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Inicio/Opinión/El barbero de la calle de La Parada

Opinión
El barbero de la calle de La Parada

miércoles 2 septiembre, 2026

El barbero de la calle de La Parada

Néstor Melani-Orozco

En un lugar como si fuera de tres espejos, estuviera la heredad de Sevilla y un retrato del General de Michelena casi descolorándose presenciaba las ceremonias de Eularico el Barbero de la calle de La Parada, mientras un radio de cilindros alemán dejaba escuchar la voz de los tangos de Gilberto Belmonte Becerra en Ecos del Torbes.

Mientras muchos clientes asistían a la ceremonias del corte de cabellos. Y el dichoso mudo, el ayudante, venido de Santo Domingo elevaba las tijeras para adivinar las ceremonias como un Padre Nuestro de cada sonar de la campana de la torre de la iglesia del Santo Cristo de los Milagros. Mientras debajo de la mesa se guardaba una bandeja de plata donde se almacenaban las monedas del día del trabajo. Todo estaba allí en la sala del Barbero, hasta la bandera tricolor enrollada y muy detrás de la puerta; casi en un rincón en una pintura de Pepe Melani se escenificaba una pelea en una fiesta dominguera campesina donde hasta guitarros e instrumentos eran rotos por la perrera y a través de una ventana sacaban una mujer herida. Esto sucedía en los dibujos del bucólico pintor, como debido de un retablo de un óleo de Gericault, el artista de Francia. Mientras un curioso le preguntaba a Don Ularico por la escena pintada en el cuadro y el Barbero entre dientes y mirando por encima de los espejuelos contestaba: “Esto fue la Noche de Andrea en El lugar de judío, en Campoalegre, allá en Caricuena. La noche de Fermin en la casa de los Andrade. Fue en una matanza por celos”.

 La radio anunciaba las propagandas y el locutor J. J. Mora predicaba los momentos de anunciar el venidero año de la vuelta al Táchira en bicicleta, para dejar sentir al barbero colocarse su cachemir y su corto sombrero y dirigirse a la misa. Dejando a Eladio el mudo encargado de los cortes de pelo. Pasaron los tiempos y en la calle vieja de La Parada de aquella ciudad con aleros donde aún el reloj de la torre, de la inmensa catedral, regalo del presidente López Contreras a través del coronel García, continuó girando los sueños. Y el Barbero guardado en los recuerdos. Un día de años el Dr. Mario Briceño Perozo narró la existencia del Barbero aun dejando de saber qué eran sus clientes desde el prefecto municipal y cantor Héctor Paredes Márquez, el jurista Ramón J. Velázquez que asistía junto al boticario Julio Mora y después almorzaban en la pensión de las Avendaño. Más el legendario Reynaldo Flores y hasta el reverendo Raúl Méndez Moncada. Entre soldados del cuartel Junín, hortelanos eternos y brigadieres del Liceo Militar. Fue de encantos volver a sentir el aroma de las colonias y de amor una rosa Blanca se guardó en un libro de versos en la vitrina donde se durmieron las tijeras. Y un día con los años un maracucho viajero “que sí sabía el valor de las artes”, vino y le dio al barbero quinientos bolívares por la dichosa pintura como un secreto perdido de la otra presencia griteña… Eran desde 1963 a 1968. En una era después de 1973. Aún el reloj continúa dando las horas… Y La Grita ahora con 450 años borrando sus pertenencias del alma…

*Artista Nacional. Maestro Honorario. Doctor en Arte. *Cronista del Municipio Jáuregui.

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