Opinión

Gisela Parada/In memoriam

31 de mayo de 2024

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Porfirio Parada

Jugaban con pistolas imaginarias, entre vaqueros, asaltantes, se escondían entre las paredes, disparaban balas, simulando el estallido, entre la risa suelta y cómplice de ambos, arriba en la montaña o en la ciudad. Eran niños, cuando mi papá y mi tía Gisela, siendo hermanos, jugaban por horas de la mañana y en la tarde, al policía y ladrón, mientras mi abuelo Porfirio Parada hacía lo propio con su negocio. Un camión que venía de lejos, llegaba lleno de neveras, descargaba en el centro de San Cristóbal. Ya muchos años después, entre los caminos de cada quien, papá subía a la casa de la loma, vía Chorro El Indio, donde vivía mi tía, subía con pan dulce en la mano mientras ella lo esperaba con una bata de tela suave y un abrigo, se abrazaban y se rían nuevamente como niños, mientras se preguntaban cada uno por la vida de sus hijos. La neblina caía y reposaba cerca de la entrada, por la puerta, hablaban del clima también. Se contaban chistes.

Tengo muchos recuerdos de mi infancia compartiendo con mi tía Gisela. Por alguna extraña razón ella en la mayoría de los días me trataba con mucho cariño, con una mirada distinta, no entendía el trato tan especial de ella conmigo. No sabemos por qué hay personas en nuestras vidas que nos quieren sin medida y sin razón alguna, un sentir particular que alimenta el espíritu y la existencia, que ignoramos por momentos, o que sentimos tan propios que disfrutamos sin caer en detalles ni explicaciones. De niño fui inquieto y paradójicamente tímido. No me podía quedar quieto mientras mi papá o mis tíos trabajaban en la Comercial Porfirio Parada. Cuando me portaba mal, y se escuchaba algún regaño entre las cajas de cartón, las neveras, televisores, equipos de sonido, los clientes, buscaba inmediatamente refugiarme en el cuerpo de mi tía, ella me abría los brazos, mostrando su gran estómago, llena de perfume, vestida con colores vivos, con zarcillos, cadenas, pulseras, maquillada, metía una de sus manos en su sostén, con el roce de sus senos sudados sacaba dinero doblado que me daba con todo el amor, me daba plata y me iba a comprar chucherías y refrescos.

Un día quería verla tanto que le dije a mis padres para quedarme en su casa, en ese entonces por La Castra, solo me quedé un día, pero fue muy especial, compartí con mis primos, sus hijos, pero sobre todo con ella. Mis primos le decían de cariño “Mita” a mi tía. También una vez mi tía me dijo que César uno de sus hijos, entre bromas le decía Buda, haciendo referencia a su contextura porque era gordita y pequeña. La visité también cuando se mudaron por el Barrio Libertador, cerca de la iglesia La Transfiguración del Señor, sin dejar de escribir cuando éramos vecinos en la casa de la infancia, casa materna, en Barrio Obrero, muchas veces, con mucha energía o tímidamente, bajaba para verla, un rato, y me volvía a subir. Y ya después de los 20 años, cuando vivían en la casa de la loma, empecé a subir y visitarla, sin querer las visitas se hacían frecuente, tal cual como lo hizo mi padre por muchos años. Conversábamos, nos reíamos, me preguntaba por novias, por la vida, se enteraba de mi destreza en la escritura, también hablamos de cosas cotidianas.

En uno de mis cumpleaños ella me llamó y me dijo que me iba a pasar buscando con mi nona para ir a McDonald’s, que en ese entonces todo mundo quería ir para ese lugar para comer hamburguesas y papa fritas, fuimos y compartí con ellas un día muy especial. En otro cumpleaños, por la residencia Girasol, se hizo como una especie de fiesta, en la sala de fiesta, yo pretendí invitar a varios estudiantes del liceo para hacer algo divertido, pero al final fueron pocos, mucho menos de la cantidad que esperaba, esa noche terminé bailando solo con mi tía en el parque, casi solo los dos, mientras mi madre empezaba a recoger las cosas, yo tomaba mis primeras cervezas en la vida, y ella tenía un vaso lleno de Whisky, me miraba con ojos de felicidad mientras me acompañaba bailar una canción de rock. Así era ella, festiva en la vida, y así era ella conmigo.

Cuando me gradué de periodista, le dije a mis padres la posibilidad de invitar a mi tía Gisela a Barquisimeto para recibir el título, pues eso incluía un poco más de gastos, otro puesto no planificado para el viaje y logística. Papá no tardó mucho en decirme que sí, y ella viajó con nosotros a mi acto de grado. Fueron días especiales por la culminación de los estudios, por la presencia de mis padres y hermanas y también porque estaba ella, mi tía. Para esa época, me había hecho un tatuaje, y si bien mi tía Gisela era desprendida y rebelde en muchos aspectos, también tenía algo de conservadora, formada con los valores de mis abuelos. Cuando me vio el tatuaje, me vio sorprendida, un poco desilusionada, contrariada, en la cama del hotel, acostada, me dijo: “pero Chuito, papi, por qué» luego se le pasó y me abrazó y me dio un beso.

Sé que mi tía Gisela, quizás no fue la mejor hija para mi abuelo Porfirio, y quizás fue tremenda en algunos aspectos, no quiso estudiar, incluso se fugó de un internado para niñas y adolescentes. Pasaron los años y la vida, y sus equivocaciones y errores que son parte de la condición humana de toda persona fueron parte de su carga y karma. Varias veces (no muchas) la vi llorando, melancólica, en un cumpleaños o en una reunión familiar, por recuerdos y nostalgias que daba la sensación que la atormentaban, cantaba llorando, yo la veía con mucho respeto sin decirle nada y solo esperaba que se le pasaba el malestar emocional para volver a hablar y abrazarla. Ella dejaba de llorar y luego actuaba como si nada, era la misma mujer feliz, sonriente, haciendo bromas, con su energía jovial. Con el tiempo puedo escribir que parte de mi personalidad, ha sido influenciada por ella. Escribí un poema para la casa de la loma, que en realidad era un poema para mi tía, estuvo por meses, quizás años, en las paredes de la casa hasta que un día no lo vi más.

Ella trabajó en la Comercial Porfirio Parada, por la carrera 9, diagonal a la Iglesia San José, por el centro, fue parte de la gerencia, contó dinero, aprobaba créditos, estaba pendiente de la mercancía, varios clientes la buscaban a ella porque hacía descuentos, era flexible con los pagos, con la inicial, trataba de entender a los clientes, es decir, conocía al pueblo que iba a comprar en la comercial, tal cual como lo hizo en su tiempo su padre. Con sus contradicciones ella trabajaba y de una manera a otra representaba al negocio. Llegó viajar fuera del país, con la comercial, con los productos que se ofrecía. En un cierre de año, con los movimientos agitados por diciembre, por la gente que compraba desesperadamente los regalos de navidad, con los sobres de los aguinaldos en los bolsillos, en ese entonces yo trabaja en la comercial, y una de esas tardes de diciembre mi tío Porfirio, les habló al personal que laboraba, les agradeció a la encargada Yolanda, agradeció a todo el personal e hizo una mención especial a mi tía Gisela, por su compromiso y entrega de fin de año, pude escuchar sus palabras y me sentí orgulloso por ella, me alegré en silencio, luego la volví a ver ese mismo día  pero ya en la noche, con la familia, en la reuniones que se hacían en diciembre en Barrio Obrero.  

Un día mi tía Gisela Parada se enfermó, y empecé a visitarla, pero estaba en la cama, acostada, pocas veces la vi parada, y eso me entristeció mucho. Ella estaba malita de salud, sin embargo, sacaba fuerzas para tocar mi mano, para reírse conmigo, para estar. Maldecí la vida por verla así, mi papá y mi tío que son médicos, por esos días la veían con mayor frecuencia y sé que se reunían y conversaban entre ellos sobre su estado. Un día se desplomó en el baño, un accidente cerebrovascular agravó sus síntomas y reacciones, apagó su luz que tanto me había iluminado, estuvo por varios días hospitalizada en la UCI, pero no era suficiente, su temprana muerte era un hecho, que junto a la muerte de mi nona muchos años atrás, era la pérdida más hijueputa que había tenido en mi vida. Hoy en día, en este presente, la sigo extrañando, sigo pensando en ella.

El día de su entierro, en el Cementerio Municipal, donde reposan las tumbas de varios integrantes de la familia Parada, incluyendo a mi abuelo y mi nona, mi primo Marden, cerca de sus hermanos César y Milagros, dio las palabras más sentidas, de luto, y de resignación que he podido escuchar al despedir a un ser tan querido (cuando murió mi abuela, papá le escribió un texto a su mamá de puro corazón que también me marcó) ese día, del entierro de mi tía, fue un día que por más quiero olvidar, la memoria retiene hasta los vacíos más fuertes. De esto se trata la vida, es parte de su función, la muerte como parte del vivir. A mi tía Gisela le agradezco y le sigo agradeciendo por sus diferentes formas de amor y cariño, que de niño lo vi especial pero también algo normal de ella, pero luego entendí que siempre me quiso más de lo normal, sus gestos me convirtieron en parte de lo que soy y eso hizo que me cambiara mi vida por el resto de mis días. Gracias tía. Gracias por todo.

Lic. Comunicación Social

Locutor de La Nación Radio 

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