¿Innovación sin transformación?

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                                    Gustavo Villamizar Durán

Días atrás se cumplió en los 23 estados y el Distrito Capital, la realización de los Congresos Pedagógicos, eventos que reúnen  una buena cantidad de docentes y demás personal de las instituciones de diversos niveles del sistema escolar, en una jornada de presentación de ponencias, estrategias  y materiales pedagógicos innovadores, así como de discusión y debate en torno a los temas establecidos para cada ocasión. La convocatoria resulta plausible, relevante, toda vez que es una buena apertura al debate y la participación cumplida en jornadas que van desde el ámbito municipal al nacional. Es igualmente interesante reunir a una gran cantidad de docentes quienes, sin ser los únicos, son protagonistas infaltables en la tarea educativa y la escolaridad, contando además, con que no es tarea fácil congregarlos  a reflexionar sobre su labor y analizar la escuela, la formación de los discentes y la práctica pedagógica en general.

El congreso recién realizado se convocó con el lema “Por la Defensa de la Paz: resistencia, innovación y creatividad educativa”, a partir del cual puede inferirse la temática abordada. Como quiera que se trata de un gran esfuerzo y de un evento masivo, se me ocurren algunas reflexiones, no por suspicacia necia y menos con la intención de aguar una fiesta tan interesante,  sino con la más sincera disposición de ver con los mejores ojos la situación de nuestra educación y el anhelo perenne de mejores días para tan imprescindible actividad.

Lo primero que debo señalar es que de un tiempo acá, han desaparecido del discurso educativo oficial algunas palabras –nociones- que conformaron en un momento el centro de las propuestas, disposiciones, resoluciones y demás, para ser sustituidas por otras que, incluso aceptadas como sinónimos en ciertos casos, no significan lo mismo. Es el caso de expresiones como revolución, liberación, reforma, transformación, relacionadas con la educación, las cuales comenzaron a sustituirse por otras como innovación, renovación, creatividad, activación y algunas más del mismo tono. Como afirmé que no se trata de mera suspicacia, los términos tienen mucho que ver y decir en el discurso educativo, desde que en los años 90 del siglo anterior, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –OCDE- dependiente de la Unión Europea, inició un proceso de revisión de los modelos educativos de los países miembros y poco después, en alianza con Estados Unidos, lograron imponer esos sistemas en organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés).

Esos modelos educativos asumen un sentido empresarial de corte abiertamente neoliberal, asentados en la noción fundamental del desarrollo del Capital Humano y el objetivo de atender los requerimientos del mercado laboral, marcados por  la preeminencia en los planes de estudio de las áreas de matemáticas, ciencias, computación, bilingüismo, así como los infalibles sondeos de calidad a través de  las evaluaciones estandarizadas –Pruebas Pisa-, junto a la demanda del mercado laboral, como grandes indicadores de la  orientación y desempeño de tales sistemas. Desde entonces el léxico de la educación y la pedagogía cedió espacio a expresiones –nociones- provenientes de la economía, la administración y la gerencia, junto al estímulo de la competencia y el individualismo,  la necesidad de destacarse individualmente, ser un ganador, un triunfador,  porque en última instancia los logros en la vida solo se alcanzan por el empeño y la decisión personal. Así el discurso educativo se llenó de términos como los de Innovación, creatividad, renovación, imaginación, dedicación, asertividad, motivación al éxito y muchos más, que aunque suenen parecido no expresan lo mismo ni significan cambios profundos, revisión de nociones fundamentales, avistar e incorporar a los procesos educativos los nuevos paradigmas de la ciencia, cuestionar la visión disciplinar de los contenidos, revisar los programas y planes de estudios, así como las novedosas características de los discentes de hoy y la necesaria trasmutación de las prácticas pedagógicas. Innovar no es transformar y menos, si tales innovaciones resultan prácticas aisladas sin  correspondencia  con un proyecto serio de reforma a fondo de todos los ámbitos del sistema.

No se trata de alarmar y menos de desdecir de eventos educativos importantes como los Congresos Pedagógicos. Tampoco de invocar el “léxico revolucionario” en el discurso educativo y las propuestas pedagógicas. Se trata de advertir la sutileza con que se han venido filtrando planteamientos reformadores que son simple y llanamente la sumisión ante el modelo homogeneizante proclamado por los organismos multilaterales, que en nada responde a nuestras particulares realidades y necesidades. Se trata, sinceramente, de prevenir desviaciones que antes que ayudar a la elevación de la calidad de nuestra educación, terminen siendo un experimento fallido de graves consecuencias.

Dicen que los duendes que habitan en la caraqueña esquina de Salas, han visto, de un tiempo acá,  a mucho “experto” merodeando por el edificio ministerial, soñando más con un importante cargo en algún organismo multinacional que en intentar una real transformación de nuestro agotado modelo educativo.