En la Ciudad Desteñida

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¡Cómo ha cambiado mi ciudad! Avejentada, se agota y consume aprisa.

A uno, que vive pisando el borde entre mundos nuevos y arcaicos, le cuesta trabajo saber si aún queda lugar para la cívitas, como llamaban los antiguos latinos a las primeras aglomeraciones humanas queriendo vivir civilizadamente o, por el contrario, se cohabita el territorio en una especie de barbarie emergente.

Si se da crédito a la voz del filósofo y exalcalde veneciano Massimo Cassiari (La Ciudad, 2010), de que sin ciudadanos sujetos a una ley común la ciudad no existe; si acaso “formas de aglomeración urbana”, no estamos lejos de quedarnos sin capital. Sin ley faltan ciudadanos.

Hurgando acerca de ciudades antiguas, me percato que, cuando alguien quería referirse a los primeros poblados, indistintamente usaba palabras como: “pueblo” u “hogar”… ¡su hoguera, claro! La raíz indoeuropea “kei”, por ejemplo, alude a “hogar querido”, ese viejo sentir andino ahora esquivo.

Decir “hogar” evoca esa sensación de una cálida cena familiar, al abrigo del fuego encendido. Hoy, de no ser por los “apagones” impuestos cual penitente, ni los amoríos más idílicos convergerían a la luz de una vela.

En el mundo hay capitales que son verdaderos hervideros de gente. Sus estudiosos las miden por densidad poblacional, territorio de qué viven.  No siempre fue así. Cuando Venezuela apenas nacía, ninguna ciudad occidental llegaba al millón de habitantes. Ni siquiera Londres, que era la meca del capitalismo. Kioto o Shanghái son otra historia.

Hoy Tokio o Nueva York engullen entre 20 y 30 millones de habitantes; quizás más. ¡Un gentío enorme! Aun así, es difícil imaginar a sus vecinos tirados en la acera, aguardando horas o días por un servicio elemental. Es más, estas urbes brillan más por su infraestructura y tecnología avanzadas, servicios básicos sensorizados y otras innovaciones “inteligentes” (como sus líderes), que por el número de sus habitantes.

Pero la Ciudad Desteñida se carcome y consume sin dolientes. No ser atropellado impunemente ya es un logro. Parece una mujer descuidada, harapienta…Hace rato perdió la calidez, la tesitura y tonalidad que le adornaban. No se acicala ni aguarda. Por nada ni por nadie.

La Ciudad Desteñida ya no responde al propósito de estos hormigueros llamados “ciudades”.

La urbe surge para convivir y resolver en común: defenderse, tener provisiones, relacionarse…Sus ancestros decidieron coexistir, producir y multiplicarse al abrigo del vecindario. Así aprendieron a valorar el espacio, desde salir a trabajar hasta hacer las primeras colas en los baños públicos, porque esto de hacer fila para todo no es reciente.

Algo debió ocurrir. ¡Parasitar es tan distinto a habitar! La Ciudad Desteñida no seduce ni le atraen pretendientes, si acaso quedan. Tiene ocupantes en lugar de hijos. Su degradación precipitada la afea; apenas asimila su propia decadencia. Indiferentes, a los más pequeños (sin modelado idóneo en casa o en la tele) se les priva del derecho a ser ciudadanos.

Es difícil asimilar aquello de que en la ciudad “hay muchísimos «no ciudadanos», «ciudadanos a medias» y «sobrantes urbanos»”, según una codificación atribuida al papa Bergoglio (Francisco, Evangelii Gaudium, 74). Eso, por no hablar de “los excluidos”.

Hubo un tiempo, antes que enfermara el paisaje urbano, cuando todo era vida y color. De la noche a la mañana, los grandes centros se vaciaron de usuarios y compradores, atraídos por nuevos destinos. La actividad bulliciosa cesó y las gigantografías, que antes proyectaban luminosidad y dinamismo, comenzaron a palidecer y a descolgar en harapos, raídas por el sol, la lluvia y el viento.

Como en un film apocalíptico, desde el día en que sus habitantes partieron con rumbo incierto, en las enormes casas deshabitadas de la Ciudad Desteñida la maleza se prodiga por techos y paredes. Arte, infraestructura, servicios, hombres…huyen por igual o sucumben enfangados.

De las pocas viviendas ocupadas penden, como aretes gigantes, bolsas negras olvidadas por el servicio de aseo domiciliario. Los lugareños, con olfato inmune, se hicieron insensibles al hedor que atrae a perros famélicos y ahuyenta a los visitantes menos precavidos.

Están descoloridas puertas y paredes, avisos en comercios venidos a menos, fachadas de farmacias, edificios públicos, plazas, templos, bancos y “miniscc” ya casi inexistentes.

Como una mala parodia de las novedades que exhibían año a año los gitanos en Macondo, tarantines de buhoneros replican en espejos borrosos la Ciudad Desteñida. Extienden sobre las aceras sus ofertas: “llaves y herramientas oxidadas pero buenas”, zapatos de media vida, ramas y especies marchitas; carcasas y celulares en desuso; tapas de inodoros y otras partes de grifería recicladas de entre los desechos.

Las avenidas, ahora sombrías, echan de menos el tráfico y el ruido. Trastos, escombros, basura y malezas cubren las áreas verdes, parques y quebradas. Gobernantes y gobernados, impotentes, se autocontagian su indiferencia. Por las noches, sin luminarias, el pavor aterroriza a los nuevos residentes de las “colas por turnos” para la ración de combustible.

Los ambientes públicos, antes llenos de energía, también palidecen. Universidades y escuelas extrañan otro color: el de la alegría y el gusto por hacer; el insumiso; el “no me resigno”. Se echa de menos a tanta gente execrada, excluida, ignorada groseramente.

En especial, se extraña al ciudadano, ese que emprende o prefiere trabajar por sí mismo a tener que subsistir del contrabando y otros nuevos “modus vivendi” extendidos.

Algunos vecinos saben que embellecer el jardín propio, pese a todo, equivale a limpiar el rostro de toda la ciudad. Como ellos, alguien osado con solo atreverse a saludar gritaráal mundo: ¡Este es el mejor lugar para vivir! No hay proyecto, ideología, autoridad, color, tendencia o partido que lo supere. * (*Ángel Ramón Oliveros S.) /

(@oliverosar) *periodista. San Cristóbal, Venezuela. oliverosar@gmail.com

*Ángel Ramón Oliveros S.

¡Cómo ha cambiado mi ciudad! Avejentada, se agota y consume aprisa.

A uno, que vive pisando el borde entre mundos nuevos y arcaicos, le cuesta trabajo saber si aún queda lugar para la cívitas, como llamaban los antiguos latinos a las primeras aglomeraciones humanas queriendo vivir civilizadamente o, por el contrario, se cohabita el territorio en una especie de barbarie emergente.

Si se da crédito a la voz del filósofo y exalcalde veneciano Massimo Cassiari (La Ciudad, 2010), de que sin ciudadanos sujetos a una ley común la ciudad no existe; si acaso “formas de aglomeración urbana”, no estamos lejos de quedarnos sin capital. Sin ley faltan ciudadanos.

Hurgando acerca de ciudades antiguas, me percato que, cuando alguien quería referirse a los primeros poblados, indistintamente usaba palabras como: “pueblo” u “hogar”… ¡su hoguera, claro! La raíz indoeuropea “kei”, por ejemplo, alude a “hogar querido”, ese viejo sentir andino ahora esquivo.

Decir “hogar” evoca esa sensación de una cálida cena familiar, al abrigo del fuego encendido. Hoy, de no ser por los “apagones” impuestos cual penitente, ni los amoríos más idílicos convergerían a la luz de una vela.

En el mundo hay capitales que son verdaderos hervideros de gente. Sus estudiosos las miden por densidad poblacional, territorio de qué viven.  No siempre fue así. Cuando Venezuela apenas nacía, ninguna ciudad occidental llegaba al millón de habitantes. Ni siquiera Londres, que era la meca del capitalismo. Kioto o Shanghái son otra historia.

Hoy Tokio o Nueva York engullen entre 20 y 30 millones de habitantes; quizás más. ¡Un gentío enorme! Aun así, es difícil imaginar a sus vecinos tirados en la acera, aguardando horas o días por un servicio elemental. Es más, estas urbes brillan más por su infraestructura y tecnología avanzadas, servicios básicos sensorizados y otras innovaciones “inteligentes” (como sus líderes), que por el número de sus habitantes.

Pero la Ciudad Desteñida se carcome y consume sin dolientes. No ser atropellado impunemente ya es un logro. Parece una mujer descuidada, harapienta…Hace rato perdió la calidez, la tesitura y tonalidad que le adornaban. No se acicala ni aguarda. Por nada ni por nadie.

La Ciudad Desteñida ya no responde al propósito de estos hormigueros llamados “ciudades”.

La urbe surge para convivir y resolver en común: defenderse, tener provisiones, relacionarse…Sus ancestros decidieron coexistir, producir y multiplicarse al abrigo del vecindario. Así aprendieron a valorar el espacio, desde salir a trabajar hasta hacer las primeras colas en los baños públicos, porque esto de hacer fila para todo no es reciente.

Algo debió ocurrir. ¡Parasitar es tan distinto a habitar! La Ciudad Desteñida no seduce ni le atraen pretendientes, si acaso quedan. Tiene ocupantes en lugar de hijos. Su degradación precipitada la afea; apenas asimila su propia decadencia. Indiferentes, a los más pequeños (sin modelado idóneo en casa o en la tele) se les priva del derecho a ser ciudadanos.

Es difícil asimilar aquello de que en la ciudad “hay muchísimos «no ciudadanos», «ciudadanos a medias» y «sobrantes urbanos»”, según una codificación atribuida al papa Bergoglio (Francisco, Evangelii Gaudium, 74). Eso, por no hablar de “los excluidos”.

Hubo un tiempo, antes que enfermara el paisaje urbano, cuando todo era vida y color. De la noche a la mañana, los grandes centros se vaciaron de usuarios y compradores, atraídos por nuevos destinos. La actividad bulliciosa cesó y las gigantografías, que antes proyectaban luminosidad y dinamismo, comenzaron a palidecer y a descolgar en harapos, raídas por el sol, la lluvia y el viento.

Como en un film apocalíptico, desde el día en que sus habitantes partieron con rumbo incierto, en las enormes casas deshabitadas de la Ciudad Desteñida la maleza se prodiga por techos y paredes. Arte, infraestructura, servicios, hombres…huyen por igual o sucumben enfangados.

De las pocas viviendas ocupadas penden, como aretes gigantes, bolsas negras olvidadas por el servicio de aseo domiciliario. Los lugareños, con olfato inmune, se hicieron insensibles al hedor que atrae a perros famélicos y ahuyenta a los visitantes menos precavidos.

Están descoloridas puertas y paredes, avisos en comercios venidos a menos, fachadas de farmacias, edificios públicos, plazas, templos, bancos y “miniscc” ya casi inexistentes.

Como una mala parodia de las novedades que exhibían año a año los gitanos en Macondo, tarantines de buhoneros replican en espejos borrosos la Ciudad Desteñida. Extienden sobre las aceras sus ofertas: “llaves y herramientas oxidadas pero buenas”, zapatos de media vida, ramas y especies marchitas; carcasas y celulares en desuso; tapas de inodoros y otras partes de grifería recicladas de entre los desechos.

Las avenidas, ahora sombrías, echan de menos el tráfico y el ruido. Trastos, escombros, basura y malezas cubren las áreas verdes, parques y quebradas. Gobernantes y gobernados, impotentes, se autocontagian su indiferencia. Por las noches, sin luminarias, el pavor aterroriza a los nuevos residentes de las “colas por turnos” para la ración de combustible.

Los ambientes públicos, antes llenos de energía, también palidecen. Universidades y escuelas extrañan otro color: el de la alegría y el gusto por hacer; el insumiso; el “no me resigno”. Se echa de menos a tanta gente execrada, excluida, ignorada groseramente.

En especial, se extraña al ciudadano, ese que emprende o prefiere trabajar por sí mismo a tener que subsistir del contrabando y otros nuevos “modus vivendi” extendidos.

Algunos vecinos saben que embellecer el jardín propio, pese a todo, equivale a limpiar el rostro de toda la ciudad. Como ellos, alguien osado con solo atreverse a saludar gritaráal mundo: ¡Este es el mejor lugar para vivir! No hay proyecto, ideología, autoridad, color, tendencia o partido que lo supere. * (*Ángel Ramón Oliveros S.) /

(@oliverosar) *periodista. San Cristóbal, Venezuela. oliverosar@gmail.com

 *Ángel Ramón Oliveros S.