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Inicio/Opinión/El almanaque, la fe y el báculo contra la barbarie

Opinión
El almanaque, la fe y el báculo contra la barbarie

sábado 7 noviembre, 2026

El almanaque, la fe y el báculo contra la barbarie

Leomagno Flores

Hay historias que no verás en los libros de cronología global, pero que terminan de sellarse en la humilde pared de un hogar venezolano. Con la venia de mis lectores hoy voy a contar la mía, que comenzó a definirse el 11 de abril de 1950. En aquellos años de mediados del siglo XX, las casas y bodegas de nuestro país albergaban un habitante silencioso pero imprescindible, como lo era el almanaque de pared. Consistente en un solo pliego de papel, ancho y largo, aquel calendario de un vistazo dictaba el ritmo de los días, las fases de la luna para la siembra y, de manera copiosa, el santoral católico.

Cuando mi madre regresó de la maternidad conmigo en brazos, mi abuela Juana la esperaba con la mirada fija en ese pliego de papel periódico pegado a la pared. Con la autoridad y la devoción de las matronas de la época, le pidió a mi madre que me bautizara con el nombre del santo que correspondía a ese día. Así, por el mandato de un almanaque y la fe de mi abuela, pasé a llamarme Leomagno.

Mi madre, que se llamaba Rosario, aceptó el designio sin saber que el destino jugaría años más tarde una hermosa pirueta geométrica con el calendario. En la Venezuela de 1950, la Iglesia celebraba el 11 de abril a san León I Magno, el Papa número 45 del catolicismo. Sin embargo, tras la reforma litúrgica de 1969, la festividad del santo se trasladó al 10 de noviembre, el día exacto de su fallecimiento en el año 461.

Por una conmovedora coincidencia, el 10 de noviembre era también el día del nacimiento de mi madre Rosario. Mi abuela Juana partió al encuentro del Señor sin ver esta modificación; mi madre, en cambio, sí llegó a ver cómo el santo de su hijo terminaba celebrándose el mismo día en que ella había llegado al mundo.

Crecer bajo el ala de este nombre moldeó mi propia vocación. Al convertirme en abogado especialista de Derecho internacional Humanitario, entendí que los nombres a veces trazan mapas en el alma. La historia recuerda a León Magno como un gigante de la diplomacia pacifista y el valor civil. En el año 452, cuando Atila, el temible rey de los hunos, apodado el “Azote de Dios”, avanzaba implacable dispuesto a arrasar con Italia, el anciano Papa salió a su encuentro a orillas del río Mincio. Detuvo al bárbaro armado únicamente con su fe, su palabra y su báculo pastoral —su cayado—. Tres años después, en el 455, repitió la hazaña ante Genserico, rey de los vándalos, logrando mediante la elocuencia y la autoridad moral que se respetaran las vidas de los habitantes y que Roma, cuna del saber, no fuera reducida a cenizas. Su claridad teológica fue tal que, durante el Concilio de Calcedonia, los cardenales exclamaron al unísono: “San Pedro ha hablado por boca de León”.

Fascinado por ese cruce entre la negociación, la contención del conflicto y la protección del conocimiento, decidí canalizar mi nombre a través de dos herramientas fundamentales para servir a mis semejantes: la docencia y la política. En las aulas y en la arena pública he intentado honrar ese legado, entendiendo que la política verdadera no es el ejercicio de la fuerza, sino la construcción de puentes, y que la educación es la única forma de blindar a las sociedades para que las cunas del saber no vuelvan a ser saqueadas por los bárbaros de turno.

Hoy, contemplando el siglo XXI, el eco de mi nombre se entrelaza de forma asombrosa con los desafíos del presente. El mundo actual observa con esperanza la guía del actual Sumo Pontífice que, al ser investido como el Papa número 267 de la Iglesia, en conmemoración de su antecesor el papa magno, escogió el nombre de León XIV; quien en un tablero internacional fragmentado por nuevos nacionalismos y guerras abiertas, resuena con la misma firmeza de su lejano antecesor, abogando por una diplomacia del diálogo frente a la diplomacia de la fuerza, y recordando que una paz duradera y desarmada es el único camino viable contra la autodestrucción humana. León XIV defiende el multilateralismo y las instituciones globales, plantándose como un faro moral en medio de la niebla contemporánea.

La barbarie que amenazaba a la Roma del siglo V no es muy distinta a la que hoy asedia al orden global, vestida a menudo de intolerancia, deshumanización y violencia material o espiritual. Nuestra época clama con urgencia vital por líderes con esa estatura ética. El siglo XXI necesita faros de autoridad moral que, cargados de una fe inquebrantable en la dignidad humana, sean capaces de plantarse ante las fuerzas destructoras de nuestro tiempo y hacerlas retroceder. En memoria de Juana, que miró el almanaque, y de Rosario, que me dio la vida, desde las aulas y la tribuna política sigo creyendo que un solo báculo sostenido por la verdad y la palabra sigue siendo más fuerte que cualquier ejército de Atila.

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