Espacios de vida y paz

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Gustavo Villamizar Durán

La invocación a la paz no es nueva en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales la paz que reinaba en el planeta recién poblado por seres de la especie humana, fue alterada por la aparición de la guerra, acción o conjunto de acciones tendentes a destruir, destrozar, arrasar, dominar personas, tierras, animales, mares, ríos, minas y todo el etcétera que pudieran agregar los estimados lectores. La guerra no es una acción salvaje, sino más bien una salvajada, porque el ser humano –el que hace la guerra- a diferencia de las restantes especies vivas, construye armas para acabar con el otro, lo cual no deja de ser una terrible perversión que, además, ha resultado el más jugoso negocio del mundo. Y he aquí el origen del peligro permanente en que se encuentra la paz, el cual “obliga” a prepararse para la defensa (?), fabricando o adquiriendo los más sofisticados materiales bélicos, los cuales alcanzan cada día una mayor condición infaliblemente mortal y por supuesto, la calidad tiene su precio, entonces, habrá que erogar jugosas cantidades para obtener los más sofisticados y efectivos. Hay que mostrar que se tiene poder de fuego, para asegurarse de no ser agredido.
En estos tiempos, las razones para que la paz esté en peligro en todos los espacios es que el hegemón, el más poderoso, ha decidido gobernar el planeta a su manera y antojo, negándose a compartir, a convivir con el resto en un mundo multipolar y pluricéntrico. Acostumbrado a disponer a su manera, a agredir, invadir, someter y expoliar, impone su fuerza bajo su lema histórico de “si lo necesitamos, lo tomamos”. De tal suerte que siendo el más fuerte y rico, a partir del disfrute de las riquezas que adquiere casi regaladas o que arrebata a todos, es también el mayor fabricante de armas, lo cual le permite seguir imponiendo su dominio. Para más, tiene sus cipayos, que los hay siempre, anhelantes de las dádivas imperiales a cambio de crear situaciones de desorden, violencia y anarquía, las cuales abrirán el camino para su entrada a implantar la paz de los fusiles, el terror y la destrucción. Es como si el malandro del barrio utilizara a sus serviles para amenazar, intimidar y atropellar al resto, como condición para mantener el control de sus espacios. Pero lo más grave es, cuando sus cipayos resultan ineptos y cobardes, incapaces de cumplir la criminal encomienda y entonces, imploran su presencia directa para llevarla a cabo. Hoy día la guerra tiene múltiples facetas, las más de ellas difíciles de detectar: guerra de cuarta o quinta generación, guerra no convencional, guerra blanda, pero todas con el mismo objetivo de muerte y destrucción.
Por ello hay que tener presente que la paz no es simplemente la ausencia de conflicto armado. La paz es una forma de ser, un modelo de vivir, un estado del alma -los violentos son desalmados-. La paz debe ser un “constructo” de los pueblos del mundo, asentado en la convivencia y la solidaridad. La paz se forja a partir del reconocimiento del otro como ser de derechos y dignidad, tal cual lo reza la Declaración Universal de Los Derechos del Hombre. Esta condición básica es la que favorece la aceptación de la diferencia, la diversidad, frenando circunstancias y actitudes de discriminación, exclusión y avasallamiento. El otro y sus derechos, constituyen la condición primaria para convivir en una democracia real y justa. Es este el origen de una paz permanente, bien cimentada y apoyada en una “cultura de paz” como forma de vida. Tal cual afirma el viejo Benedetti, esa paz es “la que es nuestro signo verdadero, conoce quienes somos y nos hace mejores”.