miércoles 16 junio, 2021
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El precio del abandono

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Francisco Corsica


De algún modo, todos los días hago uso de la tecnología. Procuro estar al día con ella dentro de mis posibilidades. Tampoco es que tengamos muchas alternativas: sin ella, las oportunidades en este mundo son mínimas. Sin su uso, se pierde una parte importante del mundo. Quedarse anclado en el pasado no permite avanzar.

Hablando de eso: hace poco tuve que pagar una reparación. Se trataba de uno de esos equipos fundamentales para acceder a internet. El repuesto que se necesitaba era pequeñito, como una caraota. Mejor no hablemos del gasto porque todos conocemos lo que cuesta actualmente la vida. Sí, reír para no llorar. Lo cierto es que había que hacerlo, no podía darme el lujo de quedarme sin internet.

Quien hizo el arreglo me comentó algo importante años atrás: para prolongar la vida útil de los equipos, hay que hacerles de vez en cuando mantenimiento. Tranquilos, no es una gran exigencia lo dicho. Sencillamente no debemos dejar que se acumule el polvo, hay que desconectar los artefactos cuando no se estén usando o estén recalentados, pasar el antivirus de vez en cuando al teléfono y la computadora, y así. Nada complejo. Eso hará que las visitas al técnico puedan demorar unos cinco años, no un par de ellos.

Ese debe ser un consejo para la vida. Extrapolar este conocimiento a otros ámbitos fuera del campo de la informática. Piénsenlo. Todo duraría más tiempo en óptimas condiciones y el gasto en reparaciones sería menos frecuente. Se evitarían algunos dolores de cabeza. Cuando el daño sea irreparable, tal vez tendremos suficiente dinero guardado para sustituir lo estropeado.

Creo que hablo por muchos cuando hago este relato. En todas partes hay deterioro y falta de mantenimiento reunidos. Los daños no distinguen espacios públicos, privados ni íntimos. Ventanas rotas, filtraciones, pantallas partidas, grafitis en las paredes, alfombras de polvo, máquinas descompuestas, losas levantadas, basura en el piso, entre tantas. Son muchas para ser enumeradas. Ahí están, pequeñas o grandes, aquí y en Suiza. Lástima. Da gusto ver las cosas en perfecto estado.

Una de ellas revolotea mi mente desde hace tiempo. No sería un digno pupilo si no fuera así. Lo cierto es que rompe el corazón saber que la Universidad Central de Venezuela no está en condiciones de recibir a la comunidad académica. Duele ver cómo un pasillo cubierto se desplomó a mediados del año pasado. Seguro estoy de no ser el único estudiante que piensa así.

La pandemia y la recesión económica mundial son grandes causantes de que este tipo de cosas ocurran. El dinero que obtienen los gobiernos producto de los impuestos lo están destinando sobre todo al sector salud. La pandemia obligó a dejar muchos sitios vacíos, sin mayores cuidados. Dos factores que unidos pueden causar grandes estragos. Mi alma mater es la viva imagen de ello.

Para bien o para mal, tuvimos que encerrarnos en casa. Ver clases a distancia aprovechando las bondades de la tecnología. Claro, quienes pudimos. Ya imagino aquel campus vacío, al reloj del rectorado sin su chichero y al pasillo de ingeniería sin sus libreros. Debe ser desolador. Excepcional en una universidad con tanta vida como esa. Ahí está, aguardando por nuestro regreso, solita. Solamente el sol es capaz de brindarle calor ahora. Pero bueno: las principales ciudades del mundo también vaciaron sus calles y espacios públicos. Nadie dejó de salir a la calle por gusto.

Ese es el precio del abandono. Ahora tenemos un doble trabajo: vaciar los espacios por una pandemia para luego volver a acondicionarlos. No es mi tarea juzgar si era necesario desolar los lugares o no, pero sí son evidentes las consecuencias de haberlo hecho. Es más: el verdadero problema no es ese, en realidad consiste en no mantener las cosas. Pensar en función de que los objetos durarán para siempre indistintamente de lo que se haga con ellos. Lo material se desgasta y se daña.

Tampoco es mi intención señalar a alguien en particular por esta penosa situación universitaria. Como miembro de esa comunidad me constan los esfuerzos titánicos que hacen las autoridades universitarias, el personal que allí labora y el estudiantado en conservarla lo mejor posible. No es fácil y no puede serlo: unas instalaciones tan imponentes requieren mucho dinero para mantenerlas en buen estado.

Así entendida, la Ciudad Universitaria de Caracas requiere lo mismo que la tecnología para que perdure y podamos disfrutar de sus espacios. Como si fuera poco, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en el año 2000. Otra razón para procurar que permanezca impecable. No debe continuar en su situación actual. Su título y prestigio así lo demandan. Carlos Raúl Villanueva debe estar revolcándose en la tumba al ver su deterioro. Recuperarla es una tarea abrumadora que requerirá de toda la comunidad universitaria, pero hay que hacerlo.

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