jueves 21 octubre, 2021
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Internet: ¿derecho o necesidad?

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Francisco Corsica


En diciembre de 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Han transcurrido más de setenta años de aquel evento. Increíble cómo pasa el tiempo. Sus artículos no son respetados siempre ni en todos los lugares, pero existen. Y aquí estamos, gracias a Dios. Mucha es el agua que ha circulado por ese río desde entonces. Tanto así que en ocasiones ese documento parece haberse quedado corto en muchos aspectos.

Por allá, acuñadas entre el mar Báltico y la inmensidad territorial de Rusia, se encuentran tres singulares Estados: Estonia, Letonia y Lituania. Sus nombres sonarán como un juego de palabras y serán pocos los que hayan oído mencionarlos alguna vez, pero hablamos de una pequeña meca tecnológica ubicada en Europa. Por lo menos en dos de ellos el acceso a internet es un derecho humano reconocido y aplicado por sus leyes e instituciones. Sin entrar en detalles sobre los múltiples avances que nos separan de ellos, en todas partes cuentan con wifi público suministrado por sus gobiernos.

Nos topamos de nuevo con la famosa «brecha digital». Esa forma tan directa que tiene la tecnología de recordarnos cuán variopinto es este mundo. Indudablemente Europa no es Latinoamérica. La distancia entre ambas no solo se mide por el ancho del océano Atlántico, sino por sus respectivos niveles de desarrollo. Allá hay acceso a la red hasta debajo de las piedras, acá en cambio hay que buscarla debajo de ellas con la esperanza de eventualmente conseguirla.

Lo cierto es que de ese lado del planeta hablan de este servicio como un «derecho» adquirido. Esto significa que —además de los privados para hogares y empresas— el Estado lo garantiza a la población en los espacios públicos las 24 horas del día. No tienen razones para no disfrutarlo. Se le encuentra por doquier. Parecen insinuar que los derechos universales consagrados en 1948 no son los únicos. Acá es un servicio que puede ser contratado y aún así no hay seguridad de contar con él permanentemente. El wifi en calles, plazas y parques es una ilusión, existe pero no accede a portal o aplicación alguna.

Qué difícil imaginarse algo como aquello de este lado del globo terráqueo. No por imposible sino por todo el trabajo y la inversión previos que harán falta. Sería una especie de utopía tomando en cuenta la lentitud del servicio, las veces que se cae y lo difícil que se torna reparar sus averías. Se los dice alguien que lleva más de un mes gastando datos celulares, esperando por su anhelada restitución. El primer acto es la caída en la conexión, el segundo es la impaciencia y el aburrimiento. La espera desespera, como dice la sabiduría popular.

No sé si el servicio de internet pueda ser catalogado como un derecho. Aunque defiendo a capa y espada su existencia y utilización, tengo mis dudas al respecto. Mucho menos si pudiera agregársele el problemático apellido «universal». Si así fuera, todo el planeta estaría conectado permanentemente y no solo los países desarrollados. Tiendo a asociarlo, en todo caso, con la libertad de expresión, el derecho de acceso a la información, entre otros. Por ese lado, no cabe duda de su eficacia como medio para alcanzar esas garantías.

Algo sí se puede afirmar: al día de hoy es completamente necesaria su disponibilidad. Hablo por mí y seguramente por millones de personas que dependemos de la red por diferentes razones. Su ausencia es un problema, su presencia una tranquilidad palpable. Lo más impactante es que se trata de una petición legítima. Solamente se solicita que se suministre el acceso a la red de forma fluida. Facilitar un poco las cosas. Más nada.

Se requiere, entonces, llevarlo a cada rincón del país y a cualquier lugar donde haga falta. Prescindir de él no es una opción válida. En caso de no poder contarlo como un derecho, sí se ha convertido con los años en un medio indispensable para un sinfín de tareas. Tomemos el ejemplo de Europa y abramos las compuertas de una vez por todas al desarrollo. Reduzcamos la brecha digital. Vivimos en el siglo XXI, adaptémonos a los nuevos tiempos. No lo sugiero necesariamente gratuito, pero sí asequible a las finanzas de la mayoría, masificado, rápido y de fácil acceso.

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