miércoles 8 diciembre, 2021
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Hora de Reflexión: la mujer y sus partos

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Alfredo Monsalve López


Recuerdo que durante mi infancia (dicen que hablar o escribir en 1ra persona, es ser asertivo), mientras mi madre se dedicaba a coser prendas de vestir, un grupo de amigos vecinos de la cuadra, nos bañábamos debajo de los chorros de agua que caían de las canales de las casas. Solo en short o en interiores. Anduvimos descalzos. Jugando metras. Volando cometas o papagayos. El trompo y el garrufio estaban de moda. En el escondite, la ere, policías y ladrones, las niñas tampoco intervenían. Solo se dedicaban a observar nuestras hazañas. Nuestras pericias. Unas chicas más osadas, se atrevían a formar parte de alguno que otro juego. Pero allí entraba la madre con el grito: “mira mijita, ¿acaso tu eres varón para estar ahí? Me haces el favor y te metes para la casa”. Solo bastaba una orden para cumplirla de inmediato.

Eran los tiempos en que cuando aparecía la madre de cada uno, allí culminaban los juegos. Algunas veces se escuchaba el grito fuerte de alguna mamá: “¡Muchacho el carajo, te va a dar un <pasmo>!” (Espasmo). Sin embargo, a pesar de bañarnos en la calle, andar descalzo, jugar metras en la tierra, compartir un refresco en botella de vidrio con el grupo, no nos enfermábamos. ¡Éramos muchachos sanos! Llegaba la hora de las tareas para la escuela. Y obviamente, el papel fundamental de la mujer. De nuestra madre. Pendiente siempre de orientarnos. De vigilarnos si cumplíamos con nuestras actividades escolares. Ella nos lavaba a mano, en la batea de concreto, nuestra ropa. Pendiente siempre de cómo nos poníamos el uniforme escolar. Impecable. Planchadito pues. Hasta nos roseaba con perfume para enseñarnos que debíamos estar olorosos. En el trayecto a la escuela, no veíamos a niños en las calles vendiendo, ni pidiendo, ni lavando carros, mucho menos mendingando un plato de comida. Porque, mientras la mujer hacía los quehaceres del hogar, nuestros padres se ganaban el sueldo con el “sudor de su frente”. Eso decían. La mujer lavaba, planchaba, cocinaba, iba de compra (había que y donde comprar). No tenía tiempo libre para visitar y charlar con los vecinos.

Cuando le correspondía parir, eran partos normales. La cesárea no existía. Solo comadronas en algunos caseríos.  Es decir, parto con dolor. Sin anestesia pues. La mujer pujaba. Lloraba. Las lágrimas brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas hasta caer en su pecho desnudo. Para luego reír por haber cumplido con su misión, con la naturaleza. Entonces, el trabajo de la mujer en su hogar, le era un tanto cuesta arriba. Claro, aquí dependía del número de hijos que tenía cada mujer. Prácticamente los partos eran uno detrás del otro. O sea, cada año traía al mundo un nuevo ser. Y esto se debía, en mi opinión, a que no existía la escasez de ningún rubro familiar. Por citar un ejemplo concretísimo: la leche materna había de cualquier marca y en cualquier bodega o supermercado. Además, acoto: no había tantos divorcios y separaciones de parejas como existe en este caótico, desastroso, fatal y fatídico siglo XXI. Y que los gobiernos o regímenes autoritarios, engañan a la maltratada mujer de hoy. Y si los hubo, en los hogares no faltaba nada.

Dios Santo. Antes de escribir este artículo, me dije “nada de política”. Pero, es irremediable no llegar a ella. Máxime cuando nos han conducido a lo que vemos desde que el astro Sol hace su aparición allá en el lejano Este. Para concluir con esta crónica, en cualquier nación del mundo se presentaban situaciones adversas. Incluso, conflictos bélicos. Mientras que en nuestra amada Venezuela, se atiborraba de migrantes de casi todos los países. Y para despedirme con una conseja de arraigo popular, hoy muy en boga: “éramos felices y no lo sabíamos”. A las mujeres, desde este rincón del Táchira, Venezuela, para el mundo: las felicito por su templanza y arrojo. Porque dar a luz no es cualquier cosa. Queda abierto el debate. Y… a cuidarse pues.

[email protected] / @monsalve

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