de la Universidad Johns Hopkins.

Tres asuntos claves con esta primera pandemia global. El primero es, precisamente, que se da en un mundo globalizado en casi todos los órdenes, no solo el económico; el político se le resiste a la gobernanza, hoy expuesta ante las falencias de la respuesta mundial. El segundo, la rapidísima propagación por las gotículas expulsadas por alguien contagiado, incluso asintomático, al hablar, estornudar o toser; en un mundo donde en menos de 24 horas, alguien puede ir de Wuhan a Londres, Johanesburgo, Sidney o Nueva York, el Covid19 llega a los confines de la tierra. Lo tercero, el nuevo tipo de neumonía en sus casos más graves, amerita respiración mecánica que solo puede darse, hoy día, en unidades de cuidado intensivo (UCI) bajo vigilancia médica, la capacidad disponible se ve sobrepasada.

Esta perspectiva es necesaria para entender porqué el nuevo coronavirus ha causado pánico global. Lo han señalado claramente intelectuales como Mario Vargas Llosa, filósofos de la talla de Adela Cortina, Yuval Noah Harari o Fernando Savater: el miedo al contagio de un virus desconocido que implica la posibilidad de la muerte, ha puesto de presente la realidad de la finitud física. En este mundo posmoderno, bastante dado al hedonismo, la fiesta sin fin, la alegría circunscrita a lo material, la apariencia de eterna juventud, el atávico pavor a la muerte penetra hasta los huesos, ha retornado de sopetón para todos los seres humanos por igual porque a todos es común, tabula rasa, aunque lo olvidemos u obviemos. La realidad de la muerte nos produce miedo, incluso pánico, emoción natural que está ahí, siempre al acecho.

Venezuela sufre una migración forzada de sus nacionales desde hace veinte años, con punto de inflexión en 2015, lo que ha llevado a cerca de cinco millones de personas a huir del país, según cifras del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), debido a la crisis humanitaria compleja, sistemática y en todos los órdenes de la vida nacional, si bien de origen político. Ahora, la pandemia, que no deja país sin tocar, y para la que las medidas más eficaces incluyen, en primer orden, el aislamiento en los hogares y la suspensión o cierre de la mayoría de los puestos de trabajo no esenciales, ha significado una nueva situación de vulnerabilidad para estos venezolanos, en su mayoría pobres que no pudieron seguir viviendo en su país, pero que ahora tampoco pueden hacerlo en los países de acogida, debido a que la mayoría se quedó sin fuentes de ingresos, porque tenían trabajos precarios o ambulantes. Por ello, decidieron retornar a Venezuela, donde cuentan con la solidaridad de familiares y amigos, con la sensación de estar “en casa”, y así, en lugar de pasar frío y hambre a la intemperie en las ciudades donde vivían, pueden encontrar consuelo en el hogar y la mesa de los suyos; ya se sabe: donde come uno, comen varios.

La respuesta de las autoridades que reciben en Táchira a esos migrantes forzados retornados, ha sido realizarles pruebas rápidas y albergarlos, primero, en San Antonio, luego también en Rubio y San Cristóbal, y los han puesto en instalaciones educativas, algunas deportivas y otros sitios, todos inadecuados si no se acondicionan con literas, baños y duchas, separación por familias y género, grupos de riesgo y otras categorías; el primer problema es que esos sitios no cuentan con servicios públicos básicos, entre otros, agua y energía eléctrica que fallan constantemente, tampoco comedores. Hay opciones, según los protocolos de la OMS y el sentido común: en primer lugar, quienes den negativo en los tests, deben ser enviados a su ciudad de origen, los venezolanos volvieron para encontrar refugio y consuelo en su hogar y pasar allí la cuarentena bajo supervisión, para ello, es necesario un operativo aéreo y/o terrestre. Quienes den positivo en las pruebas rápidas, y mientras se hacen las PCR, pueden albergarse en instalaciones militares, sobre todo las de formación, algunas sin mayor personal, el campamento La Trampa junto a la presa La Honda, también el hotel El Tamá, que cuentan con habitaciones con camas, baños, cocina y otras facilidades que sí servirían al propósito de hospedar y mantener en cuarentena a los connacionales que no ameritan hospitalización, con las separaciones debidas. Quienes sufren de síntomas moderados o más agudos, deben ser enviados a los centros de salud respectivos.

 

Las medidas ineficientes para contener el Covid19, sin coordinación con gobiernos regionales, que juntan a los venezolanos retornados en un mismo lugar, sin condiciones de salubridad y correcta separación, hacen que aumente el riesgo de contagio, además del impacto en la disponibilidad de asistencia si llegan a desarrollar gravemente la enfermedad, por la posible congestión de las UCI debido al estado deplorable del sistema de salud, según reportan agencias de la ONU. La gobernadora del Táchira ha hecho señalamientos responsables al respecto. Ante esta realidad, el miedo aflora.

 

Ahora, el miedo al contagio no puede ser ni paralizante ni insolidario, por el contrario, debe llevar a exigir medidas acordes a los criterios sanitarios aceptados, y a que quienes deben adoptarlas, asuman su plena responsabilidad con el venezolano migrante retornado, que tiene el derecho constitucional a regresar y a un trato digno por parte del Estado, también de la sociedad. El Táchira es reconocido por sus valores con profunda raíz cristiana: cordialidad, solidaridad, resistencia ante las adversidades. Una sociedad que ha sabido enfrentar al autócrata de turno y que ha sufrido por ello, conoce de primera mano la necesidad de la solidaridad en tiempos convulsos; toca a los tachirenses cumplir con su responsabilidad, sin discriminar, y exigir a quien ejerce el poder que asuma sus obligaciones. Como ha dicho el P. Rainiero Cantalamessa, en su homilía de la Pasión en la Basílica de San Pedro, no puede ser que tanto dolor, muertos y el compromiso heroico del personal sanitario sea en vano. “Construyamos una vida más fraterna, más humana y más cristiana”.

*Abogado experto en Derecho internacional, relaciones internacionales y estudios políticos. Profesor universitario.

 

 

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