Opinión

El campesino, el ataúd y la lluvia

5 de julio de 2024

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Porfirio Parada

Para mi madre, Vidalia Molina

La historia es una crónica local, de aquí del Táchira, pero su cuento tiene la fuerza, la narración y la inspiración de un texto que bien puede ocurrir en otra parte del mundo, en otro continente, con distintas personas y geografías, por supuesto, el relato exactamente no será igual, pero la historia del hombre, sus acciones y reacciones, su misterio y coincidencias, sus vidas prolongadas y errantes, hacen revivir o imaginar paisajes parecidos, vidas y muertes que se pueden encontrar entre pueblos remotos, lugares lejanos, desenlaces paralelos, entre distintas culturas y razas, historias que quizás coincidan o no y se muestran por medio de la escritura, la oralidad, el arte de contar algo, anécdotas de la existencia humana.

El juez Sergio Molina Contreras, la autoridad de la justicia y la ley que alguna vez hizo vida en el Táchira, hermano de mi mamá, mi segundo apellido Molina, lo conocí de niño, hombre de alta estatura, delgado y formal en los movimientos y en las miradas. Mi tío Sergio fue un hombre culto, leído, aparte de las leyes que conocía muy bien, también escribía poesía, era un apasionado por la historia y en especial por la vida y obra del Libertador Simón Bolívar, tanto fue su admiración sobre Bolívar que escribió un libro sobre él. Mi tío vivía en Barrio Obrero, en el corazón de ese sector de la ciudad. La casa era grande, me acuerdo de sus pasillos y la sala.

Ahora el cuento por el que escribo se sitúa en San Juan de Colón. Mi tío Sergio fue la máxima autoridad en la justicia en ese municipio. Mi madre me contó hace muchos años atrás, de manera anecdótica, de ficción y de esos eventos extraordinarios que ocurren en la vida, sobre un caso que vivió su hermano en los años 80. No me acuerdo cuál fue la sentencia, la decisión final entre la demanda, el acusado, los implicados, el proceso, pero luego que ella me contara me dije a mi mismo, que ese cuento merecía ser escrito, como cuento, como crónica, como realidad y como ficción. Bueno al final no sé cómo irá esta narración que voy escribiendo.

Una camioneta que manejaba un campesino, iba en pueblo en pueblo, cerca de los páramos y montañas altas, entre un aguacero interminable, apocalíptico,  con el frio en las pieles, con las gotas desplazadas y retenidas en el vidrio, manejando volando, cielo gris, algunos truenos, y más lluvia. En la parte trasera de la camioneta había un ataúd, sujetado, pero se movía por momentos por la velocidad del conductor y por el ruido y la furia del viento. El campesino quería llegar a su destino y descansar su máquina y de la lluvia alborotada, quería llegar con su ataúd en buen estado, mojado por la furia del clima, climatología muy común en los años 80, en esta región andina de Venezuela.   

El campesino entre montes, curvas, cambio de luces, y acelerando cada vez más, ingresa a la autopista que lo llevaba a Colón, entre pueblos, aldeas y pequeñas casas. El cielo se caía y otros campesinos que caminaban de una aldea a otra no esperaban tanta lluvia al regresar a sus hogares. Uno de ellos camina con mochila, pidiendo la cola por la autopista, era tan duro el aguacero que cuando caminaba sentía que en vez de avanzar el mismo viento lo hacía retroceder algunos centímetros. Este otro campesino saca la mano y el conductor que llevaba el ataúd se detiene al ver al hombre mojado completo, y temblando de frío, le dice que se suba en la parte trasera sin más detalles. El hombre se sube y respira con calma al saber de su traslado.

Le chocan las gotas de forma violenta en el rostro y en el cuerpo, se siente bien porque va en el camión, pero la lluvia es violenta como su desespero para refugiarse. Se sujeta de la camioneta mientras reflexiona del clima y de su estar, durando varios minutos de esa manera. Al rato, el campesino con su mochila ve el ataúd y lo abre, y lo encuentra vacío, decide sin perder tiempo, meterse al ataúd, taparse, y así descansar y secarse de lo empapado que está, busca calor en lo helado. El tiempo en ese momento se detiene porque él se encuentra en la oscuridad absoluta y solo escucha la velocidad de la camioneta, el sonido de la máquina, del viento, del choque de las gotas con el automotor, el choque de las gotas con el ataúd, el frío chocando con la madera donde se encuentra. Se detiene el tiempo porque no sabe el momento ni la hora exacta de llegar, sin embargo, está vivo y refugiado.

Sigue el campesino conductor, metiendo la chola al acelerador, el torrencial aguacero no baja de intensidad, al contrario, entre más kilómetros recorre, más se escucha truenos, se ven relámpagos, el cielo gris se vuelve más gris y oscuro, se alarga el trayecto, no ve la hora de llegar a su destino. Otro campesino camina lento, resignado y desdichado al borde de la autopista. Su cuerpo y mente estaba arropado de lluvia y frío, estaba tranquilo pero derrotado por el clima, caminaba lento hasta que vio la camioneta y sacó la mano, el campesino que manejaba volvió a parar. Le dijo que se montara en la parte de atrás. El campesino que caminaba todo mojado, cambió su semblante al ver la acción solidaria del conductor. Cuando estaba subiendo y al arrancar la camioneta, se quedó viendo con detalles el ataúd entre el aguacero que no disminuye.   

Este segundo campesino repitió la idea del primer campesino, pero el segundo no duró mucho en realizar el movimiento. La lluvia le golpeaba fuerte el rostro, y en una acción inmediata para taparse de la lluvia y descansar luego de caminar muchos kilómetros con el doble peso del agua acumulada en su cuerpo. El primer campesino estaba inamovible, sintió que la camioneta se paró y volvió a andar, pero no se movió, siguió descansando y escuchando los sonidos del clima dentro del ataúd, agarrando calor.

El segundo campesino, sin pensar mucho, al minuto de montarse, ve el ataúd y lo abre de una, anhelando calor, y su reacción fue como si estuviera viendo un muerto vivo. Su psicología, su sentido común, su lógica, su razonamiento entró en crisis en un instante, en milésimas de segundos. Al ver el primer campesino vivo, con los ojos abiertos, pero acostado como si estuviera muerto, le dio miedo, temor, reacción de la psique humana, natural, su mente y cuerpo se olvidó de la fuerte lluvia, se olvidó de su ropa mojada, se olvidó de posibles enfermedades y malestares, saltó sin querer saltar de la camioneta, se tropezó sin querer tropezar, cayó al asfalto mojado y resbaladizo, el cuello se torció como muñeco de plástico. Murió en el acto, su última imagen son las de los ojos abiertos del primer campesino escondido en el ataúd.    

Mi tío Sergio Molina fue el encargado del caso, los familiares del muerto demandando al conductor, y los otros familiares juzgando al primer campesino. El conductor defendiéndose por el hecho que más bien hizo un gesto de solidaridad de pararse y llevarlos a su destino. ¿Cuánta culpa tiene el ataúd en el deceso? ¿Quién es el culpable de los hechos? ¿Qué garantías puede existir un ataúd a la hora de llevar pasajeros en una camioneta descubierta? El caso fue escuchado entre los lugareños de los pueblos y aldeas cercanas, el luto de los familiares llegó hasta otros municipios. La justicia estaba alterada, e incluso confundida por la lógica, la lluvia, el ataúd, y el sentido común. Quien sabe si el campesino conductor trabajaba en una funeraria, o era el ataúd de algún familiar, o lo llevaba para hacer negocios y venderlo, quien sabe.

Hace unos meses atrás entrevisté al profesor y músico Carreto, y luego nos hemos visto por Barrio Obrero, por la Plaza Los Mangos, y entre las anécdotas y risas que compartía conmigo, quedé en el sitio cuando me dijo un chiste sobre una persona que se metía en un ataúd, y luego otra persona haría lo mismo pero se dio cuenta que adentro había otra persona y casi se muere del susto. Cosas de la vida real que parecen ficción o que en algunos casos la supera y solo el humano tiene el valor o la renuncia de afrontar esas situaciones, y seguir viviendo entre la rutina y la fantasía, algunas de ellas, sumergidas en los océanos o en las lluvias de terror. 

Lic. Comunicación Social

Locutor de La Nación Radio 

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