Opinión
Los páramos que nos miran: Fábricas de agua que estamos dejando morir de sed
miércoles 2 septiembre, 2026
En el Táchira tenemos montañas generosas. Y las estamos talando sin saberlo
Igor Castillo*
Hay un silencio particular en los páramos tachirenses. No es el silencio de la ausencia, sino el de una conversación que ocurre en otro ritmo. Allá arriba, entre los frailejones y la neblina que se cuela entre las hojas, el agua no nace de un grifo sino de un ecosistema único que lleva miles de años funcionando como una esponja viva. El frailejón no es decoración de postal ni remedio para la tos. Es ingeniero hidráulico. Sus hojas muertas, pegadas al tallo como capas de tiempo, atrapan la neblina, la condensan, la filtran y la entregan al suelo gota a gota. Esa es la fábrica. Esa es la verdadera infraestructura del agua que bebemos en las ciudades. Y esa fábrica está en grave peligro.
Venezuela perdió en 2022 cerca de 200.000 hectáreas de bosque, una tasa que nos devolvió a los niveles de deforestación de los años noventa. La ganadería extensiva y la agricultura anárquica son las principales causas, dejando atrás la minería en magnitud. En Los Andes, la expansión urbana y la deforestación avanzan sobre los humedales y lagunas de altura, algunos de los cuales ya están desapareciendo. Y en el Táchira, donde tenemos la dicha de alzar la vista y ver montañas que aún guardan manantiales de agua pura, seguimos actuando como si esa dicha fuera eterna.
No lo es.
Los ríos andinos nacen en las alturas y alimentan cuencas que llegan hasta el Lago de Maracaibo y el Orinoco. Cuando deforestamos un páramo, no solo perdemos árboles. Perdemos esponja. Perdemos la capacidad del suelo de retener el agua de la neblina y de las lluvias. La escorrentía se vuelve torrencial, arrastra sedimentos, colma embalses, contamina lo que queda y deja los manantiales secos en épocas que antes eran de abundancia.
En el Táchira somos privilegiados. Podemos beber agua que aún no necesita purificador. Pero ese privilegio nos ha hecho cómodos. Hemos normalizado ver los cerros desnudos donde antes había bosque. Hemos aceptado que las quebradas que corrían todo el año ahora son cauces de piedra. Hemos permitido que la frontera agrícola suba sin control, que el ganado pise los nacientes de agua, que la quema para nuevas siembras llegue cada vez más alto. Y lo hacemos, muchas veces, sin maldad: simplemente porque no sabemos que allá arriba, en la neblina, se está decidiendo si tendremos agua mañana.
El frailejón no pide permiso para trabajar. Lo hace desde antes de que nosotros existiéramos como ciudad. Pero necesita que lo dejemos en paz. Necesita bosque a su alrededor, suelo compacto por raíces, una temperatura que no se dispare porque quitamos la sombra. Necesita que no lo talen para abrir potreros que al año siguiente serán polvo rojo. Necesita que no lo pisen como ruta de paso para motos que suben al páramo “de paseo”.
Necesita, en última instancia, que entendamos que su supervivencia y la nuestra son la misma ecuación.
En la Fundación Cultural Bordes, desde el proyecto BICIOLA y desde los talleres de observación de aves que damos a adultos y niños, intentamos construir esa conciencia. No con discursos abstractos, sino mostrándole a la gente a ver con sus propios ojos lo que significa un frailejón goteando en la madrugada, o un colibrí bebiendo de una flor que solo existe allí. Porque la conservación no empieza en un decreto: empieza en el momento en que alguien mira un páramo y entiende que no es tierra baldía, sino tierra de vida.
El Táchira tiene aves maravillosas que necesitan del agua. El Táchira tiene una de las cuencas hídricas más importantes del occidente venezolano. Y eso es lo que ahora necesitamos defender. No con cemento, no con carreteras al páramo, sino con respeto a la altura. Con la prohibición real de la quema indiscriminada. Con la recuperación de los bosques de galería. Con la educación ambiental que convierta a cada tachirense en guardián de su propia agua.
Pero si seguimos talando la montaña que nos mira, llegará el día en que levantemos la vista y no haya neblina que condensar. No habrá gotas que goteen. No habrá río que baje. Y entonces sí nos daremos cuenta de lo que teníamos. Pero será tarde.
Hay páramos que aún nos miran desde la altura. Aún gotean. Aún fabrican agua. Pero no lo harán para siempre si seguimos actuando como quien hereda una casa sin saber que está quemando los cimientos. La montaña nos da agua.
Solo nos pide una cosa a cambio: que la dejemos en paz.
*Biólogo-Ecólogo UCV / Coordinador del Dpto. de Educación Ambiental / Fundación Cultural Bordes / Cofundador Proyecto BICIOLA / @castilloigor
Fotografías: Cristian Durán @cristianelturista
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